Monterrey, Nuevo León. No siempre sabes a lo que vas. A veces compras el boleto por curiosidad, por insistencia, por acompañar a alguien, o simplemente porque algo —llámalo intuición o destino— te empuja a estar ahí. Así me pasó con Iván Cornejo. No lo tenía en mi radar, pero salí con el corazón hecho nudo y las emociones a flor de piel.
El Escenario GNP Seguros fue el espacio donde se vivió una noche intensa. Desde la entrada, era evidente que este concierto no sería cualquier cosa. Camisetas intervenidas, chamarras bordadas, carteles, brillos, delineadores corridos, y una especie de vibración colectiva que ya anunciaba lo que venía. Ahí entendí que Iván Cornejo no solo tiene fans, tiene devotos del desamor.



Y es que desde el primer acorde, la sala entera se encendió como si alguien hubiera activado el interruptor emocional de cada asistente. Nadie se sentó, nadie parpadeó de más. Fue un ritual compartido donde las letras de “Llamadas perdidas”, “Está dañado”, “La última vez”, “Vuelve”, “Tatuajes”, “No me quise ir”, “Ya te perdí”, “Mirada”, “Donde estás” y “Hasta la muerte” se convirtieron en letanías que dolían rico. Porque sí, hay canciones que te abrazan, pero también hay canciones que te sacuden… y Cornejo tiene muchas de esas.

Yo, que entré como espectadora neutral, terminé disfrutando de ese mar de emociones que se vive a lado de miles de asistentes que se encuentran disfrutando intensamente cada minuto. Las tonalidades en el escenario también se convirtieron en protagonistas porque llevaban cada nota hacia ese encuentro emocional profundo y haciéndonos recordar que todos en algún momento hemos amado torpemente o esperado mensajes que nunca llegaron sintiendo la angustia y desesperación de la incertidumbre y cuando escuchas una guitarra que parece narrar tu historial amoroso mejor que tú, entiendes que no importa la edad o el género musical: hay cosas que todos hemos sentido.


El público lo vivió con euforia. Gritaban, aplaudían, se grababan, se abrazaban. Fue bonito ver que durante casi dos horas nadie estaba en su celular; todos estaban presentes, realmente ahí. Ni los vendedores estaban vendiendo. ¿Quién va por palomitas cuando el alma está desbordando?

Pero lo más hermoso fue al final. Cuando las luces se encendieron y la música paró, nadie quiso irse. Afuera, el concierto continuó de otra forma: coreando su nombre, grabando videos, llorando, mandando mensajes que ojalá le lleguen algún día. Era como si el corazón colectivo de Monterrey se resistiera a decir adiós.
Y sí, tal vez fue la primera vez que escuché su nombre. Pero no será la última.
Porque hay conciertos que te cambian el ritmo de los latidos y esta fue una de esas noches.



