Autor: Danae Terriquez Flores
Ahí estaba de nuevo, caminando por las desoladas calles del centro de Guadalajara. Buscando, siempre buscando, como una lunática que camina hablando sola y se enoja cuando su sombra no le responde lo que quiere. No llevaba nada más que su mochila al hombro. No es que necesitara algo más, dentro llevaba todo lo necesario: una pequeña hacha negra–recién afilada– una brújula, agua, barritas energéticas, guantes, linterna, una soga y un par de ganchos. Todo un equipo de excursión para ir a ¿una vieja casa oculta en las calles del centro? Venía cargando con medio equipo de camping ¿para ir a una casa? Sí, nadie lo entendía, pero es que no se había atrevido a mostrar el artículo más importante en el interior de su mochila. Una copia del libro “En la Abadía de Thelema”, firmada por el mismísimo autor, con una dedicatoria poco usual: “Que las historias te guíen a su cauce y no te arrastren en la ficción”. Nunca se atrevió a preguntarle al autor qué significaba aquello, ni si de verdad existía esa Abadía, al menos aquí, en esta misma ciudad.
Desde el día que terminó de leer ese libro se dedicó de lleno a investigar el asunto. Ya sabía que se trataba de un sitio secreto, hermético, conocido solo por sus miembros, frecuentado solo por ellos, y al que se podía acceder con una invitación y nada más que eso. Aun así, no se detuvo. Encontró fotografías de pésima calidad que mostraban esos viejos folletos, sin información, escuetos, pero tan intrigantes. Encontró dibujos, bocetos de algunas partes del lugar. El bar, el retrato de Crowley colgado en la pared, la fachada, las escaleras, todo eran imaginerías e invenciones de otros obsesionados con la historia. O tal vez no. Algunos tenían una similitud bastante particular. Sin problemas, se podría pensar en una reinterpretación de un dibujo primigenio que haya dado origen a los demás, en distintos estilos y épocas, pero no se sentía así. No era del todo así.
Llevaba en las manos un recopilado de la información que había encontrado a lo largo de los meses que estuvo investigando. Hojas llenas de recortes, tachones, apuntes, montones de impresiones pegadas unas sobre otras, tiesas por el constante uso del pegamento, crujiendo entre sus sudorosos dedos.
Ese día había salido temprano, estaba soleado, aunque el sujeto del clima anunciaba lluvias ligeras y chubascos aislados durante la tarde. De todas formas, salió de casa con su pantalón cargo negro, sus botas, una playera de algodón y unos guantes sin dedos, además de su confiable mochila de camping y algunos artilugios extra. Tomó su libreta-mapa y partió a las calles por enésima vez. Cada vez que salía llegaba un poco más lejos, un poco más adentro, pero nunca lograba dar con la casa. Se detenía a escuchar conversaciones ajenas, discretamente y desde las sombras, claro, cuando encontraba a personajes curiosos en su andar. Se detenía a beber un té frío en algún café underground que se le cruzara, buscando más indicios, conversaciones, pistas, lo que fuera.
Para esas horas de la tarde, ya se hubiera encaminado de vuelta a casa, mañana sería un día ocupado en la escuela y el trabajo y debía tener todo listo para sus quehaceres, pero no lo hizo. Como un autómata, continuó caminando por las calles polvorosas del centro. No sabía a dónde iba, no tenía seguro a dónde se dirigía ni por qué giraba en esa esquina o por qué cruzaba esa calle. Solo siguió caminando hasta que desconoció la zona. Ninguno de los caminos a su alrededor la conectaba con rumbos conocidos, los negocios que ya encendían las luces de la calle y sus letreros neón no le parecían familiares, pero sabía que iba por el camino correcto. El cielo se cerró poco a poco, oscureciendo antes de tiempo su recorrido. Una brisa ligera comenzó a molestarle en los lentes, se empezaron a empeñar por el calor que emanaba su cuerpo y la frialdad del agua que entorpecía su paso.
A pocos metros de distancia, encontró un cartel bien iluminado con luces moradas y rosas, invitaba a acercarse. En las letras luminiscentes se podía leer Arkabhala. Se acercó sin dudarlo y entró en el recinto. Un pequeño bar, decorado al estilo de los pubs ingleses con música DarkWave de fondo. A media luz, un poco vacío. Suspiró con pesar y se sentó en una de las mesas pegadas a la pared, dejando descansar su mochila a sus pies. Desde su sitio, pudo ver la lista de alimentos y bebidas que ofrecía el sitio, todo escrito con una tipografía curiosa, una mezcla de los remates góticos con alguna tipografía desconocida. Las bebidas eran bastante típicas, así como la comida, nada muy extravagante. Pidió un té negro con hielo y se dispuso a hojear su libreta-mapa de nuevo, con su doblada y maltratada copia de aquel libro tan curioso. Había partes encerradas con lápiz, resaltadas con marca-textos, notas al margen y algunas post-It de colores que coincidían con notas en la libreta. Revisando todo aquello, escuchó pasos a su espalda, pensó que sería la mesera con su té, pero al dirigir la vista hacia esos pasos, vio unos zapatos de vestir masculinos cruzar el recinto. Alzó la mirada y fue descubriendo a un hombre bien vestido. Pantalón de vestir café, una camisa blanca un poco holgada para la delgada complexión del hombre, un chaleco café sobre cuya espalda descansaba una coleta de caballo negra, atada con un listón satinado del mismo tono. Se le cortó el aire al momento. No logró ver al hombre a la cara, pues cuando terminó de escanearlo ya estaba en la puerta del local. Tomó sus cosas con rapidez, dejó un billete en la mesa sin haber bebido nada y salió corriendo detrás del misterioso sujeto. Presurosa guardó sus libros para resguardarlos de la lluvia y comenzó a caminar detrás de la estela de aroma que despedía el hombre. Una mezcla de tabaco, café y libro viejo.
