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Cuentos cortos

Cine y Letras por Cine y Letras
octubre 7, 2025
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Autor: Juan Sergio de la Cruz Arévalo

A mi lado

No podría definir con exactitud desde cuándo repito una y otra vez esto en mi mente. Lleva años a mi lado, siempre presente en una infinitud imposible de precisar en el espacio y el tiempo. Ya no recuerdo mi existencia previa sin su presencia, y esa certeza me hace pensar que seguirá conmigo aún más tiempo. A veces desearía que nunca se fuera, porque, si yo muero, moriríamos juntos. Pero en otras ocasiones temo que ni siquiera mi muerte bastaría para ponerle fin. 

Un día simplemente apareció, y, desde entonces permanece aquí. Funcionamos como un solo ser; mi cotidianidad ya no existe sin la repetición de esta escena: por las noches, antes de dormir, o en las mañanas, cuando antes de poner un pie en el suelo ya está saludándome, haciéndome cosquillas detrás de las orejas, introduciendo su puño por mi esófago a una altura lo bastante precisa como para formar un nudo sofocante, entristecedor, capaz de cortar mi respiración. Sus apariciones matutinas son las más molestas, porque me condenan a su compañía desde el amanecer hasta el anochecer.

En ocasiones soy yo mismo quien la convoca. Pedirle, que venga no es complicado: basta con escarbar en ciertos pensamientos incómodos y persistentes, hundirme en las lagunas de mi mente, hasta que– como si se tratara de un mecanismo invisible, un temporizador intangible– aparece. Simplemente está allí, inevitable. 

No obstante, no siempre es atemorizante, ni siquiera podría decir que causa horror. Me he convencido de ello porque, aunque en ocasiones parezca aterradora, me resulta imposible admitirlo sin sentirme cruel. Si aceptara que me provoca horror, estaría rechazándola. Y yo prefiero engañarme con tal de ser gentil con ella. A veces, incluso, dependo de su presencia para actuar. Si no se hace notar, si no frota con suavidad el lóbulo de mi oído, es señal de que lo que hago carece de sentido. La he convertido en un estándar, en una medida íntima de lo que vale la pena hacer. Aunque, en realidad, es algo mucho más complejo que eso.

Cuando no está, cuando no me busca en su escena, el temor me invade. Imagino lo sola que debe sentirse lejos de mí, y esa idea me llena de culpa: la de no hacer nada que la traiga de regreso. Por eso, en parte, prefiero que nunca se ausente. Porque, mientras más largo sea su silencio, más violento es su retorno y más profundo su puño hundiéndose en mi garganta.

Para mis encuentros con ella, siempre terminamos varados en espacios de dimensiones exageradamente reducidas. Son como jaulas, aunque sin cerraduras ni barrotes; lugares tan estrechos que resulta imposible erguirse por completo. Esta condición convierte nuestros encuentros en experiencias casi íntimas, como si la cercanía fuera una imposición del lugar mismo.

La luz que nos ilumina es horrible, artificial, semejante a la de un quirófano: blanca, sintética, robando cualquier muestra de naturalidad. Ese blanco enfermo, con la vibra de un hospital psiquiátrico en el que aún se practican procedimientos medievales en pleno siglo XXI. Y, sin embargo, es en esos espacios donde ella y yo siempre nos vemos cara a cara.

Aunque la descripción pueda sonar lúgubre, en ocasiones los percibos hermosos. Tal vez porque me recuerdan lo frágil que puedo llegar a ser conmigo mismo; la facilidad con la que mi subconsciente podría traicionarme sin pudor, usando, justamente las herramientas que yo mismo le di para protegerme.

Son siempre lugares tan reducidos que ella y yo terminamos interrumpiendo, casi a la fuerza, el espacio personal del otro. Curiosamente, el tamaño de esas salas parece variar con la hora del encuentro. Por lo general, en las noches el espacio se encoge hasta volverse una burla. Me incomoda que ella siempre se siente con las piernas cruzadas y los pies descalzos; pero nunca se lo digo, no me atrevo.

Cuando hablo con los demás sobre cuánto me incomodan sus gestos, o simplemente, sobre cómo es ella, todos me hacen la misma pregunta:

–¿Cuál es su nombre?

