Monterrey, Nuevo León. En una reciente entrevista para GQ, J.M. Cravioto aseguró que realizar Autos, mota y rocanrol fue “…un proceso de liberación de muchos conceptos e ideas sobre lo que debe ser un director. Me quité ese peso hace tiempo (…) pensé que, mientras lo que hiciera fuera sincero, me daba igual si la película obtenía reconocimiento en festivales o taquilla. Y ahí está la clave de todo”.


La tarea que Cravioto se propuso no era menor: llevar al cine nada menos que el mítico festival de Avándaro. Hablar de Avándaro en cualquier conversación siempre despierta anécdotas, mitos o recuerdos transmitidos de boca en boca, que terminan por deformarse con el tiempo y que hoy intentan expandir —aunque con imprecisión— nuestro entendimiento de lo que ocurrió en Valle de Bravo el 11 de septiembre de 1971. El festival se ha rodeado de un halo de culto y misticismo alimentado más por lo que se dice de él que por lo que realmente se vivió. Quizás sólo quienes estuvieron ahí conserven una imagen difusa, pero certera, de aquel evento irrepetible.
En Autos, mota y rocanrol, Cravioto decide no apoyarse en la memoria colectiva, sino en los verdaderos protagonistas de la historia. Así, el filme sigue a Eduardo “El Negro” López Negrete, joven aficionado al automovilismo que rechaza involucrarse en el negocio familiar, y a Justino Compeán, promesa emergente del marketing nacional. Ambos, provenientes de familias acomodadas y egresados de la Ibero, están completamente alejados del movimiento del rock en México. Y, sin embargo, de una conversación casual —de esas que parecen no llegar a nada— surge la idea: organizar una carrera automovilística transmitida por televisión.
Lo que empieza como un proyecto limitado pronto se convierte en algo mucho más grande de lo que podían imaginar. Impulsado por la inercia social, política y cultural de la época, el evento crece como bola de nieve hasta transformarse en el primer festival de su tipo en la historia de México.
Cravioto apuesta por el mockumentary y los códigos de la comedia para narrar la historia. El recurso funciona porque resulta natural para el público reimaginar un evento del pasado en este formato. Sin embargo, en ocasiones no queda del todo claro cómo se “filmaron” ciertas escenas o lo oportunamente colocada que estaba alguna cámara. Pese a ello, hay guiños divertidos al propio quehacer cinematográfico, como en la escena en que aparecen dos asistentes de dirección. Al preguntar Compeán cuánto costará su apoyo, el director ficticio responde: “No te preocupes, son estudiantes del CUEC”.
Si bien la comedia tarda en cuajar —los primeros gags se sienten repetitivos y poco efectivos—, hacia el segundo acto la historia fluye mejor y logra arrancar carcajadas genuinas. Aun así, el desarrollo de los protagonistas queda un tanto superficial: los temas de amistad y superación personal se perciben lejanos frente a la expectativa de ver cómo se construye y desborda el festival mismo. La recreación de los conciertos de Los Dug Dug’s, el caos del público o los intentos del gobierno por cancelar el evento generan mayor interés que la evolución íntima de los dos jóvenes.
El tercer acto, en el que se integra material original del festival, resulta particularmente emocionante. Incluso para quienes no disfrutan de conciertos masivos —tan comunes hoy en día—, escuchar a bandas como Peace and Love con su grito de “¡Tú tienes el poder!” transmite una energía de comunidad y libertad que se convierte en uno de los mayores aciertos de la película.
En definitiva, Cravioto y su equipo entregan una propuesta poco habitual en la cartelera mexicana. Autos, mota y rocanrol es una comedia distinta, que se aleja de los clichés del género para revisitar un acontecimiento clave en la historia cultural del país. Más que un retrato exacto, la película celebra el espíritu de un movimiento contracultural que, a su modo, cimentó las bases de una revolución musical y juvenil que todavía hoy resuena.



Estreno en tu Cinépolis de confianza este 11 de septiembre.


