Monterrey, Nuevo León. Haría falta que la capacidad perceptiva del público fuera mínima o inexistente para no darnos cuenta de las verdaderas intenciones detrás de la gran maquinaria de Disney. La que alguna vez fue pionera en entregar obras míticas de calidad innegable, ahora ha decidido reposar su actividad creativa en remakes, secuelas y reboots de los filmes que en su momento la encumbraron. En 2025, sólo Elio —recién estrenada— escapa de esta clasificación.
La productora ha apostado por continuar franquicias que han resultado una mina de oro, lanzar secuelas que nadie pidió y hacer versiones live action de sus clásicos animados. Fue en 2003 cuando Lindsay Lohan y Jamie Lee Curtis formaron una mancuerna poco usual pero altamente efectiva en Freaky Friday, comedia sobre el intercambio de cuerpos basada en la novela homónima de Mary Rodgers, que ya había tenido dos adaptaciones previas —la más destacada, la de 1976 con una jovencísima Jodie Foster. Aquella versión de 2003 fue una bomba: no solo en taquilla, sino que pasó a formar parte del inconsciente colectivo de una generación que creció con esas comedias familiares que marcaron el necesario segundo aire de Disney.



Tuvieron que pasar 22 años, un Óscar para Curtis y múltiples transformaciones públicas de Lohan, para que se estrenara Freakier Friday, una película que irrumpe en la cartelera en las últimas semanas del verano cinematográfico y que es, a la vez, varias cosas: un filme despreocupado y divertido, un ejercicio de capitalismo nostálgico y una patada de ahogado por parte de la empresa del ratón para recuperar algo de lo que alguna vez fue.
Las ahora míticas estrellas de Hollywood repiten sus papeles como Tess y Anna: madre e hija que —como tantas otras— mantienen una relación disfuncional, ahora marcada además por la decisión de Anna de formar una familia monoparental. A esta ecuación se suma Harper (Julia Butters), una adolescente rebelde de la Generación Z que es criada a partes casi iguales por su abuela —quien ahora tiene un pódcast— y por Anna, convertida en una exitosa productora y representante musical.
La familia se amplía cuando Anna es llamada por la escuela para atender otro de los actos de rebeldía de su hija, y conoce a Eric, padre viudo de Lily, compañera de clase y rival de Harper. En un abrir y cerrar de ojos, la pareja decide casarse, y Lily y Harper se ven obligadas a pasar de enemigas a hermanastras. Por supuesto, intentarán impedir el matrimonio a toda costa, y es durante la despedida de soltera de Anna cuando conocen a una vidente —quizá el personaje más cómico del filme, interpretado por la fabulosa Vanessa Bayer—, quien con un críptico mensaje parece darles la solución a su problema.




Lo que todos esperábamos sucede, aunque esta vez el cambio de cuerpos es más complejo: Anna habita ahora el cuerpo de Harper; Tess, el de Lily, y viceversa. A partir de ahí, mediante una comedia desenfadada que recicla aprendizajes del pasado, las integrantes de esta nueva familia tendrán que afrontar los retos de ser “la otra” y, de paso, resolver la situación para volver a sus propios cuerpos.
La fórmula no es nueva. Y aunque se incorporan elementos interesantes —como los retos de formar una familia monoparental o la presión sobre la maternidad contemporánea—, la película se limita a usarlos como excusa para poner a sus personajes en las situaciones más ridículas posibles y arrancar algunas risas. Risas, no carcajadas. El frenético ritmo del segundo acto hace que, por momentos, uno quiera saltarse los pasajes serios para ver si el siguiente chiste resulta más gracioso que el anterior.
Las actuaciones de Lohan y Curtis son correctas, aunque desiguales. La primera, por momentos, luce desangelada y falta de carisma; la segunda, sobreactuada y excesivamente literal. Ni siquiera los cameos de personajes del primer filme o algunos chistes inteligentes —como ese guiño en el que Curtis hace referencia a su ausencia de labio superior— logran disimular que la cinta no tiene nada nuevo que decir ni formas frescas de hacer reír.
Sí, muchos dirán: “¿Qué podíamos esperar? Es una película de Disney”. Y eso es justo lo que duele: que nuestros estándares hacia la casa productora más famosa de la historia del cine estén tan bajos, que nos conformemos con productos reciclados, obras simples que confían en que la sola nostalgia —sin sustancia ni intención— será suficiente para llenar salas y conquistar a la audiencia.
Búscala en tu Cinépolis de confianza a partir del jueves 7 de agosto.


