Monterrey, Nuevo León. El hilo de la noche, la trama del mundo es la nueva propuesta de MARCO que de alguna forma nos lleva a ese tejido vivo: un entrelazado de gestos, materiales, memorias y preguntas que vibran entre sí como si compartieran la misma respiración. La tradición del museo como espacio de producción, no solo de exhibición, vuelve a hacerse visible aquí: tres salas, tres artistas, tres mundos que, casi sin proponérselo, terminan hilándose en una misma trama.
La curaduría parte de esa idea: que el arte contemporáneo es un territorio donde las memorias se enredan, se contradicen y se iluminan mutuamente. Así dialogan Amor Muñoz, Daniel Guzmán y Lucía Vidales en una muestra donde cada gesto convoca al siguiente.
Daniel Guzmán: la encrucijada como herida y sutura
Con la quinta entrega de su proyecto El hombre que debería estar muerto, Guzmán habita un lugar simbólico: la encrucijada donde algo puede romperse o volver a unirse. En entrevista, el artista reflexiona sobre ese instante liminal:“Hay algo que se puede romper y ya no unirse, o algo que se choca y, por ese golpe, se sutura. De ahí nace algo distinto.”
La exposición estará presente durante los próximos meses en MARCO, donde su universo —alimentado por el cine, la literatura, la música y la cultura popular— se despliega como un archivo sentimental del caos contemporáneo. La violencia mediática, los sacrificios modernos del capitalismo y las tensiones sociales atraviesan esta narrativa. Como él mismo plantea: “Ya no usan pirámides, usan otros implementos tecnológicos y económicos para que la gente se sacrifique por un sistema.”
El subtítulo de su obra lo pregunta con crudeza: ¿A qué dios se ofrece la sangre?
Esa pregunta reverbera mientras uno avanza por la instalación de video, donde Guzmán elige una música que descoloca: Maurice Ravel en contrapunto con imágenes de zombis. Inspirado por Scorsese —otro de sus grandes referentes desde su infancia en los cines Titan, Maya y Teresa, en la colonia Doctores— utiliza la música “en contrasentido emocional” para acentuar la tensión. Es una decisión que vuelve a recordar que la encrucijada de Guzmán no solo es temática: también es formal.



Lucía Vidales: cuerpos que respiran entre planos
Si Guzmán construye un cruce, Vidales trabaja el umbral. Sus figuras —presentes en su serie Arriba el inframundo— parecen existir en un estado intermedio: a punto de encarnar pero todavía desprendidas de la materia. Cuando se le pregunta cuándo un cuerpo pintado deja de ser representación y se vuelve organismo, responde: “Cuando me mira de vuelta. Cuando siento que ya tiene una presencia más allá de mí, con su propia lógica.”
Ese instante, huidizo e imposible de controlar, ocurre entre capas de grafito, carboncillo, acrílico y aguadas que la artista adoptó al llegar a Monterrey. Vidares habla del agua como un ritmo más veloz, más vivo; del carboncillo como un mineral ancestral que conecta con la pintura primitiva; del grafito en polvo como un pigmento que respira y se desplaza casi por voluntad propia.
Su pintura transita entre la abstracción y la figuración, revelando criaturas híbridas que podrían provenir del bosque, del subsuelo o de un sueño. Y mientras trabaja, Vidares escucha música repetitiva, casi ritual: “Puedo oír una misma canción en repeat muchas veces. Me mete en un trance. Me encanta el reggaetón.”
Ese pulso rítmico, casi corporal, late en cada una de sus piezas.




Dedo Macramé
La obra de Amor Muñoz funciona como un recordatorio poderoso: antes que cualquier metaverso, la primera tecnología fue la mano. Su proyecto surge de una residencia artística en Meta Labs —“rara”, confiesa, por el nivel de confidencialidad— donde no pudo llevarse nada físico y tuvo que reconstruirlo desde cero. Ese desafío la llevó a volver a su punto de partida: el gesto manual como dispositivo inteligente.
Muñoz traza un puente entre la mano que calcula, mide, transmite y anota —ese reloj solar primitivo, esa partitura idoniana— y los sistemas de registro ancestral basados en nudos, como los quipus andinos, donde cada amarre guardaba información astronómica, contable o ritual.
La artista teje nudos con guantes de captura de movimiento: cada gesto genera data, y esa data se convierte en música gracias a su colaboración con el compositor Pablo Silva.
El resultado es una experiencia sonora en cuatro canales, activada mediante realidad aumentada auditiva: no se ve, se escucha. Al acercarse a las esculturas, la composición parece brotar directamente del nudo, como si la propia fibra estuviera emitiendo la memoria de la labor manual convertida en sonido.
Así, entre hilos, nudos y datos, su obra devuelve a la mano su dimensión más profunda: ser la primera máquina, el primer código y el primer lenguaje.



Un hilo que atraviesa la noche
Aunque cada artista ocupa un territorio propio, El hilo de la noche funciona como un tejido donde las memorias dialogan. Muñoz desde la tradición manual y la tecnología primitiva; Guzmán desde la encrucijada histórica y emocional; Vidares desde la materia que respira y muta.
Lo sorprendente —lo verdaderamente poderoso— es cómo sus obras se rozan sin tocarse, creando un recorrido donde el visitante camina entre tiempos, materiales y preguntas:
¿Dónde se rompe algo?
¿Dónde se reconstituye?
¿Qué memoria insiste en regresar?
MARCO cierra el año con una exposición que no explica: convoca. Un territorio donde la noche no oscurece, sino que revela el hilo que cose todo lo que parecía suelto.