La lluvia comenzó a arreciar, sus botas minaban el agua hasta sus calcetines, la mochila impermeable recibía el azote inclemente del aire helado y sus lentes goteaban sin cesar, impidiendo la visión completa del camino. Aun así, el sonido de los zapatos de vestir y el ligero aroma que despedía su pobre víctima la guiaba. El viento la arrojaba contra las paredes de las casas y edificios a sus costados. Por poco resbala varias veces al no ver el borde la banqueta, los desniveles y pequeñas grietas que le entorpecían su andar. Llegó un punto en el que dejó de escuchar los pasos trajeados del hombre, ya no percibía su aroma, solo la tierra mojada y el golpeteo de la lluvia en ventanas y techos que estaban a su lado. Miró en todas direcciones, no se veían rastros de él en ninguna parte, no sabía en dónde estaba ni a dónde ir. Se llevó las manos al cabello empapado y se quejó en voz baja, tenía ganas de gritar y llorar, de patear algo, de arrojar sus cosas a la calle y que se las llevara la corriente. Dio un par de pasos más y se sentó en una grada al borde de la calle sin mirar en donde ponía la retaguardia. Se quitó los lentes y talló sus ojos en un intento por impedir que las lágrimas de frustración salieran a borbotones. Sin poder evitarlo más, dejó fluir el llanto silencioso y se recargó en lo que pensó era la pared de algún edificio. Cuál fue su sorpresa cuando el peso de su cuerpo terminó abriendo la puerta a sus espaldas, provocando que se golpeara la cabeza en los escalones. Se sobó el golpe con un enojo que pronto cambió a sorpresa, un dejo de esperanza. Limpió su rostro en busca de claridad y trató de observar el camino de peldaños que ascendía. Era inútil tratar de secar sus lentes, no había un rincón seco en su ropa, así que se limitó a guardarlos en el bolsillo y tomar su mochila para iniciar el camino hacia la oscuridad.
La luz blanca de la linterna escudriñaba los rincones de roca de los escalones sin fin que pisaba con sumo sigilo. Arriba no se escuchaba un alma, un susurro, un eco, nada. Solo ella y el choque sus botas mojadas dejando huellas a su paso. Cuando llegó al recinto, aun parcialmente ciega, logró reconocer algunas siluetas de muebles y cosas cotidianas. Mesas con bancos patas arriba, grises y llenos de polvo, candelabros esparcidos por el suelo, lámparas de piso, ventanales cerrados con tablas y cortinas viejas que apenas permitían el paso de la luz de las farolas en la calle, algunos sillones con mesitas de centro, medio cubiertos con mantas que alguna vez fueron blancas. Pero en el centro de todo, resaltaba como un monstruo de madera una barra larga y oscura, con algunos bancos recostados en ella, botellas vacías y pequeños bichos recorriendo los rincones. Se quedó de piedra ante el inmenso mueble. Llevó una mano morada y temblorosa a la boca mientras la luz de la linterna temblaba trémula en su otra mano. Un suspiro impresionado se le escapó entre los dedos. Apuntó el aro de luz a la pared, al centro de la barra, e imaginó aquel dibujo hecho a lápiz, observando la estancia desde su privilegiada posición. Buscó en las paredes las marcas de polvo que rememoraban viejos cuadros colgados, los clavos oxidados acumulando tierra, las botellas al fondo de la barra, esperando su momento de ser servidas a alguien. Ensimismada en la maravilla que había descubierto, ignoró el hecho de que estaba abandonado desde hacía años. Las capas espesas de polvo decoraban todo el lugar sin piedad alguna. Ya no había música, ni luces de colores; papeles amarillentos y viejos decoraban el piso bajo sus botas mojadas, alimañas corrían a ocultarse cuando la luz las pescaba paseando por ahí. De pronto, la realidad golpeó su nariz. Olía a humedad añeja. El polvo finalmente le hizo escocer los ojos y lo tomó como un pretexto para derramar un par de lágrimas. Lo había encontrado, pero tarde. Tan tarde. Años de historias nunca vistas ni escuchadas más allá de sus muros se acumulaban en los rincones llenos de telarañas pegajosas.
