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Lenny Kravitz en Monterrey: intensidad, amor y la persistencia del rock

Gris Argelia Cruz por Gris Argelia Cruz
marzo 12, 2026
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Monterrey, Nuevo León. Hay artistas cuyo setlist funciona como una brújula emocional. No es simplemente una lista de canciones: es una carta abierta entre el artista y su público, una narrativa que se despliega lentamente y que crece en intensidad hasta envolverlo todo. En el caso de Lenny Kravitz, ese recorrido tiene un hilo conductor claro desde hace décadas: el amor como fuerza transformadora.

El miércoles 11 de marzo, el Auditorio Banamex de Monterrey fue testigo de ese manifiesto musical.

Para entender lo que ocurre cuando Lenny Kravitz pisa un escenario hay que recordar de dónde viene. Hijo de Roxie Roker, actriz recordada por la serie The Jeffersons, y del productor de televisión Sy Kravitz, creció rodeado de música, cine y cultura. Desde muy pequeño absorbió influencias que marcarían para siempre su identidad sonora: Jimi Hendrix, Prince, The Beatles, Led Zeppelin, Stevie Wonder y Curtis Mayfield.

Esa mezcla se convirtió en su sello: rock con alma de soul, groove de funk y espíritu psicodélico sesentero, todo filtrado por una estética retro que nunca pierde contemporaneidad y eso fue justamente lo que se sintió desde el primer momento en Monterrey.

La noche comenzó con el músico regiomontano Javier Blake, quien durante más de media hora ofreció un set sólido y emotivo. Antes de que apareciera la banda principal, el recinto se llenó con una selección musical que parecía rendir homenaje a la historia del rock: “Electric Avenue” de Eddy Grant, “Come Together” de The Beatles, “Girls on Film” de Duran Duran, “Psycho Killer” de Talking Heads y “Something” de The Beatles.

Entonces llegó el bajo. Ese pulso inconfundible que anunciaba que la noche estaba por comenzar.

Pero el destino tenía otros planes.

Kravitz apareció para abrir con “Bring It On”, pero la canción apenas alcanzó unos segundos antes de detenerse abruptamente. Un problema con los monitores impedía que los músicos pudieran escucharse entre sí, una situación seria en cualquier concierto.

La incertidumbre se instaló en el auditorio.

¿Volvería?

Un artista de la talla de Lenny Kravitz no improvisa con su público. Tras retirarse brevemente del escenario, regresó minutos después para ofrecer disculpas en un español impecable, asegurándose de que todo estuviera funcionando correctamente.

Ese gesto marcó el tono del resto del concierto.

Cuando la música volvió, lo hizo con fuerza.

“Bring It On” abrió de nuevo el camino, seguido por “Dig In” y “Always on the Run”, piezas que inmediatamente recordaron por qué Kravitz es uno de los performers más intensos del rock contemporáneo.

Elegante, magnético, dueño absoluto del escenario.

Entre saxofones, riffs poderosos y una banda perfectamente sincronizada, llegó “I Belong to You”, momento en el que el artista agradeció a Dios por el día, por la energía y por la gente reunida.

La noche avanzó con “Stillness of Heart”, acompañada por imágenes de luz, agua y siluetas proyectadas en pantalla que creaban una atmósfera casi espiritual.

Después vendrían “Believe” y “Honey”, esta última dedicada juguetonamente a una chica en primera fila, momento en el que incluso se levantó los lentes para mirarla directamente.

El Kravitz que se movía por el escenario parecía salido de una época donde el rock todavía era misterio y sensualidad: pantalones oscuros ceñidos, camisa abierta que dejaba ver su físico trabajado, una chaqueta roja extravagante, rastas icónicas y una colección de guitarras que iba alternando con naturalidad.

Más de una persona en el público simplemente no podía apartar la mirada.

Llegaron entonces “Paralyzed” y “Low”, pero nuevamente apareció un ruido inesperado en el audio. Lejos de incomodarse, Kravitz tomó el control de la situación. Prometió quedarse hasta el final y, mientras el problema se solucionaba, decidió bajar del escenario hacia las primeras filas.

Lo que ocurrió ahí fue casi cinematográfico.

Fans intentando tocarlo, fotografiarlo, acercarse lo más posible.

Era imposible no pensar en El perfume de Patrick Süskind: como si todos, por un instante, quisiéramos capturar algo intangible de su esencia.

Quizá el aroma con el que lo imagino: sándalo, cuero, pachulí, almizcle y madera con jazmín, esa mezcla bohemia y elegante que parece acompañar su estética.

Minutos después volvió al escenario, tomó una bandera de México, se envolvió en ella y reiteró lo mucho que ama al país.

Luego se sentó al piano.

“I’ll Be Waiting” abrió el camino hacia uno de los momentos más emotivos de la noche: “It Ain’t Over ’til It’s Over”. Aquella balada soul-pop de 1991 que nació del doloroso proceso de separación entre Kravitz y la actriz Lisa Bonet.

La canción, escrita y producida casi por completo por él, buscaba salvar ese matrimonio. No lo logró, pero sí se convirtió en su primer gran éxito dentro del Top 10 de Billboard.

Quizá por eso sigue tocando tan profundo.

Porque más allá de la técnica, lo que se escucha en cada nota es el peso de una emoción real.

Después vendrían “Again”, “American Woman”, “Fly Away” y finalmente “Are You Gonna Go My Way”, desatando una explosión colectiva en el auditorio.

A esas alturas ya no importaban las horas de pie, el calor humano ni el cansancio.

Porque hay conciertos que son entretenimiento y hay otros que se convierten en una experiencia.

Ver a Lenny Kravitz es encontrarse frente a una parte viva de la historia del soul, del funk y del rock. Es observar cómo la música puede seguir siendo libertad, sensualidad y energía pura.

Esa noche, miles de personas salimos del Auditorio Citibanamex con la certeza de haber presenciado algo más que un concierto.

Habíamos visto a una leyenda.

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