(Inspirado en Hotel Chelsea #2 de “Leonard Cohen”/1974)
La puta más solicitada de la agencia Sherry Teens, es Melody: su nombre engaña a la clientela: las chicas que se anuncian en los fanzines más under de la escena, y en tarjetas estratégicamente colocadas en galerías art deco y fiestas clandestinas de Queens tienen todas arriba de veintitrés años. Melody tiene veinticuatro, Trix veinticinco, y Chancy veintiséis. Pero Chancy solo quiere contestar el teléfono. Así que solo quedan dos chicas disponibles: de las cuales, Melody es la más solicitada.
Mide 1.66 de estatura, es pelirroja natural, tiene los senos pequeños y, arriba de ellos, un mar de pecas donde cualquier bañista desearía morir ahogado. Esa misma área tiene un sabor explosivamente salado; como si la pequeña Melody hubiese nacido en medio de un océano californiano. Pero no: vio la luz en uno de los barrios más exclusivos de Manhattan. Siendo hija única, le corresponde ser heredera de uno de los imperios de la moda más célebres en el vestir neoyorkino de principios de los setenta: las zapaterías Leather Skin, especializadas en botas de piel de armiño y víbora de cascabel mexicana.
En estos momentos, Nancy Sinatra, atestada de cocaína, sale ayudada por uno de sus amantes puertorriqueños, lleva seis pares de botas de piel de alce en tres distintos colores. Alguien le dijo que Mia Farrow esperaba esos modelos para comprarlos todos. Así que le dejó 50 dólares a uno de los vendedores para que le diera la siguiente nota: “¡Bang, Bang! En tu cara, zorra trepadora”. Luego le mostró su pecho izquierdo. – Cortesía de la casa Sinatra –, dijo. Melody bien pudo acompañarla hacia la salida, y hacerle los honores: “gracias por su visita Señorita Sinatra”, “me encantó su nuevo sencillo, lo escuché en el Studio 54”, “vuelva pronto, Señorita Sinatra”. En vez de eso, en este instante, se está atascando de verga jamaiquina en una de las habitaciones del Hotel Liberty, frente al Chelsea.
Cuando termina con él (o, mejor dicho, el jamaicano, que parece el doble de Shaft, termina con ella), se limpia la boca, escupe varias veces al suelo y mira por la ventana hacia el Chelsea. Una limosina blanca se estaciona en la entrada, y de ella, una mujer en abrigo de visón entra rápidamente. – “Juraría que era Brigitte Bardot” –, se dice a sí misma Melody.
Miércoles por la noche.
Trix y Melody se toman unas horas libres. En la disco The Sombrero el show de esa noche está a cargo de Dooshenka, quien interpreta temas de Sun Ra en versión disco, con un descarado playback (que a nadie le importa, porque su atuendo, una túnica larga hasta las rodillas y transparente, desvía la atención de todos: no pueden quitar la mirada de las dos aureolas que tiene por pezones). Bien podría estar cantando God Defend New Zealand y nadie lo notaría.
–¿Qué tiene en medio de las piernas? – pregunta Trix, que no deja de mover los hombros al ritmo de la música.
–Los genitales. Se los sujeta con una cinta de aislar.
–Oh.
Melody saca un Gitanes de sus pantalones de cuero y justo cuando piensa encenderlo y formular la pregunta correspondiente para iniciar toda charla con Trix: “¿Cuándo vamos a exigirle a Chancy que también tiene que coger con los clientes?” Trix interrumpe sus pensamientos sujetándola muy fuerte del brazo.
–¡Cielos!, ¿ya viste quién acaba de entrar?
–¿Quién? – Melody enciende su Gitanes. Saborea la primera chupada.
–¡Mira, mira! Allá a tu izquierda, junto al tipo de pelo blanco y la chica anoréxica y ridícula.
–Trix, el tipo de pelo blanco, para tu información, es Andy Warhol y esa chica anoréxica y ridícula a la que te refieres, y que no logro distinguir bien por toda esa cantidad de gente que los rodea, debe de ser Twi… oh, Dios. Melody dejó incompleta la frase. Dejó el Gitanes consumirse en su mano y a su amiga con la perorata para ella sola. Dejó que todas sus fantasías de grupie afloraran por su piel e hicieran que su coñito se lubricara al ritmo de Plutonian Nights.
Lou Reed venía entrando al The Sombrero del brazo de Warhol, con sus Ray-Ban oscuros y una camisa que le dejaba ver su pecho tan bronceado para alguien de Brooklyn. No tenía vello. Un chico con bigote tupido y pañoleta roja se le atravesó, y le plantó un beso en la boca. El chico le agarró una nalga, Lou metió su lengua en su boca.–Es el bisexual más guapo que he visto—dijo Trix.
“Yo me encargo de hacerlo completamente hombre”–pensó Melody. Y se levantó caminando hacia el séquito que rodeaba y asfixiaba al gurú del arte pop.
–¿A dónde vas?
–Al baño, a polvearme la nariz.
–El baño queda para el otro lado.
Pero Melody no escuchó, se abrió paso entre la gente, que en su gran mayoría eran como gigantes para ella. “Debí de ponerme una de esas botas que vende papá y mamá. Las que tienen esos tacones de 18 cms. que luego se quitan, y con una pila o dos puedes usar como consolador con vibrador”. Todo el mundo tiene derecho a sus 15 minutos de fama.
Veinte minutos y catorce líneas después, instaladas en una mesa con “los nuevos descubrimientos de Andy”: Carmín, Sevigny, Monique, Zyon y Cosa Salvaje (la primer Drag Queen piel roja que existió, con una figura de linebaker de los New York Jets), Trix que no deja de mover los hombros y beber Margaritas lanza miradas hacia la mesa en dónde está Lou con Warhol. “¿Es ese John Cale?” “No. Solo es un chico guapo que se parece a John Cale”.
