Monterrey, Nuevo León. Damián Cano pertenece a un grupo especial que entiende que el cine también puede cambiar la conversación de una sociedad. Es un productor, guionista, promotor cultural tamaulipeco y uno de los motores detrás del Festival de Cine Latinoamericano, es además quien se encarga de la curaduría de las películas que llegan a distintas ciudades del país. Su trabajo va más allá de seleccionar títulos: se trata de construir un puente entre las historias y el público.
Su camino hacia el cine, curiosamente, no empezó frente a una cámara. Nació entre libros, discusiones culturales y proyectos colectivos. En Ciudad Victoria, Tamaulipas, formó parte del grupo artístico Altazor, donde organizaban desde lecturas literarias en comunidades hasta programas de radio y cineclubes.
“En realidad no hubo un momento exacto en el que decidiera dedicarme al cine”, confiesa. “Fue algo que se fue infiltrando en mi forma de ver el mundo”.
Ese proceso lo llevó eventualmente a proyectos como Cinema 1, una plataforma dedicada a acercar el cine latinoamericano al público, y a participar en iniciativas culturales como la revista Levadura, donde cine, literatura y crítica social dialogan constantemente.
Para Cano, el cine latinoamericano tiene hoy un papel muy claro: resistir y no por romanticismo, sino por realidad.
Frente a una industria global dominada por narrativas hegemónicas, las películas latinoamericanas muchas veces deben abrirse paso en condiciones complicadas: pocas salas, horarios difíciles o escasa promoción.
Pero ahí aparece otro espacio clave: los festivales. “Los festivales se han convertido en un circuito de distribución”, explica. “Muchas películas no llegarán a las salas comerciales, pero sí pueden viajar por estos espacios y encontrar a su público”. y cuando ese encuentro ocurre, algo especial sucede.
Durante el festival, Cano ha visto cómo la experiencia cambia completamente cuando los creadores están presentes. Directores, actores o guionistas conversando con el público transforman una simple proyección en algo más cercano, más humano.
“Para quienes hacen cine es oro molido escuchar al público”, dice. Uno de los momentos más memorables ocurrió el año pasado, cuando el actor sordo Moisés Melchor conversó con los asistentes usando lengua de señas.

“Fue mágico”, recuerda. Curiosamente, cada ciudad responde de manera distinta al cine. Mientras lugares como Puebla o Colima generan discusiones apasionadas después de cada función, en Monterrey el público suele ser más reservado, pero hay algo que sí está cambiando: los jóvenes.
Cano ha notado que las nuevas generaciones —muchas de ellas nacidas completamente en la era digital— tienen un interés sorprendente por volver a las experiencias presenciales: ver cine en sala, conversar, debatir.
“Hay un quiebre generacional interesante”, explica. “Los menores de 26 o 27 años quieren encontrarse, hablar, discutir”.
Ese interés también se refleja en el futuro del propio festival.
Uno de los planes del curador es integrar curadores más jóvenes y más mujeres al equipo, para abrir nuevas miradas dentro de la programación, porque si algo tiene claro es que ningún festival es neutral.
“Cada festival tiene un alma”, dice.“Y esa alma es quien programa”.

Además de su trabajo como curador, Cano también produce cine desde una visión muy particular: la colaboración. En su productora no cree en la figura del director autoritario. Prefiere procesos colectivos donde las ideas se construyen entre todos.
“Creo en lo colectivo. El héroe es el colectivo”.
Actualmente trabaja en varios proyectos, entre ellos un documental dirigido por Yan Casini, que se convirtió en una coproducción entre México y Colombia tras recibir apoyos internacionales y aunque ve decenas de películas cada año, todavía hay algo que sigue buscando cada vez que se apagan las luces en la sala.
“Lo único que espero”, dice sonriendo, “es emocionarme”.
Porque al final, incluso para alguien que vive rodeado de cine, la emoción sigue siendo el verdadero motor de una película.
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