“Don’t Look Back in Anger” no solamente cuenta la historia de Oasis: nos coloca frente al espejo para hablar de conflicto, ego, amistad, dolor y, finalmente, perdón.
Hay documentales sobre bandas y hay documentales que consiguen hablar de algo mucho más grande que la música. Oasis: Don’t Look Back in Anger pertenece a la segunda categoría.
La historia de Oasis se convierte aquí en una mirada al poder que puede tener una canción en la vida de alguien. Personas de distintas edades, nacionalidades y contextos comparten sus experiencias y muestran cómo aquellas canciones acompañaron momentos de sueños, desilusión, opresión, decadencia, depresión y también de esperanza.
Una de las experiencias más conmovedoras llega cuando una persona de origen oriental explica cómo la música de Oasis estuvo presente durante sus momentos más oscuros. No necesitaba que las canciones fueran necesariamente positivas: bastaba con sentir que alguien comprendía aquella caída para encontrar fuerzas y volver a ponerse de pie.
Y ahí está uno de los grandes aciertos de la película: no habla solamente de Oasis. Habla de nosotros.
El eterno conflicto entre los Gallagher, convertido durante años en titulares, memes, noticias y todo tipo de representaciones, aparece desde una perspectiva más humana. La lucha de egos, el éxito, la personalidad arrolladora y las heridas personales muestran lo complicado que puede ser alcanzar el sueño y, al mismo tiempo, perderse dentro de él.
Sin revelar demasiado, la película deja un mensaje poderoso: la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla en enemistades, orgullo y conflictos que terminan robándonos tiempo.
Cuando esperábamos encontrar solamente arañazos, encontramos algo distinto.
Redención. Luz al final del túnel. Y una reflexión sobre el valor de perdonar.
Los Gallagher lo han vuelto a hacer.
Y esta vez, quizá, mirando hacia adelante.

