Una noche de nostalgia, caos y catarsis en el Showcenter Complex
Monterrey, Nuevo León. Hay conciertos poderosos que te sacuden como un riff directo al pecho. Noches que vuelven a abrir las viejas cicatrices del Warped Tour —las que llevas con orgullo, aunque ya tengas trabajo, impuestos y reuniones a las 9 a.m.— y te recuerdan quién eras cuando una guitarra distorsionada podía salvarte la vida. El viernes 28 de noviembre en el Showcenter Complex fue una de esas noches.



Desde antes de las 9:00 p.m. el ambiente ya estaba cargado de electricidad. Los fans empezaron a llegar como si fuera una migración inevitable, una llamada tribal. Muchos venían caracterizados, otros con maquillaje corrido desde temprano, y un grupo de chicas apareció con estética gótica de novias con velo dispuestas a perforarlo. Si la primera impresión del público fuera una portada de disco, habría sido una mezcla entre Three Cheers for Sweet Revenge y Selfish Machines.



La noche arrancó con la banda abridora HEALTH, que sacudió al público con su rock industrial oscuro y palpitante. Sus beats parecían golpear directo al estómago, preparando el terreno emocional para lo que Pierce the Veil traería unos minutos después: un torbellino que se siente entre los oídos y debajo de la piel.
A las primeras notas de “Death of an Executioner”, Monterrey explotó. Esa mezcla perfecta entre post-hardcore, melodía emocional y rabia contenida abrió la puerta a un viaje que se movió entre nostalgia y pura adrenalina. Los gritos, los brincos, los mosh pits improvisados… todo se convirtió en parte del ritual.

Siguieron sin piedad con “Bulls in the Bronx”, “Pass the Nirvana”, “Low on the Gas”, “Flora”, “Yeah Boy and Dirty Words”, “Contagious”, “Hell Above”, “Emergency Contact”, “Circles”, “Disasterology”, “Hold On Till May”, “King for a Day” y en medio de todo, una sorpresa que nos voló la cabeza: una versión brutalísima de una rola de Pixies, ejecutada con la precisión quirúrgica de un baterista que se robó la noche. Golpes secos, veloces, medidos. Un monstruo detrás del kit.
Cada canción traía su propio estallido. Pierce The Veil no sólo dio un concierto: dio una ceremonia de catarsis colectiva, la clase de noche que te devuelve algo que pensabas haber perdido con la adultez. Ese pedazo tuyo que sangraba en los conciertos de 2010, o que escribía letras en los tenis Converse, o que lloró alguna vez con “Hold On Till May” sin saber que la vida adulta también dolía, pero distinto.




El cantante cantó como si cada verso fuera una carta no enviada. El público respondió como si hubiera estado guardando esta euforia desde 2016. La banda sonó tan sólida, tan viva, tan renovada, que todo el Showcenter vibró como si fuera el corazón colectivo de Monterrey.
Sold Out. Euforia total. Un inicio perfecto para su I Can’t Hear You World Tour, que ya se siente como una resurrección emocional para toda una generación. Cuando las luces se encendieron y el sudor empezó a enfriarse, todos nos quedamos con la misma sensación:
esa mezcla de cansancio, alivio y felicidad que sólo deja un concierto que lo dio todo.





Imagenes por Arqueles García


