Autor: Manuel Esparza
Marco, sentado en el sillón de la sala de su departamento, absorto, de hombros caídos y la mirada perdida sobre una repisa. Una luz dura acentuaba su rostro de forma lúgubre y sus ojos sumidos, entre sombras profundas.
–Tic, tic, tic.
Escuchaba algo, pero no prestó atención.
Hacía meses que la situación en su trabajo no era nada agradable. Cristian, su jefe inmediato, era un imbécil que parecía pensar más con el pito, pero, agraciado con un encanto natural, de alguna manera siempre se llevaba el crédito. Siendo la clase de tipo que nadie sabe cómo llegó ahí, este lo presionaba para terminar los informes del proyecto de marketing de un evento deportivo muy importante, próximo a celebrarse a nivel nacional, y, del cual, la oficina era candidata para desarrollar dicha campaña.
Desde aquel sillón, recordó una escena en la fiesta de fin de año que se repetía en su cabeza, como una “gota china”, pues, mientras él se encontraba rodeado de sus compañeros de oficina en pleno festejo, a la distancia observó a Vanesa, su novia, y a Cristian, saliendo detrás de unas mamparas. Sonreían, estaban agitados y con los rostros visiblemente ruborizados.
–Tic, tic, tic– de nuevo ese sonido.
Encima de la repisa, había colocado un pequeño tótem tallado en marfil, que tenía una máscara de insecto, semejante a una langosta, aunque, había algo incorrecto en su forma. Había comprado la figura en una tienda de antigüedades, ubicada en la zona más antigua del centro de la ciudad; porque le pareció interesante.
El vendedor, algo dramático y exagerado, pero con la clase de entusiasmo que suele despertar desconfianza, le dijo: “esa pieza tiene algo que ver con prosperidad… aunque no estoy seguro”.
Con la mirada fija en ese punto, tenía la impresión de que el insecto parloteaba algo apenas perceptible. Y otra vez ese sonido– tic, tic, tic– Pensó que era una rama movida por el viento, golpeando la ventana, pero no era así. Inmerso, no había prestado atención a lo que la alimaña balbuceaba, cuando, de un momento a otro, éste, comenzó a contonearse– tic, tic, tic– En un instante, los ojos del insecto eran tan oscuros que parecían dos abismos, como los que surgen en los confines del universo, que, a su manera, penetraban en la profundidad del alma.
Tras un movimiento brusco e impropio de un objeto “inanimado”, los ojos se fijaron en él.
–Lo siento, no es mi mejor presentación– dijo el bicho, haciendo una especie de reverencia, con un tono claro y sereno, como poseedor de una sabiduría ancestral.
–Tic, tic, tic.
Marco apenas alcanzó a parpadear y de momento, el insecto se posó cerca de él sobre una mesa central. La figura continuó contoneándose en una especie de danza irregular mientras, balbuceaba un cántico que le parecía extrañamente familiar.
–Tic, tic, tic.
La luz de una lámpara proyectaba sobre la pared una sombra irregular que, contrastaba con la figura del bicho. Aquello parecía una procesión de oscuridad trazando figuras sin sentido, como un cortejo espectral. Marco no se inmutó con aquel espectáculo lúgubre, pues, seguía sumido en sus pensamientos.
Recordó el día en el que Vanesa, en tono de hartazgo y queriendo zanjar la discusión le dijo: –Ya te dije que este fin de semana voy a visitar a una tía de California.
Cuando la conoció, ambos se encontraban en una reunión con amigos en común, aquello fue atracción instantánea. Esa noche se lanzaron miradas y aprovecharon cada momento en que pudieron interactuar. Aquello fue más que obvio, al punto de que en los siguientes días, sus amigos lo alentaban a que la invitara a salir– Ándale, no te vas a arrepentir, es una buena muchacha, es soltera y de buena familia– decían.
Salieron un par de meses en plan de amigos, pero avanzar era inevitable, porque la química entre ellos era magnética. Él se sentía bendecido, pues anhelaba esa experiencia. Sentía que el destino al fin le abría los brazos. Al principio, ella era todo lo que había escuchado, tierna, siempre estaba al pendiente de él, en efecto, venía de una buena y agradable familia; el tiempo a su lado transcurría a un ritmo acelerado y hasta la rutina tenía sentido.
–Tic, tic, tic– irrumpió aquel sonido– la eterna condena entre el anhelo y lo que nunca llega –dijo el bicho.
Marco emitió un suspiro ensimismado.
