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Suzanne 

Antonio Carlin Lynch por Antonio Carlin Lynch
junio 14, 2025
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(Inspirado en: Suzanne de “Songs of Leonard Cohen”/1967) 

Suzanne despertó de sus sueños escatológicos. Abrió sus ojos color almendra al notar cierta humedad entre sus piernas. Se halló tumbada boca abajo, con un diminuto short color morado hecho con los retazos de una cortina interpuesta entre la única ventana de su choza, y los rayos del sol. Era lo único que traía puesto. Y en ese momento, era lo único que hacía lucir sus largas piernas. Aún tenía en su boca el sabor a semen. No giró la mirada buscando a nadie, sabía de antemano que el marinero se había ido. Bebió un largo trago de bourbon directo de la botella, luego la dejó en el suelo. No tiene por costumbre beber lo que ella no pagaba con su dinero; pero esta vez no importaba, el marinero se había ido. Pero no el sabor a semen de su boca.  

Suzanne huele a sudor, a vino barato, cohíbas caros, pero, sobre todo, huele a sexo. Un clásico de la poesía escribiría: “Sexo huele a Suzanne, entre sus firmes muslos se abre la dicha plena… del hombre, la felicidad”. Y es que Suzanne ama la poesía, (pero “felicidad” hace tiempo no aparece ni por la puerta, ni por su única ventana). Seguramente ha fornicado con un montón de poetas; y ellos le han contado, los que suelen hablar de sí; que no son muchos: “Trabajo por mi cuenta”, “soy ingeniero nuclear”, “abogado” (de los honrados), “asesino serial” (de los no conocidos), “agente de la CIA”, “espía de la KGB” o “Sheriff del Condado”. La historia de su vida.  

Ella no ha conocido poeta alguno. Son raros los hombres que vienen con ella y hablan. Hay que cruzar el lago Erie en balsa, luego hacer un trayecto de casi cuarenta minutos hasta llegar a la isla; después, subir una cuesta empinada y buscar la vereda correcta. Todo esto para llegar por fin al escondite de Suzanne. Tal vez sea eso la razón de que uno no tenga ganas de cruzar palabra. Pero he escrito “escondite”, ¿de qué se esconde Suzanne? Si hace años que no baja al pueblo no es porque se esconda de alguien, es la misma distancia de uno al otro extremo, los hombres iban con ella a beber, a escuchar música o a coger. Nunca, o rara vez, a hablar. Mas los hombres dejaron de ir. Un día se fueron. Y entonces llegaron los marineros. 

Suzanne adora la tranquilidad después del acostón: música folk y el aroma de los habanos embriagan el ambiente. En un rincón del cuarto, una consola estereofónica hecha con caoba y fabricada en 1971 da el único toque kitsch al lugar. Asemeja a una de esas cajitas musicales que al abrirlas nos muestra una delicada bailarina adentro. Pero no, al abrirla vemos el álbum homónimo de Joan Báez, editado en 1975, girando. 

Si la música fuera electricidad, la voz de Joan iluminaría toda la estancia: “Well I´ll be damned / here come your ghost again / but that´s not unusual / It’s just that the moon is full / and you happened to call / And here I sit, hand on the telephone / hearing a voice I´d know / a couple of light years ago / heading straight for a fall…Voces como la de ella y el sonido de su guitarra imprimen paz y calma en toda la atmósfera. Antes de eso: Suzanne prefiere que le azoten un poco y le apaguen cigarrillos en los muslos. Si se tiene un poco de suerte, algún chiquillo (por unas cuantas monedas, por supuesto), puede acercarlo a uno hasta la choza. Solo se tiene que preguntar: 

–¿Sabes dónde vive la mujer de la cicatriz?  

–¿La del cuerpo perfecto? ¡Claro que lo sé!—contestará el chiquillo. 