–Melody, ¡Melody! – Grita Trix para dejarse oír. – ¿Quién es tu amigo? Es lindo. – Melody tarda un segundo en captar. Enfrente de ella, sentado y sin presentarse, un chico guapo, rubio, ojos claros, barba de varios días, en camisa negra con las mangas arremangadas y jeans rotos de las rodillas, mira hacia todas partes y a ningún lado. Con la mirada perdida. Tiene la cabeza un poco echada hacia atrás, las venas de los brazos marcadas y saltonas. La sonrisa de un loco. Un adicto a la heroína buscando a su camello perdido.
–No sé quién es. Pero si tuviera veinticinco dólares en sus bolsillos, me lo cojo ahora mismo.
–Yo le prestó veinte y se la mamas delante de nosotras. – Dice Monique, que es quizá la más femenina de todas. Y la única que orina en el sanitario de hombres.
–No creo que en su estado se le pueda parar. – Interviene Trix, – ¿tú qué opinas Cosa Salvaje, te gusta el tipo?
—¡Au! Gustarme su cabellera, verse bonita en mi colección. – Contesta Cosa Salvaje mientras termina de alisarse las pestañas. Ella sería la envidia de todas las mujeres de la Reservación de Tacoma, y tres Reservaciones Sioux vecinas.
Un hombre, de cerca de cincuenta años y con un fuerte olor a heterosexual, se aproxima a Melody mientras Dooshenka pasa por un lado y saluda a ambas mesas. Mira hacia la mesa de al lado y le lanza un beso a Lou. Luego, con la mano, hace la seña de que dispara con una pistola, y apunta directamente hacia Warhol. ¡Pum! Dispara. Todas ríen por lo bajo, mientras Andy se cubre con su chaqueta asustado. Esa misma chaqueta que acaba de comprar en la tienda Sex. El hombre, más decidido, le muestra una tarjeta de Sherry Teens a Melody y se agacha para susurrarle algo al oído.
Ella asiente.
–Ahorita vuelvo damas. El deber me llama.
–No tardes, de aquí vamos a continuar la fiesta en la Suite de Andy.
–¿Dónde es?
–Piso 12. Habitación 1290. Hotel Chelsea.
El suelo parece moverse para Melody. Su corazón se agita y siente la necesidad de colocarse de nuevo, solo por placer. Una orgía en el Chelsea, y luego, ¿quién sabe?, la nueva chica de la Factoría. ¿Por qué no?
–Vamos cariño, antes de que se me ablande y me arrepienta.
–No tardaré, estaré enfrente, en el Liberty. Me paso de ahí.
–¡Uuuyyy ese nido de cucarachas! Jajaja – ríen todas. Mientras, Cosa Salvaje habla con un tipo que fuma un puro y le cuenta historias de un nuevo grupo que está formando llamado The Village People, del cual desea que forme parte.
Trix intenta acercarse a Lou sin ningún éxito. Lou solo tiene ojos para el enorme paquete que sobresale de los pantalones del chico que acaba de morir sentado por una sobredosis de heroína en la mesa de al lado.
El revolcón estuvo de primera, el hombre que juraba llamarse George y decía había formado a los Beatles, quiso repetir. Melody después de varios “ajá”, “ajá” se disculpó y mandó saludos al falso Paul, muerto años atrás. Salió corriendo del Liberty bajando los escalones de dos en dos. Cuando salió a la calle, la misma limosina blanca de días atrás se estacionó frente al Chelsea. De ella, la misma mujer en abrigo de piel de zorro. Melody le dio alcance y lo primero que notó fueron sus botas: Leather Skin, de pitón en color violeta. “198 dólares con .98” Sí, debe de ser B.B.
Las puertas del elevador se abrieron, ambas mujeres entraron. Cuando la mujer del abrigo de zorro se puso de frente, Melody reparó en dos cosas: una, sus grandes lentes oscuros, y dos, sus botas no eran de tacón alto. Era más bajita. No era Briggite Bardot. La mujer oprimió el piso 10 y se quitó los lentes. Era Janis Joplin. “Madre Santa, es Janis”.
–¿Eres una caza autógrafos? – preguntó Janis.
–No.
–¿Te hospedas aquí?
–No.
–¿Eres una golfilla?
–¿Lo parezco?
–Sí.
–Entonces lo soy.
–¿Te quieres ganar doscientos grandes?
–¿A quién me tengo que coger?
–A mi novio. Leo. Pero solo quiero que se la mames.
–Y tú, ¿qué harás? ¿Grabarnos?
–No, cantaré Cry Baby. Él no te verá, la luz permanecerá apagada. A veces tiene unos deseos y fantasías muy raras.
Y Melody no solo le hizo una mamada en una cama destartalada al poeta. También introdujo sus dedos en su ano y lo sodomizó. Ella nunca supo quién era “Leo” y él nunca conoció a la pequeña golfilla. Janis se llevó el secreto a la tumba; jamás escuchó su canción.
Sobre el Autor:
Antonio Carlin Lynch. Escritor, editor y guionista regiomontano. También publica reseñas habitualmente para “Un Café con Lina” sobre cine, literatura y conciertos de metal en la ciudad de Monterrey, escribe terror y horror psicológico y algunas veces, textos eróticos y sobre la música de uno de sus gurús: Leonard Cohen. Su antología de Terror “Nadie Sangra por la Bailarina” saldrá pronto en una nueva edición con Pánika Editorial. También desapareció unos días de redes, pero regresó con un nuevo Facebook el cual es:Antonio Carlin Lynch. Ahí lo pueden seguir.


