Monterrey, Nuevo León. No todos los libros de terror buscan el susto fácil. Algunos prefieren quedarse contigo, sentarse a tu lado en silencio y hacerte sentir incómodo. Así se presentó Los hijos de Gomorra, el segundo libro de Andrés Rodríguez—firmado bajo el pseudónimo de Iscariote Rodríguez— durante su presentación en Dark Vission Music Shop: un espacio donde el horror se piensa, se discute y se siente.
Desde el arranque, Andrés dejó clara una distinción clave: el terror asusta de golpe, el horror se queda. No depende del jumpscare ni del sobresalto inmediato, sino de la ambigüedad, del silencio, de esas ideas que siguen girando en la cabeza cuando ya cerraste el libro. Los hijos de Gomorra pertenece a esa segunda categoría: una antología de 12–13 cuentos que exploran lo más oscuro de la condición humana, no desde lo fantástico como evasión, sino como espejo.
La idea del libro nació, curiosamente, en un tianguis universitario de la Facultad de Letras de la UANL. Vendiendo libros de Lovecraft y Stephen King, Andrés se topó con una pregunta aparentemente simple: “¿Cómo puede dar miedo un libro si no hay imágenes ni sonido?”. La respuesta fue el punto de partida de esta obra: el horror no está en el monstruo, sino en la situación; no en el vampiro, sino en lo que siente quien es acechado; no en el zombie, sino en la normalización de la violencia que lo rodea.
Y ahí entra Los hijos de Gomorra: historias que se alimentan de la realidad cotidiana, de lo que vemos en las noticias, de lo que se comenta en voz baja y de lo que muchas veces se normaliza. Violencia intrafamiliar, abuso, hipocresía religiosa, perversión, calor, crimen y silencios incómodos atraviesan los cuentos, siempre acompañados por elementos sobrenaturales que no explican el mal, sino que conviven con él.

La portada —diseñada por Gruson Grabs, ilustrador estadounidense especializado en arte para bandas de metal— no es casualidad. Andrés quiso que el libro se sintiera como un álbum de metal: visceral, incómodo, directo. La música, especialmente el metal, fue parte esencial del proceso creativo. No como soundtrack literal, sino como detonador emocional: canciones que acompañaron caminatas, trayectos en auto, tareas domésticas y que terminaron filtrándose en las historias como ecos de violencia, rabia y crudeza.
Durante la presentación también se compartió la lectura crítica de Fernanda, quien destacó la intertextualidad entre música y literatura, comparando el libro con autoras y autores como Mariana Enríquez, H.P. Lovecraft, Clive Barker y hasta referencias de la literatura mexicana clásica por su uso preciso del lenguaje y la metáfora. El consenso fue claro: este no es un libro cómodo, y justo ahí radica su fuerza.
Los hijos de Gomorra no busca moralejas ni respuestas simples. Busca que el lector cierre el libro y piense: “esto podría pasar”. O peor aún: “esto ya está pasando”. Si después de leerlo cuesta trabajo dormir, el objetivo está cumplido.

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