Autor:Nazario Vázquez
La irradiación de aquel amanecer ungía a la familia Philips. Retumbaban las risas infantiles afuera de su hogar, acompasando al trino de las aves. Mientras tanto, alrededor del comedor, se abstenían los Philips de consumar su desayuno. En la cabecera del mesón, vistiendo su traje negro, hábito destinado a los domingos, presidía Tomás, del mismo modo vestían su esposa Magdalena, que usaba su ropaje gris, y su primogénita de diez años Lilith, así como su hijo segundo de ocho años: Josué.
–Es lunes– afirmó Lilith.
–Lo es– confirmó su madre.
–Pero no es el correcto– añadió su padre.
Se cruzó de brazos Lilith, retornando a su original porte.
–¿Creen que esté enojado?– Inquirió Josué.
Y fue que hubo silencio. Hasta que respondió Tomás:
–No tendrá misericordia.
Y ocurrió que, en aquellos días ofició cada uno su rutina. Yendo Tomás a su trabajo, ocupándose Magdalena de las labores domésticas, y, asistiendo ambos hermanos al colegio para congregarse y cenar pan a la hora postrera, de acuerdo con lo que había establecido su pastor. Terminado su sermón, él les brindaba dicho alimento llamándolo, “Cuerpo de Dios”, y si dudaba algún nuevo integrante de su Iglesia, respondía:
–El pan mantiene cautiva la luz que devora del Sol.
Desde entonces, procuraban rememorarlo, custodiando la brasa que había sembrado en sus almas, la cual no debía extinguirse. Caído el lunes elegido, y surcando la noche los cielos, iniciaron los Philips su peregrinaje cargando consigo sagradas reliquias. Llegados al templo, diversas sombras parecieron saludarles, pues, realizaban signos hacia donde se encontraban (o quizás los bendecían), tales conformaban un círculo que rodeaba una especie de arca con aspecto de ataúd, o al revés. Introduciéndose los Philips alguien sentenció:
–Ahora reposa en el paraíso.
–No, “Polvo eres y en polvo te convertirás”– contestó Tomás.
–Papá, ¿Dios es el polvo o la muerte?
Nadie osó responder a la pregunta de Lilith. Acercándose al objeto de veneración, extrajo Tomás las reliquias. Cesó todo ruido o murmullo. Encima del arca, de sur a norte, orientó Tomás velones blancos.
–¿Ahí no es dónde vive el otro dios?– preguntó Lilith.
–Llamamos al nuestro– le susurró Magdalena.
Encendió un fósforo y transmitió Tomás su candor a las veladoras imitando el signo previo. Acto seguido, extrajo su Biblia; lejos de iluminar, el fuego recién instaurado absorbía la luminiscencia, ello, no impidió que recitase aquel salmo; inició pronunciando una palabra que no debo escribir todavía y siguió:
–Repudiado de las estrellas, pozo hambriento, ven ahora y escucha mi voz, recuerda el nombre que te fue escupido, a cambio de tu llegada, te entrego a mi segundo hijo. Que este pacto sea sellado en tu nombre.
He aquí el improvisado altar que fue descendiendo. He aquí el círculo fue roto y cantaron los presentes, infectando con su hálito cada rincón del templo. He aquí consumió un vacío encarnado el altar que había sido ataúd. Entonces se apartó la familia Philips. Caída la tarde del siguiente día, tres golpes procedentes de la entrada principal les interrumpieron durante su almuerzo, se levantó Magdalena de su silla y abrió. Cumplido esto, entró un soplo que llevaba consigo un pergamino y cayó sobre el suelo. Lo recogió Tomás desenvolviendo el rollo.
Quedaron expectantes tanto su hija como su esposa, y lo leyó en voz alta:
–No puedo morir. El dolor no termina. Vivo. Atte. (Nombre que no debo escribir).
Pronunciada la revelación Tomás añadió:
–Ha resucitado de entre los muertos.
–Y no resucitó al tercer día, sino al primero. Alabado sea nuestro señor– exclamó Magdalena.
–¿Cuál de los dos señores?
Por el embriagante éxtasis, ninguno le respondió a Lilith.
–Hemos de ir en pos de sus pasos– anunció Tomás.
Paría el sol, rayos amputados entre las nubes, asimismo, se reducía el carruaje de los Philips en lo vasto del desierto. Podría haberse afirmado que, su peregrinaje era eterno, de no ser por un lejano punto que figuraba como límite.
–Debe ser un nuevo templo– opinó Tomás.
–No es un templo, es un palacio– le corrigió Magdalena.
–¿No íbamos a un cementerio?– inquirió Lilith.
Profundizado el sendero. He aquí, creyeron desvelar vida en ríos y oasis. Ya en las cercanías descendieron y cuán grande fue su desengaño, al encontrar una cripta.
–Es un templo extraño– comentó Tomás.
Impedía la nitidez de la cámara ver cualquier cosa.
