Autor: Martin Eastwood
El cielo se nubló a las ocho, y solo cinco minutos después los truenos ya hacían crepitar el suelo como un bombardeo divino orquestado por un sujeto de largas barbas blancas. El viento arreciaba a cada fusilazo, y también debido a ello, las gruesas nubes dejaban ver su interior. En el porche yo había estado sentado media hora antes, leyendo una novela. En pautas levantaba la vista y observaba ser arrastrados por el viento papeles y hojas, incluso una lata cuyo metal tintineaba al rodar por el asfalto de mi calle. Lentamente, las gotas comenzaron a estrellarse contra el suelo, dejando oscuros puntos en el pavimento hasta que diez segundos más tarde, toda la calle era uniformemente más oscura.
La intensidad de la lluvia no hizo sino aumentar al paso de los minutos. Ya adentro, el libro yacía guardado en la estantería y yo simplemente veía videos en YouTube. Afuera, el rugido de la tormenta me hacía imaginar un sinnúmero de historias que ya ni atención le ponía al orate que hablaba sobre el supuesto hallazgo de un pterodáctilo vivo en Australia.
Ya para las diez, en Facebook daba cuenta de las publicaciones de los incautos a quienes la tormenta había arruinado sus planes; era viernes, lástima. No habían pronosticado lluvias para esta semana, supuse que esto era un esporádico chaparrón, y que a la mañana siguiente habría calles encharcadas, llanos lodosos, y en el cielo, los vestigios de las nubes arremolinándose en las cumbres de los cerros que predominan en la sultana del norte, contrastando con un limpio azul que perduraría quizás dos o tres horas hasta que la contaminación le diera el opaco aspecto de siempre.
Transcurrieron dos horas y la tormenta nada que remitía. Ocasionalmente, yo desplazaba con mis dedos la persiana observando a través del vidrio como el torrencial se reflejaba en la amarillenta luz de la lámpara mercurial de la banqueta.
–Es tan fuerte como un huracán– dijo mi hermano al sentarse en uno de los sillones de la sala. Venía de su habitación al fondo de la casa. Había estado trabajando todo el día en una pintura que debía entregar la semana siguiente; un encargo del director de su escuela. Le pagarían bien por eso.– Qué mal rollo, Marcelo iba a venir al rato con su primo y dos amigas, pero pues…,– señaló hacia arriba enfatizando la idea.
–Sí, el cielo se está cayendo, ni una pinche pizza se puede pedir. Bueno, con que no falle el internet.
Teníamos dos semanas para hacer lo que quisiéramos con la casa, ya que nuestros padres habían salido de viaje a Japón, y allá estarían un buen rato por cuestiones de negocios. Nuestra situación financiera era buena, podíamos si hubiéramos querido vivir allá del otro lado del charco, o en un barrio mejor acomodado que la maldita colonia Loma Linda, pero al parecer, la modestia era el sello familiar. Digo, ambos, mi hermano y yo, teníamos empleo. Él como pintor y dibujante, mientras que yo, asistente del profesor Sneed; Doctor en biología de la Universidad Autónoma Estatal.
Había tenido una semana muy ajetreada. Después de clases me pasaba al laboratorio a asistir al profesor en lo que requiriera. La paga era buena, aunque el trabajo un tanto pesado por la cantidad de archivos a ordenar, o las muestras que nos eran enviadas a diario. El profesor llevaba algunos meses analizando los niveles de contaminación en el agua del río Pesquería. Semana a semana mi mentor diseccionaba en el laboratorio diversas especies que habían sufrido sórdidas mutaciones. Peces y anfibios, insectos también. Sneed culpaba a los coreanos, y lo decía sin tapujos en las clases, aunque eso le valiera el odio declarado de todas las k popers del aula.
