Santiago, N.L. La noche del sábado 7 de febrero en el Auditorio Santiago fue una de esas que se quedan flotando en la memoria, no solo por las risas, sino por lo que despiertan. Fuimos a ver El Pelón en tiempos de cólera recargado y salimos con algo más que carcajadas: salimos con recuerdos revueltos, con frases heredadas, con la sensación de haber mirado de frente a nuestra propia educación como Generación X.
Héctor Suárez Gomis tomó el escenario con un control absoluto del ritmo, del espacio y del público. Bastaron unos minutos para que la conexión fuera total. De pronto, todos completábamos frases al unísono, esas que escuchamos mil veces en casa, esas que venían directo de nuestros padres y que hoy —con los años encima— entendemos distinto. La comedia se convirtió en espejo y en juego, siempre desde el respeto, el cariño y un amor profundo por su familia, especialmente por la figura inmensa de su padre, Héctor Suárez, un monstruo sagrado de la comedia mexicana.





Y es que la vida avanza, y con el paso del tiempo esas cosas que en la juventud parecían exageradas, incómodas o incomprensibles, hoy se revelan como regalos. Regalos que nos formaron, que nos dieron carácter, humor, resistencia. Héctor se abre por completo en escena y durante casi dos horas nos lleva de la mano por la niñez y juventud de quienes nacimos en los 70 y 80, dejando algo muy claro: la década no es solo una cifra, es una experiencia colectiva, un plural que compartimos. Además, con la honestidad que siempre lo ha caracterizado, habla abiertamente de su condición dentro del espectro Asperger, sin filtros ni rodeos, recordándonos que la claridad también puede ser un acto de amor. Salimos riendo, sí, pero también honrando lo que somos… y de dónde venimos.

Imágenes por: Arqueles García


