Autora: Leticia Soriano
En las portadas de los principales diarios de circulación a nivel nacional, publicaron fotografías dónde, se podían apreciar pares de calzado deslustrado, que, era evidente había pertenecido a víctimas desaparecidas. Estaban tan opacos como los rostros de las madres buscadoras que los encontraron. Ellas fueron las que escudriñaron el tragadero de la tierra; sin la cooperación de las autoridades.
El hallazgo de un campo de exterminio, localizado en el estado de Jalisco, en México, fue la prueba más fiera y cruel de la inseguridad; vividas desde hacia décadas en el país.
Llamó también la atención de las mujeres, en el lugar, prendas de vestir enlodadas. Mochilas ensangrentadas. Artículos personales cómo: cepillos, todavía con cabellos enredados, maquillajes rotos, relojes desvencijados…
Aparecieron restos de huesos humanos esparcidos en el polvoriento perímetro del rancho. Cráneos óseos con sus órbitas que gritaban por ayuda. Los padres quedaron muy tristes, más que el aullido del viento desértico, con canto de muerte.
Los familiares de las víctimas de desaparición forzada crecían cada día, como yerbas en las milpas. Las autoridades no tenían oídos. Eran los mismos padres quienes organizaban las búsquedas de sus seres perdidos. Las familias de los muertos calificaron como Campos de Exterminio al pomposo predio que, por fuera parecía un lujoso rancho ecuestre.
Durante el hallazgo, la escena les recordó la crueldad de los campos de concentración alemana durante uno de los peores episodios de la Segunda Guerra Mundial.
Laura era una niña de piel color café con leche, labios vigorosos, dientes como pilastras de mármol y cuerpo delgado como manto de rosal. Era de estatura superior a sus compañeras de escuela. El basquetbol era su pasión, desde pequeña lo jugaba en un parque público ubicado frente a su casa. Cursaba el segundo año de prepa; solo tenía seis años cuando su padre murió a causa de un atropello. Su madre vivió muchos años con el duelo; siempre lamentó su pérdida.
Después del sepelio, la realidad de la precaria situación económica se hizo presente. Lupita, su madre, buscó un empleo de medio tiempo, realizaba labores de limpieza en una tienda de abarrotes, de este modo, ella podía ver a su hija crecer, podía cuidarla y educarla.
Con el sueldo que ella recibía, sumado a la bondad de sus patrones y, el apoyo de sus vecinas, el luto y la sombra del recuerdo se fueron ocultando. A pesar de la tristeza mientras las manecillas del reloj no cesaban su camino; Laura y Lupita se tenían para apoyarse. La niña creció arropada con todo el calor que una madre viuda puede desembocar en su hija, ante la ausencia de la figura paterna.
Desde los primeros años que sus pies pisaron la escuela, Laura fue una estudiante sobresaliente. Sus calificaciones eran motivo de orgullo para la viuda.
La joven cumplió diecisiete años dos semanas atrás, se levantó temprano para iniciar el día como cada mañana. Era miércoles, tomó su mochila color marrón oscuro como el color de sus ojos, de mirada cálida. Su cabellera larga, castaña, descansaba como un río sobre su espalda; entró a la habitación de su madre, ella se preparaba para ir también a su trabajo; ambas se despidieron con un beso.
Jamás se volverían a ver.
Laura salió de casa, avanzó con pasos ágiles hacia la parada de transporte urbano, ese transporte la dejaba a pocos pasos del recinto estudiantil. Vestía un pantalón de mezclilla deslavado, camiseta tipo polo color gris, con el logotipo de la institución educativa; tenis blancos con líneas negras, de la marca Adidas. Su madre ahorro durante meses para poder comprarle el calzado y así, cumplir el deseo de su hija amada.
Semanas atrás, Laura vio un anuncio de empleo en internet. En la publicidad, ofrecían un empleo de medio tiempo con un buen sueldo; todo parecía una buena idea. Laura quería contribuir y ayudar a su mamá con los gastos del hogar. Ese mismo día, durante uno de sus momentos libres de clases, hizo clic en la pantalla de la computadora, agendó una cita. Después estuvo con Oralia en la cafetería, la chica de cabello rizado era su mejor amiga.