Una radio encendida repentinamente comenzó a reproducir una canción: “Amoor eteeeernooo e inolvidaaableeee, tarde o temprano estaré contigo…”, como un guiño sarcástico de la velada.
Marco echó la cabeza hacia atrás mirando el techo. Volvió a aquella imagen en el auto con Vanesa, cuando su celular comenzó a sonar en medio de la discusión– ahorita contesto– dijo ella, después de mirar la pantalla para continuar manejando.
Generalmente, contestaba las llamadas con el manos libres y, esta parecía ser importante, ya que apenas terminaba de sonar cuando volvía a entrar de nuevo la llamada.
El nombre CRISTINA se leía en la pantalla.
–No vas a contestarle a Cristina– preguntó Marco– parece importante– insistió.
–No mi amor, es la chica de la estética, voy a cortarme el pelo antes de irme el fin de semana, pero no importa, ahorita le regreso la llamada– le respondió con una sonrisa inocente y en un tono que contrastaba con la firmeza mostrada hacia apenas unos instantes.
Ante la insistencia de “Cristina”, Marco extendió su brazo para agarrar el teléfono, pero Vanesa se apuró a tomarlo y desconectando el manos libres lo llevó a su oído, respondiendo de forma apresurada: “Hola, me das chance, ahorita te regreso la llamada, bye”.
Él sentía algo raro en el ambiente, mientras que Vanesa comenzaba a hablar de cualquier cosa, dando vuelta a la página.
–Tic, tic, tic.
En ese momento varios insectos se proyectaron en el parabrisas. Marco levantó la vista.
–Tic, tic, tic.
Uno de ellos permaneció un instante sobre el cristal, sin daño alguno. Lo suficiente para llamar su atención. Después echó a volar. Regresando de sus pensamientos, Marco suspiraba cómo si el aire fuera insuficiente.
–Tan amargo es el silencio que se oculta detrás de una dulce sonrisa y tan huecas las palabras que sepultan los recuerdos– dijo el bicho. “Tic, tic, tic”.
Marco continuaba absorto.
–Hey, Marco, reacciona, ¿qué te pasa?, te ves algo demacrado, no importa, ¿cómo vamos con los informes?, es muy importante que los tengamos listos antes de este fin de semana, porque voy a salir fueras y tengo que presentarlos antes, así podré ocuparme de hacer un hoyo en uno, ya sabes a lo que me refiero– dijo Cristian con arrogancia y haciendo un guiño.
Cristian se retiró de la oficina hablando por teléfono y al poco tiempo llegó el Gerente diciendo:
–Urge que el proyecto salga a tiempo, es muy importante que la oficina obtenga la campaña de la Federación Deportiva Internacional. Aunque… la dirección tiene plena confianza en que Cristian lo conseguirá como siempre; seguramente en este momento está preparando algo que nos va a sorprender a todos. Por cierto, deberías apoyarlo, tal vez podrías aprender algo de él.
Mientras tanto, Marco observaba por la ventana que Cristian abría la puerta de su auto deportivo a una chica y pensó: “ya sabes lo que dicen… esfuérzate más para que los de arriba puedan conducir uno mejor”, negando con la cabeza.
–Por cierto, el aumento que pediste no fue autorizado, pero este año la fiesta será en grande-dijo el gerente antes de marcharse.
Tic, tic, tic.
–Sangre y sudor de las masas; gloria de unos cuantos– resonó una voz en el ducto de ventilación.
Marco se quedó mirando la rejilla y por un segundo tuvo la sensación de que algo lo observaba desde dentro. Pero el trabajo no podía esperar.
Elaboraba informes, analizaba datos, diseñaba estrategias y hacía ajustes, bajo una presión constante. Además, preparaba las notas de exposición que Cristian solo leía ante los clientes y directivos.
Era tarde en la oficina. Vanesa lo había visitado con la esperanza de ir a cenar– Se está descargando mi celular, ¿puedo usar tu laptop mientras se carga?– dijo Vanesa.
–Sí, no hay problema, estoy trabajando con la de la oficina. Discúlpame por no haberte llevado a cenar hoy, pero, es que tengo que terminar esto lo más pronto posible o quedaremos en ridículo– mencionó Marco.
–No te preocupes mi amor, no pasa nada, pero ya es tarde, ¿te importa si me voy?– respondió Vanesa.
–No, adelante, pero me quedaré hasta tarde así que necesitaré el carro– dijo Marco.
Cristian, quien casualmente se encontraba en la oficina, al escuchar dijo– no te preocupes yo la llevo, si no hay inconveniente claro, es preferible que te ocupes del proyecto. No querrás que nos dejen sin trabajo, ¿verdad? Bueno, ¿nos vamos?– preguntó Cristian a Vanesa, quien se despidió de Marco con un beso en la mejilla:
–Bye.