Quizás lo hacen por curiosidad, porque quisieran conocerla. Yo, en cambio, busco la manera de huir de esa conversación para esquivar la respuesta. Me avergüenza admitir que nunca le he preguntado cómo se llama. Y me aterra demasiado hacerlo.

Nunca le cuento a nadie, con exactitud, cómo son los encuentros entre ella y yo. Es casi un ritual: siempre me espera con una flor distinta entre las manos. Pocas veces las repite, y cuando lo hace, parece hacerlo solo para mostrarme una versión más hermosa que la anterior. Me gusta pensar que lo hace porque me quiere, o quizá porque intuye cuánto me fascinan las flores. Nunca se lo he dicho, pero de alguna forma lo sabe. Ella me conoce demasiado bien; al final de cuentas, casi siempre está a mi lado.

Sin embargo, nunca me quedo con esas flores. Ni siquiera las toco. Temo provocar algo. Mi intuición me dice que las flores que desecha las devora, porque su aliento la traiciona. La imagino masticando cada pétalo, lentamente, uno por uno. Supongo que la parte más cercana al tallo debe de ser la más dulce. No lo sé… tal vez algún día me atreva a probarlo yo también. Pero todo esto no deja de ser una suposición. Jamás me he atrevido a preguntarle. ¿Cómo podría hacerlo, si ni siquiera sé su nombre? No se formula una pregunta sin antes conocer al interrogado.

Anhelo saber cómo se llama. Me sostengo con la ilusión del día en que junte el valor suficiente para dirigirme a ella y escuchar, al fin, su nombre. El día en que logre tener la claridad de conciencia necesaria para dominar aquello que me consume con la incertidumbre. Pero, incluso más que la espera, me aterra la respuesta.

Tal vez, en realidad, no quiero saber cómo se llama. Porque, en el fondo, temo demasiado que cuando me lo diga, responda su nombre con una sola palabra:

Ansiedad.

Materia de Abono

Apenas caía el sol en su carrera interminable persiguiendo a la luna, era la hora en que los de mi raza salían. Siempre detesté decirlo de esa manera: los de mi raza. La ligera humedad del amanecer que causa el sereno me encontró vagando por la orilla de un sendero olvidado que desembocaba en el río.

En ese momento, no buscaba comida ni desperdicios, como los demás zorros que se arrastraban por el bosque en busca de cualquier cosa comestible. Siempre sentí asco por ellos, especialmente por los carroñeros. Sentía un ligero asco por la carne; masticar sus fibras entre mis dientes me causaba una incomodidad que me hacía despreciar mi propia naturaleza. Por eso no toleraba ver a los otros zorros comer de animales muertos. Solo algo puede ser peor que la carne: la carne muerta en descomposición, como almas en pena que rondan por las noches entre los caminos del bosque. Me sentía ajena a su codicia, a su obsesión por lo fácil y lo abandonado. Yo anhelaba la belleza, quería ser algún tipo de tesoro, que brillara en la oscuridad de la vida.

Llevaba casi la mitad del sendero recorrido, irritado por la estupidez de la fisionomía de mis patas de zorro. Pequeñas y peludas, parecían inservibles. O al menos eso pensaba, momentos antes de toparme con los restos de un humano junto a las raíces retorcidas de un roble que parecía más viejo que el bosque mismo. Era joven, porque olía dulce, como las ciruelas. Preferí darle la vuelta al cadáver para mantener un poco de respeto, si es que aún quedaba algo en él. Fue entonces, al atravesar un montón de basura y hojas secas, que la vi.

A unos cuantos pasos del cadáver, había una semilla. No parecía común, pues, aunque mis conocimientos de botánica eran nulos, sabía que no era parte de la flora de este lugar. Apenas acerqué mi nariz para olfatearla, sentí cómo me llamó desde el caos. Era un fragmento de vida en reposo, un pequeño óvalo con forma de ojo, el ojo más hermoso que había visto. Su superficie rugosa parecía ser un pasadizo a lugares lejanos, desafiando por completo su entorno. No era solo un objeto perdido; era un grito silencioso de vida. La levanté con mis patas de zorro, tan inútiles y torpes que me dificultaron manipularla. La energía antigua que irradiaba la semilla se mezcló con mis pensamientos en un torbellino: los zorros carroñeros. Rápidamente recordé que, por la hora, los otros zorros no tardarían en encontrarla también. Qué asco me dan con su falta de respeto por la belleza. Yo no soy así. La tomé en mis garras como si fuera una reliquia sagrada y la llevé a mi hogar.

