Su primer visita con lleno total en Venue 867.
Monterrey, Nuevo León. La noche del sábado 21 de febrero volvió a confirmar que Monterrey —o como me gusta llamarla, La ciudad de la furia— es un epicentro donde el arte se mueve sin pedir permiso. Entre teatro, música y propuestas culturales, la agenda vibró desde temprano. Primero, una parada obligada en Río 70 para presenciar la imponente puesta en escena Todos somos Job, protagonizada por Miguel Pizarro, una obra intensa y conmovedora que dejó el ánimo reflexivo y el pulso sensible.
Pero la noche apenas comenzaba. Tras salir casi corriendo, el siguiente destino fue el Venue 867 en Barrio Antiguo, donde estaba por suceder un momento esperado por muchos: la primera visita a Monterrey de Sixpence None The Richer, banda clave del pop alternativo de finales de los noventa y principios de los dos mil. El lugar lucía completamente lleno, señal clara del interés y la emoción que despierta un grupo cuya música se volvió parte del soundtrack emocional de toda una generación, ya fuera por sus discos o por aquellas películas románticas donde sus canciones quedaron tatuadas en la memoria colectiva.




Desde el primer acorde, la conexión fue inmediata. Sonaron Angeltread y Thread the Needle, y la audiencia respondió con coros apasionados y gritos dirigidos a Leigh Nash, cuya voz dulce y cristalina sigue intacta. El momento se elevó aún más con su versión de Don’t Dream It’s Over de Crowded House, interpretada con una delicadeza que silenció hasta el murmullo más mínimo.
El set continuó con temas como The Tide, A Million Parachutes y Don’t Let Me Die in Dallas, piezas que confirman por qué la banda ha mantenido un lugar especial en el corazón de sus seguidores. Después llegó There She Goes, cover que el grupo hizo suyo desde hace años, seguido de Rosemary Hill y finalmente Kiss Me, uno de los puntos más altos de la noche, evocando inevitablemente escenas de She’s All That y desatando un coro colectivo.




El calor dentro del recinto contrastaba con la frescura del exterior, pero eso no frenó a nadie. Durante casi dos horas, el público cantó, sonrió y se dejó llevar. Hubo momentos de inquietud al final por la gran cantidad de asistentes y la logística de salida, detalles que podrían optimizarse en futuros conciertos, pero que no opacaron el recuerdo principal: una velada donde la nostalgia y la música hicieron exactamente lo que debían hacer —volvernos un poco eternos.
Imágenes por: Arqueles García