A la distancia se alcanzaba a escuchar: “conozco un lugar donde venden unos hot dogs que te cagas”.
Tic tic tic.
–Recompensa… la prisión de aquellos que encadenan su libertad o el trofeo a la indiferencia de quienes no la buscan– dijo el insecto.
La presentación fue todo un éxito. La oficina fue elegida. Cristian recibió un bono, compró un carro último modelo y tuvo un fin de semana especial. La fiesta de fin de año fue como lo prometieron y Marco no ganó nada en la rifa.
Tic tic tic.
Una tarde después de comprar el tótem y colocarlo en la repisa, tomó su computadora personal y al abrir una red social se dio cuenta de que Vanesa había dejado abierta su última sesión. Tenía la sensación de ser observado por alguien y por un momento tuvo el impulso de cerrar la sesión, pero decidió echar un vistazo y se topó con que no había nada fuera de lo común, conversaciones con familiares y amistades, sobre trabajo y cotidianeidades. Sin embargo, tenía una corazonada, más bien una sensación de opresión en el pecho, angustia de que algo no andaba bien, así que se tomó el tiempo de revisar a detalle, hasta que llegó a la sección de conversaciones archivadas.
En ese momento el eco de un pensamiento intrusivo resonó con fuerza: “no fue la curiosidad lo que mató al gato, fue lo que encontró”.
Y sí…. ahí estaba, la razón por la que algo en su interior lo empujaba a no desistir.
No le tomó mucho tiempo darse cuenta de que una conversación en particular era con Cristian y que ambos se veían a su espalda.
Sobra decir que describían con lujo de detalle lo que sucedió en algunos de sus encuentros: “ese truco de la asfixia me hizo venir como si mi cuerpo se fuera a contraer hasta vaciarse por completo y desaparecer de este plano existencial”, seguido de emojis de fuego, gotas, cara sonriente de cuernos y cara salivando, desde el perfil de Cristian. Al cual recayó una respuesta de emojis de cara de rubor, labios mordidos, cara acalorada y una cara sonriente de cuernos, por parte de Vanesa.
Apenas una parte de toda una larga conversación que incluía cosas que Vanesa no se había atrevido a hacer con él, e incluso haciendo comentarios sobre cosas que le había confiado, las cuales eran recibidas con burlas. Ni siquiera podía terminar de leer la conversación, pues sentía el estómago revuelto.
La sensación de humillación e impotencia lo invadió, el corazón le latía frenéticamente, sentía que una espada de fuego le atravesó el pecho y el dolor era punzante, a la vez que sentía el peso del mundo sobre su espalda. En los próximos días aquella búsqueda se convirtió en una obsesión, Marco daba vuelta a cada palabra, revisaba fechas y recreaba escenarios. Pronto el insomnio se apoderaría de él.
Había pasado noches sin dormir, fumando un cigarro tras otro y preguntándose una y otra vez ¿qué estaba pasando?, como buscando de alguna manera justificar la situación. Cuando conseguía dormir despertaba a mitad de la noche con ataques de pánico.
Cuando era niño, en algunas ocasiones, mientras dormía, a media noche solía sentir que alguien se sentaba en su cama y le empezaba a faltar el aire, quería abrir los ojos pero no podía, quería moverse, pero su cuerpo no respondía, se quejaba pero nadie lo escuchaba, cuando la desesperación se acumulaba llegaba un momento en que podía reaccionar con manotazos al aire, como repeliendo el ataque de un enemigo invisible, y cuando recuperaba el control de su cuerpo, salía huyendo de la habitación directo al cuarto de sus papás, dónde pasaba el resto de la noche, aunque su cuarto hubiera sido inspeccionado para corroborar que no había nadie.
El cansancio acumulado tatuó unas sombras profundas bajo sus ojos. En el trabajo no podía concentrarse pues constantemente en su cabeza recreaba las escenas de aquellos encuentros y se instalaban en su mente como aquel invitado que llega a una casa y cómodamente toma asiento y se quita los zapatos.
Evadía a Vanesa quien, a pesar de todo, tenía una actitud más cariñosa. Además de que últimamente poseía un brillo peculiar. Aunque ella lo notaba distante, su preocupación se desvanecía al recibir un “estoy bien”, de su parte. Incluso, le propuso pasar unos días en su departamento para compensar las ausencias. Vanesa ni siquiera se inmutó con el arnés del que colgaba una soga en el techo de la sala. Una idea que asaltaba a Marco en las últimas noches, pero que ante la mirada del tótem no terminaba por concretarse. Dicen que, al despertar, en el primer instante en que se abren los ojos, la percepción sigue conectada al plano en donde ocurren los sueños, de tal manera que, por una fracción de segundos, el primer enfoque nos muestra sin filtros aquello que conscientemente nuestro cerebro traduce como la realidad.