La puse en mi madriguera, sobre un trozo de tronco que pulí con mis colmillos. Tardé más de lo que hubiera querido, pero lo hice al paso que mis estúpidos colmillos de zorro me lo permitieron. La semilla era pequeña. La examiné con fascinación, notando la luz que brillaba en su diminuta cáscara. Su luz era tan hipnotizante que sentí cómo tomó el control de mí, como si mis límites biológicos cobraran sentido en una curiosidad tan dominante que me obligó a saber de qué estaba hecha. Quería que sus secretos fueran míos y, en un acto de devoción impulsiva, me la tragué. En un parpadeo, pasó de estar en mis manos a estar en mi estómago.

Primero sentí un ardor frío en mi garganta, un crujido que guiaba su paso, y luego una luz se encendió dentro de mí. Desde ese instante, mi vida se convirtió en un ritual metódico. No solo transformé todo el espacio a mi alrededor, sino que me transformé a mí misma. Planté violetas que no temían la oscuridad del fondo de la madriguera. Sembré rosas, rosas grandes y carnosas tan negras que absorbían toda la luz que pudiera traspasar la barrera de tierra que cubría mi techo. Quería que el jardín de mi madriguera fuera un reflejo de mi devoción por la semilla. Era un altar, un lugar de adoración casi divino. El luminoso llamado de la semilla del renacer, ahora dentro de mí, cambiaba aleatoriamente de color: rojo, un poco más rojo y luego muy rojo. Contemplarme en las aguas del río era mi única felicidad, porque me permitía ver el reflejo de en lo que me estaba convirtiendo.

La luz que emanaba de mi cuerpo era visible desde lejos, una luminiscencia que los otros zorros no entendían, pero que los llamaba. No venían por un tesoro. Venían a verme a mí. Se acercaban a mi madriguera con asombro, se arrodillaban ante mí con miedo y reverencia. Me había convertido en una deidad para ellos, la guardiana de una luz inexplicable. Me miraban como si fuera la encarnación de algún llamado del bosque.

Pero su adoración era una intrusión en mi ritual. Mi transformación era un acto sagrado que requería privacidad, solo para mí y para la semilla. Mi hogar ya no era un simple nido, sino un templo. Con gruñidos y zarpazos, los ahuyentaba. No por maldad, sino por asco y para proteger la intimidad de mi conexión con la semilla. Los rumores se intensificaron, pero ahora hablaban de una diosa furiosa, no de un zorro.

Ya no busco, ya no deseo, ya no me odio, porque no necesito encontrar nada más. La semilla ahora está dentro de mí, y mi cuerpo dentro de ella. Me estoy convirtiendo en el jardín. Mi obsesión se ha vuelto mi misión. Con mis patas delanteras, empecé a cavar un agujero profundo en el centro de mi madriguera, junto a las rosas negras. Una tumba para mí. Me enterré viva, dejando que la tierra fresca cubriera mi cuerpo. Sentí las raíces de las violetas y las rosas abrazarme, penetrar mi piel, beber de mí, saborear mi sangre dulce y salada. Ahora mi cuerpo es el abono. Ya no queda nada del zorro que alguna vez fui; solo una conciencia fusionada con las flores, un guardián en las sombras. Ya no soy animal ni una diosa. Soy lo que permanece en la condena.

El bosque, desde entonces, respira con mi aliento. En las noches sin luna, cuando el viento recorre las ramas, los otros zorros dicen escuchar un murmullo bajo la tierra, un canto que no pertenece a ningún animal vivo. Ya no respondí jamás. Solo florecí.

