Monterrey, Nuevo León. La noche del 25 de abril tuvo algo de acontecimiento histórico. No fue una gala en el sentido convencional —esa expectativa de terciopelos, excesos visuales y fastuosidad escénica que suele acompañar el imaginario de la ópera—, sino algo más profundo. El Teatro de la Ciudad lució un lleno absoluto para recibir por primera vez en Monterrey Fidelio, la única ópera de Ludwig van Beethoven, y desde ese gesto inaugural había ya una declaración: no se trataba solamente de asistir a una función, sino de presenciar una obra que sigue interrogando al presente.
A más de dos siglos de su estreno en Viena, Fidelio continúa siendo una obra incómodamente vigente. Habla de opresión, de desaparición, de la dignidad frente al abuso del poder; pero, sobre todo, habla de la persistencia del amor como acto de resistencia. En tiempos donde esas palabras suelen gastarse por repetición, escuchar su verdad desde la música de Beethoven tiene otra dimensión.



Quizá por ello la escenografía —que en una primera mirada podía parecer austera, incluso precaria— reveló pronto su sentido. No era pobreza visual, sino discurso. Era inevitable pensar, desde la butaca, en cuántas historias de nuestro propio país resuenan en esa prisión simbólica. Cuántas voces silenciadas. Cuántas memorias enterradas.
Y ahí radicó uno de los grandes aciertos de esta producción realizada por la colaboración entre Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, la Secretaría de Cultura de Nuevo León, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y la Secretaría de Cultura de Guanajuato: entender que Fidelio no es una reliquia museística, sino teatro vivo.
La Leonora de Dhyana Arom fue una revelación. Su presencia escénica sostuvo con admirable fuerza dramática el peso moral de la obra. No solo cantó; habitó a un personaje impulsado por la valentía, por el amor que se vuelve acción. Su interpretación tuvo esa rara cualidad de conmover sin artificio.

El regreso del tenor Ramón Vargas a un escenario operístico regiomontano añadió una dimensión emotiva a la velada. Su presencia recordó que ciertas trayectorias no sólo representan excelencia artística, sino memoria viva.
Junto a ellos, Jorge Lagunes, Hernán Iturralde, Sori Kim, voces locales y el Coro de la Compañía de Ópera de Saltillo construyeron un elenco de gran solidez.
Pero mucho del pulso emocional de la noche estuvo en el foso.


Bajo la dirección del maestro Guido Maria Guida, la Orquesta Sinfónica de la UANL convirtió la partitura en un organismo vivo.
Después del desgarrador reencuentro entre Leonora y Florestán, cuando la música muta, aparecen los vientos con otra ligereza, otro aire casi juguetón, como si la partitura respirara junto con los personajes. Allí estaba Beethoven entero.
Fidelio exige además una dificultad vocal enorme —como explicó el propio Vargas en rueda de prensa en días previos— por una escritura pensada por un genio musical, aunque no precisamente por un compositor “cómodo” para la voz. Esa tensión se percibe en escena y vuelve más admirable el trabajo de los intérpretes.
Personalmente salí conmovida por la nobleza de la historia y por una certeza: la libertad, cuando se canta así, deja de ser idea para convertirse en experiencia.