Lupita llamó a Oralia por la noche, para verificar que su hija estuviera con ella, ya que no la encontró al volver a casa. Laura siempre la recibía, siempre la llamaba, siempre enviaba mensajes y ubicación. Oralia respondió que la había visto durante el almuerzo, por la mañana en la cafetería. Después, ya nada.
La noche continuó filtrándose por la puerta del hogar, la madre de Laura insistía, marcaba al celular de su hija; nada. No hubo respuesta. La angustia comenzó a oprimir el corazón de la madre afligida; cuando, el teléfono la enviaba al buzón de voz, como si estuviera ocupado. Al día siguiente, Oralia acompañó a Lupita para interponer una demanda por desaparición en la Fiscalía. Nunca volvieron a saber de ella, ningún rastro, ninguna pista.
Jamás hubo una llamada por parte de las autoridades, hasta que ambas mujeres, un mes después de la denuncia, reconocieron los tenis Adidas y la playera tipo polo con el logotipo escolar que Laura vestía el día de su desaparición; a través de las fotografías desplegadas en diferentes medios de comunicación. El luto volvió a vestir el cuerpo adolecido de Lupita, otra vez sufría la pérdida de un ser querido. Los pasos lentos se colapsaban por la casa que un día fue hogar de tres, luego de dos y ahora, solo de la triste madre.
Laura pasó a formar parte de una estadística más de feminicidio, en los expedientes apilados sobre los escritorios de las fiscalías, a lo largo de todo el territorio mexicano. Tal vez su rostro y nombre apareciera impreso en alguna manta, como cada 8 de marzo, cuando miles de féminas se unen para rememorar a cada mujer, adolescente, niña, madre, esposa, amiga, hermana, tía, sobrina. Probablemente asesinada, desaparecidas todas.
A Laura le vaciaron el mar de un futuro que desbordaba de sus mejillas. Ella tenía una presencia inteligente, atlética, sencilla, bella y sutil. Escribía poesía era excelente estudiante, representaba al equipo de basket de su preparatoria, le gustaba cantar, era una jovencita amorosa con su madre, era una hija, amiga y vecina ejemplar.
Su error: el día fatídico de su desaparición, fue responder y asistir en secreto a una entrevista de empleo. Se destino quedó sellado. Igual que sus labios, cuando sus captores decidieron silenciarla para siempre. Cuando Laura llegó a la entrevista y estuvo frente al jefe de la banda, este le cayó encima, le arrebató su jovialidad con brutalidad, el peso de la malignidad arrancó los pétalos de Laura entre forcejeos. Ella se defendió, luchó por su vida, pero sus manos fueron atadas con unos cinchos de plástico; el volumen de su voz fue acallado con una cinta en su boca.
Cuando su captor se vació, dejó tendido el cuerpo desnudo de Laura sobre el colchón, salió de la habitación y les hizo una seña a sus cómplices. Afuera, varios cuchillos de carne ya estaban esperando su turno. Cuando terminaron de rociar su odio dentro de la entraña de Laura, arrojaron su cuerpo flácido y apaleado al interior de un horno improvisado, ubicado en el patio central del rancho. Los ojos vivos de Laura fueron calcinados mientras las llamas jugaban las últimas imágenes de sus captores drogados, que brindaban con cervezas, mientras la veían sufrir.
Las madres buscadoras forzaron la entrada que impedía el paso a la propiedad. Las imágenes carbonizadas llenaron la visión de las buscadoras. Figuras asfixiantes de huesos humanos desnudos por el fuego. El predio fue cateado días antes por las autoridades. Los ojos de Lupita quedaron fijos en unos tenis Adidas y una playera tipo polo, estaban sobre el piso de tierra, a un lado de un colchón roto con restos de manchas hemáticas.
Sobre la autora:
Leticia Rodríguez Soriano: Nació en Monterrey, N.L. en 1973. Estudió enfermería quirúrgica. Tiene más de cien cartas publicadas en medios de comunicación, sobre todo en el periódico El Norte, de Monterrey, dónde expresa su opinión sobre temas que afectan a la sociedad. Es activista, madre, deportista, una escritora sensible y humanista que divide su vida entre el mar y la ciudad. Tiene un poemario que recién se ha publicado llamado “Diamantes Silenciados”. Su Facebook es Laetitia Soriano.


