Monterrey, Nuevo León. Hace más de treinta años, Emir Kusturica le entregó al cine una obra incómoda, excesiva y profundamente política: Underground (Érase una vez un país). Una película que, más que contarnos una historia, nos arrastra por la memoria colectiva de Yugoslavia a través del humor negro, la música, el caos y la tragedia. No es casualidad que aún hoy siga provocando risas nerviosas, incomodidad y reflexión.
Dividida en tres partes —tres guerras—, la película recorre la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el conflicto que terminaría por fragmentar al país. Desde su inolvidable inicio con el bombardeo al zoológico, Kusturica nos advierte que el viaje será largo, simbólico y emocionalmente intenso. Animales, explosiones, música y fiesta se mezclan para crear una atmósfera que oscila entre lo absurdo y lo brutal.
La historia se centra en Marko y Blacky, dos amigos, estafadores y traficantes de armas, interpretados magistralmente por Miki Manojlović y Lazar Ristovski. Ambos representan caras opuestas del poder, la manipulación y la ingenuidad, mientras compiten por el amor de Natalija, actriz de teatro y símbolo de deseo, traición y supervivencia. Inspirados en personajes reales cercanos a Tito, estos protagonistas encarnan la tragicomedia política de toda una nación.
Uno de los momentos más potentes del filme ocurre cuando Marko esconde a Blacky y a otros personajes en un sótano para protegerlos del ejército nazi. Esa cueva —clara referencia a la alegoría de Platón— se convierte en el espacio del engaño: ahí, los personajes viven durante años creyendo que la guerra continúa, fabricando armas para una realidad que ya cambió. La mentira se vuelve sistema, y la ignorancia, herramienta de control.
Acompañada por la música desbordada de Goran Bregović, Underground funciona como una clase magistral sobre los Balcanes, pero también como una crítica feroz a todas las ideologías que prometen salvación y terminan en ruina. Algunos de sus diálogos incluso resultan proféticos, anticipando bombardeos y fracturas que ocurrirían años después del estreno.
El cierre del filme, con la tierra separándose mientras los personajes celebran, resume la esencia de la obra: un país que se fragmenta, una identidad que se rompe y una Europa que observa a distancia. Underground es una película que exige coraje para ser filmada y valentía para ser vista. Un acto de amor crítico hacia las raíces, incluso cuando duelen.