Esa mañana nos enviaron algo repugnante. Al parecer, el mismo fenómeno se daba en las aguas del Golfo de México. Los pescadores de las bahías de Tampico y Matamoros habían atrapado en sus redes peces y crustáceos totalmente deformados. No era un caso aislado. Algunas playas fueron cerradas por lo mismo, hasta que no se supiera con exactitud qué clase de contaminante provocaba las mutaciones de la fauna marítima. Junto con el espécimen, los remitentes, que no eran sino representantes del gobierno tamaulipeco, enviaron a su vez fotografías de otra clase de animales afectados por el agente contaminante. Sentí asco, y al mismo tiempo pena al ver las imágenes de dos delfines tendidos en la arena de la playa Miramar, parecían haberse hinchado como un cadáver luego de haber estado en el agua por días. Además de eso, unas extrañas protuberancias les crecían debajo del vientre. Los ojos, de los ojos emergían unos extraños gusanos que al principio creímos que se trataban de nematodos. El doctor saldría al día siguiente temprano en la mañana a Tamaulipas. No fui requerido ya que se uniría a un equipo de científicos de aquel estado, y otros más, extranjeros, enviados por la universidad Miskatonic. Yo salía sobrando ahí. Los sábados el laboratorio no operaba, así que no tenía razón para madrugar.
Me puse a platicar por Facebook con una chica llamada Norma Aisaka.
Al menos, así se hacía llamar en su perfil.
“Dalton, el cielo se está cayendo”.
Sin demora tecleé mi respuesta.
“Dime algo que no sepa”.
Apareció la diminuta leyenda en la parte inferior del cuadro de dialogo que rezaba visto. Luego unos puntos suspensivos que precedían su contestación.
“Mantener una relación más de dos meses”.
Golpe bajo.
Seguimos platicando durante una hora más mientras que afuera diosito se tomaba selfies con flash. O sea, no con The Flash, por si imaginaron al barbón de túnica resplandeciente rodeando el hombro del hombre más rápido de la tierra mientras que con la otra mano sostiene el palo selfie. Ya aclarado ese punto, continuemos:
Después, se desconectó.
Alrededor de la una de la mañana, tras haber visto un perturbador video de Dross y verme tentado a no dormir en toda la noche, mi hermano y yo jugábamos Call of Duty en la consola play station. De pronto las luces titilaron y el voltaje disminuyó momentáneamente, por lo que por precaución mejor apagué la consola, optando mejor por jugar una buena partida de ajedrez.
–Wey, creo que le gusto a Norma.
–¿Neta?
Moví tres posiciones mi alfil.
–Sí, ha estado rara últimamente.
–Bueno, la morra sale en sus fotos de perfil con orejas de gato, ¿Más rara aún?
Decidí contarle todo lo que ella y yo nos decíamos, para tener una segunda opinión. Yo no la conocía en persona, pero nos habíamos vuelto muy buenos amigos por Facebook y comenzaba a notar que ella estaba rara. La charla se prolongó hasta las tres de la madrugada, hora en la cual, mi hermano, vencido por el sueño, se fue a dormir. Me puse a leer un libro. Ni atención había puesto a que la tormenta ya amainaba. No dormí. Dieron las seis y media de la mañana y yo apenas cerraba ese volumen de Los mejores cuentos breves de Horror. Fui al refrigerador.
–Valiendo madre.
No había leche y necesitaba preparar café.
–Bueno, vamo’ a la tienda.
Salí de casa y atravesé el pórtico sin notar nada extraño. Para ese momento la bruma que flotaba a baja altura se disipaba. Un charco por ahí, un charco allá, sentía la humedad en la piel. Avancé media cuadra cuando algo llamó mi atención súbitamente. Un pequeño chisporroteo. Algo, como si hubiesen arrojado una piedra al charco a mi derecha o como si una rana hubiera saltado en este. Observé con detenimiento y casi lanzo una exclamación con un juramento. En el charco yacía una extraña criatura pisciforme de no más de diez o doce centímetros. Muerta, de eso no tenía duda. Era nauseabunda, igual o más que las aberrantes mutaciones que habíamos diseccionado Sneed y yo. Me incliné en una rodilla para observarla mejor. Era de un color rosado, tenía ojos saltones y negros, pero lo que más me asombraba eran los múltiples apéndices que sobresalían de sus costados. La forma de sus aletas que parecían provistas de diminutas garras. Pensé en regresar a casa por un frasco y unas pinzas para así tomar una muestra. Fue cuando vi al resto de los vecinos de la cuadra que apenas salían de sus casas mirando en los otros charcos. Había más de esos grotescos seres. En la banqueta de un vecino, un ser similar a una salamandra yacía panza arriba. Treinta centímetros de la nariz a la cola. Una cola rematada con una aleta. Varios tomaban fotografías con sus teléfonos móviles, así que no tardé en hacer lo propio. Recorrí cuatro calles abajo y en todo lugar era lo mismo. Peces, ranas, salamandras, ajolotes, crustáceos, insectos… moluscos. ¡No podía creerlo!