Te tomará de la mano y te guiará. Son chiquillos morenos, quemados por el sol. Mezcla de sangre africana y rasgos latinos que hablan francés. Todos ellos esperan el día en que Suzanne los haga hombres. Algunos hombres (no todos son marineros, pero si ocho de cada diez), cruzan con ella tres o cuatro frases, las de rigor, las de cortesía. Pero ¿qué cortesía se puede tener cuando se apagan colillas de cigarros en los muslos, en el abdomen? La ven como a un pedazo de carne. Jugoso. Firme. Un delicioso trozo de bistec a medio cocer…, o aún escurriendo sangre. A fin de cuentas, la gente no habla con su comida. Es mil veces entendible que manden felicitar al chef.  

Suzanne tiene nombre de guerra, su cuerpo es un campo de batalla. Su mente ha divagado desde Creta hasta Waterloo. Sus fantasías han recorrido desde Marco Antonio a Dylan Thomas; ahora mismo los dedos de su mano izquierda recorren la pasta de un libro de Keats, mientras los dedos de su mano derecha rozan su clítoris. Son como una bayoneta penetrando en el cuerpo de un soldado acechante. Así viene a su mente los recuerdos de los dedos que acariciaron una de sus cicatrices favoritas: la que tiene en su espalda baja. La que puede verse de espaldas en el espejo.  

–¿Te duele?—Preguntó el marinero. 

–No. Ya no. Y eso es lo que me duele. Ya no sentir dolor.—Contestó Suzanne. 

La cicatriz consiste en un par de letras “AS”, iniciales del hombre que la quemó; al rojo vivo, como se quema al ganado. Ella prefiere verlas como “Always Suzanne”. 

Gustan de penetrarla por detrás, ella misma así lo pide. Aunque hay algunos que prefieren verla a la cara. Sujetan su larga cabellera castaña. Haciendo palanca; tan fuerte como si intentaran arrancarle el cuero cabelludo. Es otra batalla, esta, en un territorio Sioux. Suzanne pide a gritos más brusquedad. Es como si el dolor le devolviera algo que le ha sido negado desde que tenía dieciocho años: “confianza”, “autoestima”. El poder ver su rostro reflejado en un espejo sin hacer un gesto de horror, o sentir deseos de llorar y golpear el vidrio hasta sangrar los nudillos. Ya no más espejos rotos, ya no más nudillos heridos. Ya no más su padre le cruzará el rostro con su navaja. Él ya está muerto…, y Suzanne se encuentra lejos de la ley. Lejos de todo.  

Ella, sus libros de poesía, sus discos de folk, y las cicatrices de su cuerpo perfecto. Ella y sus pensamientos. Hasta que fueron interrumpidos. El hombre estaba en la puerta, vestía de traje italiano, y tenía el estuche de una guitarra en su mano. En su cabeza un sombrero que lo hacía verse más grande de edad. No hubo palabras, tan solo se hablaron con la mirada. Y con la mirada Suzanne invitó al hombre a pasar. “Toma asiento”, le dijo sin hablar. 

El hombre se quitó el sombrero y por primera vez Suzanne pudo verle bien su rostro.

–¿Eres músico?                        

–Intento ser músico, más bien soy poeta.    

–Nunca he estado con un poeta.        

–Me pareció escuchar un disco de Joan Báez a lo lejos…        

–Puedo repetirlo.                              

–Repítelo y yo escribiré un dulce poema a tus mil y una cicatrices y te inmortalizaré en una can…

El hombre que tiene por nombre Leonard, no pudo terminar su frase. Suzanne ya se encontraba encima de él. Y en unos segundos después… dentro. 

Antonio Carlin Lynch (Monterrey, Nuevo León) Escribe normalmente reseñas y notas de cine, literatura y conciertos de metal para Un Café con Lina. Próximamente una tercera edición de su libro de relatos de terror: “Nadie sangra por la bailarina” saldrá a la venta con Pánika Editorial. Este es uno de sus relatos que tiene, inspirados en la música de Leonard Cohen. 

Etiquetas: HorrorLeonard CohenLiteraturaMonterrey
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