Autor: Alberto Castillo
Monterrey, Nuevo León. Predator: Badlands llega a la saga como la séptima entrega de la serie principal (novena en el cómputo total de la franquicia) y no pretende reescribir el canon; más bien, lo amplía. Trachtenberg evita el gesto del reinicio y opta por explorar territorios temáticos hasta ahora poco transitados por la serie: la caza en grupo, la noción de equipo y la exposición de la vulnerabilidad del individuo.
La película centra su trama en Dek, interpretado con contención y fuerza física por Dimitrius Schuster-Koloamatangi. Su arco combina dos trayectos: uno externo —la supervivencia y la confrontación con las fuerzas del entorno— y otro íntimo —la progresiva deconstrucción de su venganza personal. Ese tránsito no niega la naturaleza predatoria del protagonista; la refina: Dek sigue siendo un cazador, pero entiende la caza como acto inscrito en un tejido social —la manada— y no como reivindicación individual. Es una lectura que enriquece la mitología Yautja sin traicionar sus rasgos esenciales de honor y brutalidad.
El contrapunto emocional lo aporta Thia, un androide a medio destruir que será la compañía de Dek cuyo humor y candidez diversifican el relato. La interpretación de Elle Fanning funciona como estabilizador tonal: ofrece momentos de ternura y alivio cómico que evitan la monotonía de la violencia continua y, al mismo tiempo, subrayan la dimensión moral del vínculo entre ambos personajes. Esta alianza improbable —Predator y androide— es el núcleo del filme.
En términos formales la película se sostiene. La dirección de fotografía compone ambientes de peligro y extrañeza; el diseño de producción construye una fauna y una geografía que son a la vez hostiles y expresivas. Las escenas de combate cumplen con creces los requisitos del espectáculo: son claras, eficaces y bien coreografiadas. No obstante, quienes esperen set-pieces radicalmente innovadores —sequences que redefinan lo que la franquicia puede ofrecer en términos de acción— pueden sentir que la propuesta se mantiene dentro de parámetros conocidos. Aquí la película privilegia coherencia y economía dramática sobre la búsqueda de la sorpresa formal.


El guion se apoya en arquetipos familiares —el marginado que debe probarse, la alianza inesperada, la caza culminante— pero logra darles matices al intercambiar la perspectiva: contar la historia desde la óptica del cazador transforma motivos repetidos en interrogantes morales y en posibilidad de redención.
En suma, Predator: Badlands es una entrega que combina entretenimiento y reflexión: mantiene la tensión física que exige la saga y añade capas emotivas que hacen creíble el viaje interno de su protagonista. No es una revolución de género, pero sí un paso deliberado hacia una versión más compleja del universo Predator —menos pura exaltación de la violencia y más interrogación sobre para quién y por qué se caza. Recomendada para quienes buscan una película de aventuras y ciencia-ficción con voluntad de profundizar en el carácter de sus criaturas sin sacrificar el pulso del espectáculo.
Estreno a partir del 6 de noviembre en tu Cinépolis de confianza