Moluscos, y todos aquellos seres lucían severas deformaciones en su anatomía. Los peces compartían rasgos con los anfibios primitivos, los anfibios con los peces placodermos, los crustáceos con las plantas, y los moluscos parecían datar de una antigüedad más allá de los eones. Las escenas causaban un profundo desasosiego en todos quienes las presenciábamos. La tormenta, por lo que supuse, no solo trajo agua, vientos, rayos y centellas consigo, sino que literalmente, llovieron ranas y culebras.
–Ay, diosito santo, esto debe ser cosa del chamuco.
–No piense así, doña Lupe, esto es una señal de Dios.
Hablaban dos señoras mientras el marido de una recogía con una pala al calamar prehistórico, seguro del periodo ordovícico, despatarrado sobre el jardín, cuyos tentáculos eran viscosos y blasfemos. Aquella horrible masa despedía un tremendo tufo a amoniaco. Dos niños jugaban a picar con una varita a varios– deduje yo– langostinos aplastados a media calle. Daba por sentado que no tardarían en llegar los medios, pero luego pensé: ¿y si esto pasó en toda la ciudad?
La sola idea me producía escalofríos.
–¡Huerco cabrón! ¡Deja eso ahí!– Una señora reprendió a su hijo. Este tocaba con la punta del dedo índice a lo que asemejaba una rana azul de motas negras y un par de membranosas alas.
–No puede ser– dije e inmediatamente me apuré a tomar una fotografía de la espantosa aberración.
–Este chamaco, siempre de novedoso. Ayer veníamos de con su tía y nos agarró el agua, y él pa’ pronto abre la boca para tomar agua de la lluvia. Nomás no entiende el cabrón que esa agua ya está sucia– se dirigió a mí la mama del niño tratando de entablar conversación en aquel momento de suma tensión y expectativa.
–Bueno, no es recomendable. El agua de lluvia de hecho ya no es tan limpia cómo antes.
Recordé inevitablemente lo de los altos índices de contaminación. Y claro, las horribles imágenes de la fauna marina afectada en el golfo de México. No le dije, por obvias razones, lo que investigaba con el profesor.
Había un tumulto en la tienda de abarrotes.
El propietario tenía una televisión empotrada sobre un armazón negro fijado en a una columna del establecimiento. La gente congregada miraba con atención la pantalla. En efecto, el insólito fenómeno sucedía en toda el área metropolitana. Las tomas mostraban cientos de animalejos en charcos, canaletas e incluso, mórbidos seres inclasificables flotando muertos en las aguas del paseo Santa Lucía.
“Tenemos un reporte de último momento, adelante, Joel”.
La panorámica aérea dio fe de aquello que comenzó con el caos. La locura nos poseyó a todos los que observábamos la pantalla. Tanto era el horror que una joven mujer se desmayó. Pues sobre el puente atirantado que conecta Monterrey con San Pedro, ahí, tendida sobre la columna y los gruesos cables que sostienen la estructura, una pantagruélica estrella de mar se abrazaba con sus múltiples extremidades al emblemático puente. Una escena que, si el televisor hubiera sido de esos de blanco y negro, sería digna de cualquier filme de ciencia ficción cincuentero. En lontananza escuché el inconfundible alarido de una sirena de la policía. En el noticiero volvieron al estudio, y vaya que el presentador sudaba copiosamente mientras que su rostro palidecía.