La noche anterior a la que el bicho desafío toda cordura, Marco despertó sobresaltado. A ojos entrecerrados, con la respiración agitada y el corazón martillándole el pecho; observó sobre su cara a un ser de ojos grandes y sombríos, cabello blanco largo y despeinado, una sonrisa amplia y tétrica, con un aura que al instante erizaba la piel; acompañado de unos bramidos que estremecían hasta el tuétano. Su reacción inmediata fue de espanto y horrible temor, que se reflejaba sobre su rostro pálido y escasamente iluminado por la luz del televisor entre la oscuridad. Lanzó un gruñido evocando a su naturaleza prehistórica y enseguida tomó por el cuello a ese ser, aplicando una presión similar a un mecanismo de compresión, hasta que finalmente este no opuso resistencia y se desvaneció.
Aún somnoliento, se levantó de la cama, tomó un celular escribió algo y salió de la habitación. Se dirigió hacia la sala, se sentó en el sillón y se quedó dormido ahí.
Un sueño corto pero profundo, de esos que hacen sentir que en minutos pasaste una noche entera.
Nuevamente despertó sobresaltado y, al abrir los ojos, se encontró con otro ser de ojos rojos, como rubís, que brillaban en la penumbra de una silueta de oscuridad, con rostro felino de facciones salvajes, el hocico repleto de colmillos que emitía un gruñido tan aterrador que penetraba el cuerpo y congelaba el alma.
Se trataba de una versión tenebrosa de aquella “Bestia” de una serie de los ochentas que, durante una noche de fiebre en su infancia, lo acechó desde los rincones de la casa.
La bestia lo observaba con atención y vigilaba cada uno de sus movimientos. En un instante, Marco reaccionó y se precipitó hacia la alacena, pero la bestia lo siguió, emitiendo un alarido estremecedor. Como pudo, tomó una vasija de metal y cuando la bestia se abalanzó sobre él le asestó un golpe seco. Aprovechando el momento corrió a toda velocidad de regreso a la sala, pero el ser enfurecido se arrojó sobre él, como un cazador sobre su presa, sin embargo, su cabeza se atascó en la soga que colgaba del arnés.
Marco, en trance se aferró con furia a la cuerda y jaló con tal fuerza que los rubís se convirtieron en ríos carmesí que recorrían aquella figura de oscuridad hasta llegar al suelo.
–Tic tic tic.
Cuando no percibió más movimiento se tumbó en el sillón y ahí permaneció con la mirada fija en el tótem de la repisa.
–Tic tic tic.
Cuando el bicho detuvo su retorcido contoneo, desde la mesa central fijó su mirada en él y dijo: “aún queda un alma por recolectar, pero eso será en otro momento”.
Marco tuvo la impresión de que el insecto salió por una ventana abierta.
Después de un rato se levantó del sillón con una mirada decisiva y salió del departamento sin voltear atrás. Por la mañana los vecinos notaron algo extraño, la puerta estaba abierta y algo se balanceaba lentamente en la sala. Cuando llegaron las autoridades, encontraron el cuerpo de Cristian colgado de un arnés en la sala del departamento.
Su cara estaba morada. La acumulación de sangre en la cabeza y la presión a la que fue sometida hicieron que las venas de sus ojos se reventaran haciendo brotar hilos de sangre que descendía hasta llegar al suelo y al caer producía un sonido: tic tic tic.
El cuerpo de Vanesa yacía sobre la habitación de Marco, con huellas de asfixia y el terror reflejado en su rostro. De Marco no se volvió a saber nada. Pero un chico muy parecido a él, en otra ciudad, se encontraba festejando con champaña el éxito de una campaña, rodeado de chicas y una sala llena de reconocimientos.
El único testigo de lo acontecido era una pequeña figura tallada en marfil colocada sobre la repisa de la sala.
Manuel Esparza (Monterrey, N.L. 1986). Egresado de la Facultad de Derecho de la UANL, profesión que ejerce hasta la fecha. Su interés por el terror, lo sobrenatural y las narrativas de corte fantástico lo ha llevado a incursionar en talleres de creación literaria, dónde comenzó a desarrollar relatos cortos. Esta es su primera publicación.

