Autora: María de Lourdes Zavala Ayala
La mala madre
La mala madre es aquella que abandona, física o emocionalmente. Se aísla, sufre en soledad y no permite que nadie entre. Cierra su habitación mientras sus hijos lloran detrás de la puerta, así como antes ya había cerrado todo acceso. Es aquella a la que nunca llegas a conocer, la que no se muestra, se aleja, se va. Se queda, pero ya no está.
Permite la violencia. Sí, el monstruo es otro, pero nadie ha servido como protector. Se queda porque ama más al lobo que al cordero. Y se ama a sí misma cuando se va y no te lleva a su lado. Se esconde detrás de su computador, fingiendo trabajar, cuando la jornada ya ha terminado.
La mala madre tiene mil máscaras tras las cuales se oculta—y se justifica: la máscara de la carencia, porque la violencia “es normal” cuando no se tiene; la del conocimiento, porque era muy joven para entender; la del privilegio, porque a veces, cuando se tiene mucho, también se carece de todo.
¿Cuál es tu sufrimiento, madre, cuando tienes el privilegio de pensar en tu maternidad?
La mala madre lo es todo: víctima y victimaria. Objeto de críticas y, al mismo tiempo, la más ignorada. Tema recurrente y asunto silenciado. Se le sobreestima y nunca se le reconoce lo suficiente. Se espera que falle, pero no se le permite el fracaso.
Es el embarazo que se mitifica como lo más sublime que puede vivir una mujer, y el mismo que se ataca “monstrificándolo”.
La mala madre no cuida: delega.
No educa: porque la crianza implica tiempo, compromiso, presencia. No vive con el peso de sus decisiones: tiene mil escudos para amortiguarlas.
Hace odas a la maternidad, a la gestación, a sí misma. Defiende todas las maternidades, porque entre ellas está incluida la suya. Le quita la palabra a sus hijos; no hay más voz que la propia ni más realidad que la que ella ha creado.
La mala madre no se pierde en la reflexión profunda: la profundidad duele, atrapa, despedaza. La introspección devora.
Y, sin embargo, la mala madre no está sola. La rodean contextos, calamidades, circunstancias, otros personajes. Hay también malos padres, malos hijos, malos hermanos, abuelos y amigos… pero de ellos, hoy, no se habla.
La casa que me habita
He dejado que la casa me habite. Me lo dije mil veces, me advertí que no debía permitírmelo. Me resistí los primeros años, luego se sintió real. Ya no éramos extrañas, nos conocíamos, nos veíamos, nos encontramos, nos habitamos la una a la otra. Dejé que me quisiera y yo la quise. Me dejé envolver, quise que me prometiera y en el fondo sabía que era mentira.
Algunas veces era fácil recordarlo; otras, lo olvidé por completo. Algunos años lo viví de corrido y en negación. Curé sus heridas, hincó los dientes en las mías. Me destruyó y quise salir huyendo. Yo nunca le hice daño.
El primer año solía sentarme junto a la ventana, en ese espacio vacío de pisos brillantes. No quería tocar nada, no quería mover nada; solo mantenía el reflejo del piso para no olvidar verme en él. Después llegaron los muebles, pero no era mío. La cama dio forma a la habitación, el sofá a la sala y las antigüedades llenaron los espacios. Traje mi pasado a la casa y ella lo recibió; le encontramos lugar entre las dos.
Decoré con plantas que más tarde murieron. Yo también morí. La casa no era lo que me había dejado prometer. Ahora los espacios nuevamente son enormes, ajenos, lejanos. Vuelvo a tener miedo de tocarla, de mover cosas. Otras almas que la habían habitado han regresado a reclamarla. Entró en mí como yo entré en ella: techo sobre mi cabeza, piso debajo de mis pies, ventanas en mis ojos, muros que me contienen.
El ruido constante
Cuando un ruido es constante, se deja de escuchar. Cuando una palabra se repite incesantemente, pierde su significado.
Habíamos pasado tanto tiempo hablando con las mismas palabras, viviendo los mismos días, que el tiempo—la realidad misma—perdió horizonte. Ir, venir, llegar, correr, morir en el hastío del día. Los gritos ya no ensordecían. Nos habíamos acostumbrado al caos, a la ruina. Y no de buena gana, y no sin pelear, pero la lucha era increíblemente dispar. ¿Además de la Biblia, qué otra historia tiene a David como vencedor frente a Goliat?
¿Acaso éramos especiales? ¿Éramos mejores? Siempre hemos creído que estábamos destinados para elevarnos por encima de los otros: tú, el superhombre; yo, tu compañera que necesitaba estar a la altura. Y ahora vivimos como el grueso. Somos como todos y cada uno, pero como nadie más.
Insensatos, conscientes, pero presos. Desgraciados, superiores, pero iguales.
Y al final del día, cuando las luces se apagan, el despertador se preprograma y la gotera del baño—constante y rítmica—ha arrullado nuestros sueños forzados. Sueños que ya no son sueños, sino parpadeos que anuncian que se termina el mismo día interminable, para comenzar nuevamente, una y otra vez, el mismo maldito día.
El conocimiento del absurdo no libera: oprime más. El estúpido es feliz, y aun así no lo envidio.
El café está servido. El desayuno, guardado. Camino que nos divide kilómetro a kilómetro. Si pudiéramos volver a escuchar la gotera, una y otra vez, hasta la locura. Postergar la alarma del despiadado reloj. Pausar los semáforos. Dejar de servir a otros, de vivir para otros. Si pudiéramos volver a sentir algo. Conjugar con un NOSOTROS.
Si la vida me aplasta y te arrastro, da la vuelta, gírate. No mueras conmigo, pero tampoco me dejes atrás.
Voltea a verme; yo también me siento sola.
Sobre la autora:

María de Lourdes Zavala Ayala (Lulu Zavala): Originaria de Moroleón, Guanajuato, pero reside desde hace una década en Monterrey, donde trabaja como promotora de lectura. Apasionada de los libros, ha descubierto recientemente en la escritura un espacio de libertad y creación. Es una de las autoras de la Antología “Ambivalentes” publicada recientemente y presentada en la Casa Universitaria del Libro de la U.A.N.L. editada por “Pollo Blanco”. Instagram


