Celebración bajo lluvia, arte y tradición
Hay noches en las que la ciudad parece probar nuestra paciencia, y aun así nos regala algo hermoso. El Encendido del Pino frente al Museo de Historia Mexicana —ese ritual que marca, simbólicamente, el inicio de la Navidad en Nuevo León— volvió a convocar a cientos de familias, incluso cuando el clima decidió desatar viento frío y lluvia insistente, pero nadie se movió. Nadie cedió. La magia de esta tradición pudo más.
Desde temprano, los museos del estado enviaron su mensaje anual de buena voluntad: un agradecimiento cálido a la comunidad que los acompaña, que llena salas, talleres y explanadas, que regresa una y otra vez para encontrarse con la historia. La tarde del 30 de noviembre cerraron los tres espacios a las 14:00 horas para preparar una celebración que, año con año, se siente más cercana y más viva.
Este 2025 llegó con un regalo que muchos creyeron perdido: el regreso de El Cascanueces después de ocho años de ausencia. Bajo la dirección del Mtro. Roberto Machado, un elenco de cien bailarines —niños, adolescentes y jóvenes formados en la Licenciatura de Danza Clásica y el Plan Especial para Varones de La Superior— revivió la coreografía original de Lev Ivanov con la música eterna de Tchaikovsky. Pura elegancia, precisión y sensibilidad en un escenario al aire libre que, pese a la lluvia, se defendió con dignidad y alma.





El público resistió. Los bailarines también. Hasta que las condiciones ya no lo permitieron. Por seguridad, la obra se acortó media hora antes del final, entre aplausos que reconocían la entrega absoluta de los intérpretes. La lluvia cayó, pero el ánimo no se apagó.


Poco antes de las 19:00 horas, la explanada vibró: la Secretaria de Cultura, Melissa Segura Guerrero —en representación del Gobernador—, junto con el director del Museo de Historia Mexicana, la Secretaria de Economía, la directora de La Superior, la Lic. Aguado de Soriana y el artista Sergio Rodríguez, dieron pie a la emocionante cuenta regresiva y entonces sucedió: un estallido de luz a contraviento.
El pino —una estructura cónica de casi cuatro toneladas y 22 metros de altura— se iluminó con 54 luminarias y una estrella LED resplandeciente, elevándose como un faro festivo en medio del mal clima. Su decoración, obra de Rodríguez, sorprendió: cestas de plástico multicolores transformadas en arte objeto, inspiradas en la energía cromática de los sarapes mexicanos. Un diálogo entre tradición y modernidad, entre materiales industriales y memoria textil, entre el consumo cotidiano y su reconfiguración poética. Un árbol que respira luz, ritmo y cultura.



Las primeras personas que llegaron desde temprano recibieron la clásica paleta navideña, símbolo dulce del inicio de la temporada. Después del encendido, llegó la parte más íntima: familias y grupos de amigos buscando la foto perfecta, selfies bajo la lluvia, risas temblorosas y una sensación compartida de haber vivido algo importante.
El Museo de Historia Mexicana agradeció la colaboración del Sistema Estatal de Radio y Televisión por la difusión del evento, así como a sus Empresas Amigas —Fundación ALFA, Soriana Fundación, H-E-B México, Ternium, FEMSA, EME.PE, Kalos y Xuguz— por respaldar los programas culturales del año.


A pesar del clima, Monterrey hizo lo que sabe hacer cuando se trata de tradición: resistir, reunirse y celebrar. El Encendido del Pino brilló como siempre —o quizás más— porque esta vez la luz se sintió ganada. Un gesto de comunidad, un abrazo compartido, y una chispa que quedará encendida hasta el 7 de enero de 2026.
En medio de la lluvia, la ciudad volvió a tener su instante de magia y eso en una ciudad llena de montañas, nunca falla.