Derrotada, se sentó en las escaleras que llevaban a la galería de arte pájaro en las habitaciones superiores. Limpió su cara del polvo pegado en sus mejillas húmedas y suspiró a la oscuridad. De pronto, como un eco lejano, llegó a ella ese aroma. El tabaco, el café y libro viejo. Esperanzada se levantó de golpe y miró a todos lados. No había nadie. Al eco de la lluvia se le sumaron otros susurros, como voces en plática amena, chocar de vasos. Otros aromas: a cerveza, a café espresso, cigarrillos baratos, cuero. Seguía mirando a todos lados y no había nadie, ni un resquicio de luz, una migaja de música, nada. Dirigió la luz de la linterna escaleras arriba. Tal vez se había dado por vencida muy fácil. Olvidando su preciada mochila, comenzó el ascenso, creyendo que escuchaba con mayor nitidez esas voces, esa música. A la mitad de su trayecto, un trueno en el cielo la sobresaltó. Miró a los ventanales enrejados y se cegó un momento con el flash de la tormenta. Al volver la vista a la escalera, la falta de sus lentes y el cambio brusco de iluminación la hizo ver sombras deformes en el pasillo. Extrañas criaturas se acercaban a su encuentro, sigilosas, mostrando débilmente su naturaleza en cada rayo que se colaba por los barrotes. Dejó de escuchar la música lejana y notas guturales llenaron sus oídos. El retumbar de su corazón hacia zumbar sus tímpanos, le faltaba el aire y las cacofonías de cánticos y gruñidos se intensificaban. Sin querer apartar la vista, con la mano congelada en la linterna, atinó a dar un paso atrás. Olvidó que estaba al borde las escaleras y rodó cuesta abajo sin parar hasta llegar a la planta del bar.
Todo su cuerpo reclamó al mismo tiempo, presa del dolor por el frío y el brusco golpe contra las escaleras. Sentía hormiguear sus piernas, sus pies, las muñecas no lograban sostener su tren superior. Estaba llena de lodo y polvo. Buscó a tientas la linterna y se incorporó despacio. Apenas estaba encontrando su centro en la realidad cuando pesados pasos bajaron de la escalera. Un olor a incienso y tierra muerta inundó su nariz hasta provocar que se cubriera con la mano. A pesar de estar en la planta baja, no podía encontrar su mochila por ningún lado. Los muebles se habían cerrado a su alrededor y empezó a sentir claustrofobia. Temblorosa de frío y terror, se puso a correr a donde creyó que estaba la salida a la calle; dio tumbos con los bancos tirados en el suelo, resbaló con los papeles mugrientos y rebotó entre las paredes oscuras. ¿En qué momento el sitio se había vuelto tan grande? Lágrimas ya asomaban por sus ojos ante la inminente presencia de algo espantoso en la oscuridad cuando su espalda chocó contra alguien. Ahogó un grito ante la sensación y se giró lanzando una patada al aire. Con ambos pies en el suelo, apuntó su linterna a aquel desconocido manteniendo su guardia arriba.
Borroso, reconoció al hombre misterioso del local con música DarkWave. Tenía su mochila en la mano y la miraba como si le reclamara por hacerlo esperar. El sujeto se limitó a acercarle la mochila, y una vez la tomó, le indicó con el brazo por dónde se llegaba a las escaleras de vuelta a la calle. No tuvo más remedio que hacerle caso y caminó en la dirección que le indicó. Llevaba su linterna por delante para ver dónde pisaba, y se preguntaba por qué él no llevaba una. Siguió escaleras abajo hasta dar de nuevo con la puerta abierta y las calles nocturnas esperándola.
Una vez en la acera, el sujeto detuvo un taxi que pasaba precisamente frente a ellos en ese momento. Habló con el conductor y después le abrió la puerta de pasajeros. No supo qué hacer ni qué decir, y como si hubiera leído su mente, él solo asintió con la cabeza, le entregó una pequeña tarjeta de presentación y susurró en su oído.
–Aun no es tiempo.
Cerró la puerta tras ella y la observó alejarse por la calle solitaria. Como un rayo, recordó que llevaba los lentes en el bolsillo, los sacó apresurada y miró a través de los cristales rotos, asombrada, cómo la casona de la que había salido, se iluminaba con farolas amarillas. Del interior, escurría una luz roja misteriosa y de nuevo el murmullo de la plática y los choques de copas llegaban a sus oídos. Cuando volvió a quitárselos, estaban en la calle Hidalgo, saliendo casi a San Juan de Dios, entre las luces de algunos coches y los semáforos empañados por la lluvia. Guardó los lentes y los cambió por la tarjeta de presentación que le acababan de entregar. Sonrió nerviosa y satisfecha de su nuevo descubrimiento y perdió la mirada en los locales cerrados que bordeaban su camino, apretando la tarjeta contra su pecho.
Sobre la autora:
Danae Terriquez. Correctora de estilo Freelancer y licenciada en letras hispánicas por la U. de G. Ha publicado un libro de relatos junto a su esposo, titulado ”Historias de barqueros. Cuentos de almas atormentadas”, además de participaciones en algunas fanzines, con relatos cortos, y un par de ensayos literarios en recopilaciones publicadas por la U. de G.
Instagram: @dunkelheit.d
YouTube/Facebook/ Spotify: La Barquera de Tuonela.


