California. Hay artistas que parecen salidos de otra época. Que suenan como si la música viniera envuelta en celuloide, entre el humo azul de un club y la nostalgia de una escena en cámara lenta. Zac Saintt —nombre artístico de Kevin Constanza— es uno de ellos. Un músico salvadoreño radicado en California que ha decidido no correr tras la fama, sino vivir de la música.
Y eso, en estos tiempos de inmediatez, lo hace distinto.
A sus 20 años, Zac construyó un universo sonoro donde el R&B, el soul moderno y el jazz clásico se abrazan con la elegancia de una película de Scorsese. Su música tiene algo de esas cintas donde la historia no solo se cuenta, sino que se siente: pausas, silencios, obsesión, belleza, ritmo. Él mismo lo dice: “El silencio entre nota y nota también tiene alma”.
Su historia nace en El Salvador, en una casa cálida donde lo criaron sus abuelos. De su abuelo heredó la disciplina y el amor por el jazz, y de sus noches en soledad, la curiosidad por entender el mundo desde el arte. Entre lecturas como “Roba como un artista” y películas como “Goodfellas” o “Taxi Driver”, Zac aprendió que crear también es aprender a observar, que robar ideas no es copiar, sino convertirlas en algo profundamente personal.
En canciones como “Bad Baby”, “Papá y Llamó” o “Copacabana”, suena esa mezcla entre deseo, humor y melancolía. Son temas donde cada nota respira y cada verso parece contado por una cámara invisible.
Zac Saintt es parte de esa nueva generación de artistas latinos que no buscan algoritmos, sino autenticidad, que hacen música para los que aún creen que la belleza puede ser atemporal y mientras el mundo corre, él prefiere quedarse un poco más en el silencio.
Ahí donde empieza la magia.
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