Cobertura por: Nallely Aguilar
Hay franquicias que envejecen con dignidad. Scream ha sido una de ellas. Desde 1996, el juego meta, el humor ácido y los cuchillazos estratégicos convirtieron a Ghostface en algo más que un asesino enmascarado: en un comentario viviente sobre el propio cine de terror. Por eso duele un poco decirlo… pero Scream 7 se siente como una saga que empieza a quedarse sin aire.
Sin spoilers, claro.
Esta nueva entrega decide girar el volante y volver al origen emocional de la historia: Sidney Prescott y el regreso de Neve Campbell es, sin duda, lo mejor de la película. Hay algo reconfortante en verla otra vez enfrentando la sombra que nunca termina de irse. Su presencia tiene peso, historia, cicatrices. Campbell sostiene la película con una mezcla de fortaleza y cansancio que se siente genuina.


El problema es lo que la rodea.
Como slasher puro y duro, funciona. Es brutal —probablemente la entrega más sangrienta de todas— y no escatima en tensión ni en secuencias violentas que harán que más de uno se hunda en la butaca. Las persecuciones están bien ejecutadas, el ritmo no decae y Ghostface sigue siendo una figura inquietante. En términos básicos de terror, cumple.
Pero Scream nunca fue solo eso.
Lo que aquí se extraña —y mucho— es el ingenio. Ese equilibrio entre humor negro, comentario meta y amor por el género que hacía que cada muerte viniera acompañada de una reflexión irónica sobre las reglas del cine. Aquí el guiño inteligente no es tan evidente. Hay intentos de conectar con el pasado, pero se sienten más nostálgicos que inspirados.
El elenco nuevo tiene presencia. Hay personajes que prometen y se quedan en la superficie. Otros regresos se sienten un poco forzados, como si la historia estuviera parchada sobre la marcha. Incluso cuando las dinámicas funcionan, falta esa chispa que hacía memorables a los secundarios en entregas anteriores.
Visualmente, la película apuesta más por la crudeza que por el estilo. La dirección cumple y aunque hay ideas contemporáneas interesantes en el aire, algunas decisiones narrativas modernas no terminan de integrarse con naturalidad al universo de la saga.
Eso sí: el juego del “¿quién es?” sigue ahí. Las sospechas, las miradas incómodas, la paranoia colectiva. En ese sentido, la película mantiene la tradición de hacernos dudar de absolutamente todos.
¿Es mala? No.
¿Es inolvidable? Quizás no.
Scream 7 es una entrega que se deja ver, que tiene momentos efectivos y que ofrece suficiente tensión para mantenernos atentos.
Quizá no sea el final financiero de Ghostface. Pero sí se siente como una señal de que la saga necesita reinventarse —de verdad— si quiere seguir jugando con nosotros porque cuando el teléfono suena por séptima vez… ya no basta con contestar. Hay que tener algo nuevo que decir.
Cumple su propósito de mantenernos en la butaca del cine y sobre todo, recordando esas raíces de humor ácido e inteligencia bastante juguetona. El ritmo es ágil y de alguna forma es como reencontrarte con esa amistad del pasado que te da mucho gusto verle pero sabes que algo ha cambiado.
Disponible en tu Cinepolis de confianza a partir del 26 de febrero.

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