–Pastor– le convocó Tomás.
–Debes nombrarlo tres veces para que escuche— le indicó Magdalena.
–Pastor, pastor, pastor.
Exiliados del templo fueron los Philips, exhibiendo sus penitencias. Liberada de sus dientes se encontraba Lilith, por sus blasfemias. Perdió ambos brazos Magdalena, y envejeció Tomás hasta volverse un anciano.
Érase una casa en un verde campo. Se extendía su color hasta las montañas, pretendía conciliar su poderío los cielos y la tierra. En sus jardines, un infante guiaba a sus ovejas hacia dentro de un corral.
–Jesús– le nombró una voz femenina desde su morada.
Acudió el infante al llamado, recibiendo un aroma a zarzamoras y luego escuchó a la patriarcal y robusta figura de nombre José.
–Buen día, hijo.
Le entregó su madre, María, un dulce. Antes de consumar su primera mordida, surgieron tres entidades que profanaron su vespertina ceremonia. Tal era la ausencia que los componía que se extraviaban los fotones de luz entre sus cuerpos.
–Mamá, ¿y sus brazos?– preguntó señalando Jesús a la criatura más alta– Es consecuencia de haber pecado– respondió inclinándose la de estatura media.
Espetó entonces la más baja:
–Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Aquí no son bienvenidos– dijo José.
–Les ordeno regresar al abismo. ¿Quién es el padre de Dios? ¿Cuál es su nombre?– preguntó Jesús.
Fue que la más alta quiso responder, más de su boca brotó algo parecido al vino.
–Quizás son ángeles– afirmó Jesús.
–Ángeles– repitió José su palabra última– Prueben que lo son, y han acudido en sumisión al Altísimo.
Susurró el mediano una oración que me es prohibido transcribir. He aquí se arrastró serpiente hacia adentro del hogar. He aquí se enroscó la serpiente y he aquí se transfiguró en cenizas. Aceptando el dictado de la providencia, se paralizaron. Las verdes praderas se extinguieron, emergiendo la aridez de la tierra. Se pudrió la carne. Se replegaron las bestias y de tal suerte fueron los árboles.
–Te necesito– dijo Adán desde su lecho, atendió a sus ruegos Yahvé descendiendo, como cuando cae uno al infierno, trayendo consigo un paño húmedo.
–Estoy aquí– susurró Yahvé.
–La fiebre nunca cesa– dijo Adán con temblorosa voz.
–Te he infectado– respondió Yahvé bajando todavía más. Ya dispuesto en torno suyo empapó su cuerpo.
–¿Por qué no me has dejado marchitar?– preguntó Adán.
–Por amor– musitó Yahvé.
–Qué terrible– sollozó Adán.
–Es por tal ángel que la forma no se pierde– sentenció Yahvé besando su frente, al cabo le abandonó.
Se levantó Adán, haciendo crujir sus dientes. Era su carne renuente al espíritu, aun así, con esfuerzo se giró hacia su única ventana, misma que emanaba una tenue luz, demasiado enferma, incluso podría decirse falsa. Un grito que no era humano eclipsó la escena, concluyéndola un azote, semejante a una bolsa líquida estrellándose contra algo sólido. Conjurado por tal evento se materializó Yahvé en el interior del recinto, y viendo los vidrios rotos imitó los pasos de Adán, pues con su acto había dado testimonio de lo que era el amor.
Yació reunida la familia Philips sobre un monte. Estaban ausentes los cielos, no osaban delatar su presencia la bóveda celeste, quizás había sido excomulgada, o más bien los Philips se encontraban en las profundidades de alguna cueva.
–Entremos– dijo Tomás señalando hacia una edificación que deseaba volverse un castillo, pero no lo conseguía, sus torres se hundían en sí mismas.
–Ahí nos aguarda el pastor– murmuró Magdalena.
–No quiero morir– dijo Lilith derramando algunas lágrimas.
–La vida es una ilusión– dijo Tomás.
Uniendo sus manos, Lilith a la izquierda, Tomás a la derecha, y Magdalena en el centro, se introdujeron.
–Pastor, pastor, pastor– rebotaron los ecos de Tomás.
–Aquí debes usar su verdadero nombre– le corrigió alguien– Samael, Samael, Samael.
Se movió el aire, o el éter, o lo que se ocultase tras el velo. Se asfixió la luz. Se hizo una presencia invisible el silencio. Reían envenenados los ángeles. No hay puerta. No hay palabras. Reina la paz. Amén.
Nazario Vázquez: Nazario es una persona con formación en ciencias religiosas e interés por la literatura de horror: como lo es la Weird Fiction. Su estilo personal tiende a ser simbólico y esotérico. Actualmente cursa estudios de embalsamamiento en la funeraria IEEN y orienta sus intereses hacia la escritura de horror filosófico y religioso. Trabaja en su primera antología de cuentos.

