Los Beach Boys en Monterrey
Monterrey, Nuevo León. No todos los días se vive algo así: un domingo de otoño convertido en playa, en memoria colectiva, en pura buena vibra. Monterrey cerró el Festival Internacional Santa Lucía 2025 con una postal que difícilmente olvidaremos: The Beach Boys tocando frente a más de 40 mil personas en la Explanada de los Héroes.
Desde que el sol se escondía, el aire olía distinto, como si trajera consigo esa brisa californiana que tantas veces imaginamos escuchando Surfin’ U.S.A. o Wouldn’t It Be Nice. Distintas generaciones se reunieron —abuelos, papás, nietos, fans de toda la vida y curiosos recién llegados— para bailar, cantar y emocionarse con una banda que, aún después de más de 60 años, sigue regalando alegría como si el tiempo no existiera.





El concierto arrancó con un video tributo lleno de rostros famosos que mostraban cuánto han influido estos genios del surf rock. Entre imágenes de archivo, surfistas y clips de películas, la emoción crecía hasta que Mike Love y Bruce Johnston aparecieron en escena. Love, con su camisa hawaiana y sonrisa intacta, tomó el micrófono y el público estalló: “Do it Again” fue el inicio de una noche inolvidable.
El setlist fue una ola tras otra de clásicos: Surfin’ Safari, Catch a Wave, Sloop John B, California Dreamin’, Good Vibrations y esa joya eterna God Only Knows, que provocó lágrimas en muchos (yo incluida). Se sintió la ausencia de Brian Wilson —ese genio silencioso que cambió la historia de la música—, pero también su presencia en cada acorde, en cada armonía perfecta que hacía vibrar el pecho.
El show tuvo alma, historia y emoción. Los músicos que acompañan a Love y Johnston son impecables: coros afilados, guitarras brillantes, saxos que estremecen. Randy Leago en el saxofón fue pura magia. Cada canción sonaba como si el tiempo no hubiera pasado; la banda logró ese milagro de hacernos sentir dentro de una película antigua, con olas, juventud y sol.


Cuando sonaron Fun, Fun, Fun y Barbara Ann, todos estábamos de pie, coreando como adolescentes en la playa. Monterrey se convirtió en California por una hora y media.
Antes de despedirse, Victoria Kühne, presidenta del Festival, recordó que fueron “32 días y 32 noches de arte, cultura, cine, teatro y música” que culminaban en esta fiesta colectiva. Y sí, no había mejor forma de cerrar: con la música que une generaciones y que sigue trayendo buenas vibraciones al mundo.

Nos fuimos felices, con lágrimas discretas, cantando Don’t Worry Baby camino a casa. Porque esa noche, The Beach Boys nos recordaron que la felicidad —como una ola— siempre regresa.
Imágenes por: Arqueles García