Sin flores en el rosal 

“El rosal ya no da flores

ni el amor de mis amores

nunca más ha de volver…”

Allí justo donde el sol se vuelve una brasa oxidada sobre el horizonte de Cloete y se tiñe de colores polvorientos la tierra seca de la calle. Allí, donde el medio día se estiraba como la fe del pueblo y el aire olía a tierra contaminada de los tajos, un anciano se sentaba cada tarde afuera de su casa. En la banqueta mirando hacia la calle, resguardado de la luz bajo el techo de láminas carcomidas por el paso de la vida. Diez años habían transcurrido desde que la mecedora vacía a su lado había dejado de ser una promesa de amor para convertirse en un pedazo fierro viejo, de esos que compran por cincuenta pesos a lo mucho, dependiendo del humor del comprador que pasaba en la troka de lámina todos los días.

Su grabadora, de esas que el tiempo había sacado la vuelta convirtiéndola en una reliquia, era su único confidente. La grabadora se fusionaba con una melodía que emanaba, invariable, la voz cavernosa de Los Cadetes: “Quisiera que me hicieras mucha falta”. No era una canción, la música pasaba de ser ruido a ser carne con sentimientos. El casete, gastado de tanto uso ya con la portada humedecida, parecía exhalar el mismo polvo que el viento arrastraba desde las bocas de los tajos.

Cuando la voz rasposa de Don Lupe Tijerina brotaba de la grabadora y se hacía un con las tardes del pueblo y hablaba tomando voz, un escalofrío seco recorría el rincón bajo el techo. “De veras que todo sigue igual… hasta tu bata de baño está donde la pusiste tú”, entre cantaba la cinta. Y en ese instante, Don Chuy cerraba los ojos, intentando indagar en su memoria convertirse en uno con sus recuerdos, como quien busca ver lo que ya no está.

En ese punto de la tarde un vapor tenue, casi imperceptible, se desprendía de su alma inundada en la melancolía, como si la tristeza lo estuviera lentamente deshidratando. Dándole forma al éter de un dolor alimentado por la vejez, La mecedora se movía con un ligero vaivén, un crujido sordo que resonaba en el silencio, rebotando, en las tablas de madera que, delimitaba la vista y se mantenía de pie solo por cumplir con el compromiso de existir. El columpiar de la mecedora no era una aparición luminosa, de esas que anuncian milagros. Era la concepción una sombra densa, como la que arrojan los huizaches cuando el sol decide gritar su nombre, con el mismo aroma a tierra seca y promesa de lluvia que nunca llega. Su silueta apenas visible entre la hierba descuidada que vigilaba el portal se desvanecía en el último acorde, llevándose consigo un pedazo del anciano y un poco del polvo negro que se acumulaba sobre la grabadora.

Entonces, la canción llegaba a su punto más bajo, el momento en que la voz de la cinta anunciaba la última pérdida: “El canario ya murió”. Era un hecho, tan rotundo como la ausencia de ella. No había un pájaro cantando para marcar la mañana en su casa. El canario ya había muerto por no haberle encontrado sentido a existir para ser un pájaro atrapado bajo el calor del techo de láminas, y su muerte había sido la última gota de vida que se le había escapado a ese hogar.

Las noches en Cloete se volvían espesas entonces, y el anciano, con la melodía grabada en el tuétano de los huesos, se quedaba mirando las estrellas apreciando la ausencia del sol. La canción no le traía paz, sino la confirmación de su soledad y la aproximación de su fin. Era el eco de un adiós que se repetía cada tarde y que encontraban resonancia con la aproximación del tiempo en la esperanza de encontrarse en el más allá de nuevo, una herida que no cerraba, sino que se abría un poco más con cada nota y con la vejez. Y la mecedora, testigo mudo, parecía crujir bajo el peso de esa melancolía que se había vuelto parte del paisaje de la villa, tan real y palpable como el calor de Cloete y el carbón de los tajos.

SOBRE EL AUTOR:

Juan Sergio de la Cruz Arévalo (Sabinas, Coahuila 2004) Estudia Derecho en la UANL y es creador de contenido en redes sociales, cómo Instagram y Youtube. Estos son sus primeros textos publicados.

Sus redes sociales: IG @juansergiodela  Youtube. @juansergiodela

Etiquetas: LiteraturaMonterrey
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