“Nos llegan informes de que, varias personas están siendo hospitalizadas de emergencia, y que presentan extraños síntomas de intoxicación, si usted…”
Alguien empezó a gritar desde la calle. Todos salimos del changarro para ver qué sucedía. La mujer que momentos antes habló conmigo, lloraba histérica. Su hijo se convulsionaba en el suelo violentamente. Espasmos tan terribles que temí se fracturase el cráneo. Sus ojos estaban totalmente blancos, y una espuma roja salía de su boca. Repentinamente y sin previo aviso se detuvo, quedándose inerte sobre el asfalto. La gente se arremolinaba ante el suceso murmurando. Para sorpresa de nosotros, el niño lentamente se levantó. La madre lo observaba atónita. Aún tenía los ojos en blanco. En su cara se reflejaba una siniestra sonrisa que helaba la sangre. La madre estaba horrorizada sin poder reconocer a su propio hijo. Esa deforme mueca. Súbitamente, sus ojos se derritieron en un intenso flujo de sangre, y al tiempo que abría la boca de forma desmesurada e imposible para cualquier mandíbula humana, ¡dislocándosela! Emitió un aterrador y chillante grito que lastimó nuestros oídos. La cabeza… es, es como si hubiera sucedido en cámara lenta, lo juro, la cabeza del niño comenzó a inflarse como un maldito globo relleno de helio y finalmente estalló en pedazos lanzando como esquirlas trozos de hueso que alcanzaron a todos aquellos incautos que más cerca estaban.
Un hombre terminó con un afilado fragmento enterrado en la garganta, tendido en un charco que formaba su propia sangre, la vida escapa de él mientras su mirada expresaba impotencia ante la inevitable muerte. La madre tuvo la muerte más piadosa, ya que fue instantánea al incrustársele un aguzado hueso en la frente. Cara al cielo, y sus ojos abiertos en un último rictus de horror. Suerte para mí que me tiré pecho tierra a tiempo. Todos gritaban, lanzando juramentos. Otros que resultaron heridos yacían en el suelo a la par de los animalejos. El cuerpo del niño continuaba de pie. En donde debía ir la cabeza, emergía un sanguinolento apéndice que ganaba tamaño y definición a cada segundo. Era pues, no lo sé, tal vez, no estoy seguro, la cabeza de un pez, o de un anfibio, no lo sé, pues hoy dudo de mi facultad de raciocinio tras lo que vi. Aquella blasfemia que surgió del muchachito boqueaba tratando de adaptarse a nuestro aire. Siseaba a cada arcada de sus mandíbulas repletas de insidiosos dientes. El cuerpo parecía moverse obedeciendo las órdenes de un nuevo cerebro. Movimientos torpes y erráticos, por fortuna. El tendero salió corriendo desde su comercio cargando con un bidón de combustible y empezó a rociar al niño cabeza de pez (o de reptil, o batracio, no lo sé) con el contenido de este.
La mórbida criatura lanzaba toscos manotazos y en una de esas estuvo a punto de alcanzar al tendero, que retrocedió horrorizado e inmediatamente sacó su Zippo para arrojarlo a los pies del esperpento. De inmediato el ser quedó envuelto por el fuego. Las llamas lo consumían mientras que con desesperados aspavientos parecía clamar piedad. Pasaron treinta segundos, pero a nosotros nos pareció una eternidad, para que finalmente el fuego terminara con eso. Eso. Más no con la pesadilla… apenas comenzaba.
De refilón vi, a un batracio en un charco reanimarse, y no era el único.

Sobre el autor:
Martín Francisco Tovar García, mejor conocido como “Martin Eastwood”. Ha trabajado en diferentes lugares, entre ellos un par de librerías, una tienda de historietas, y tiendas de juguetes. Actualmente me dedico a la creación de contenido audiovisual en La Estanzuela estudios, apareciendo de forma recurrente en Radar con Adrián Marcelo, y fijo en Sociedad Nokkoi, canal con actualmente más de cien mil suscriptores.He escrito historias desde niño, y últimamente estoy enfocado en relatos y novelas de ciencia ficción, terror y misterio. Cosplayer por afición, músico ocasional.


