Un clásico que nos sigue estremeciendo
Monterrey, Nuevo León. La tarde del 30 de agosto, Monterrey fue testigo de una experiencia teatral que desbordó emociones. Con un lleno total en el Teatro de la Ciudad, cientos de personas hicieron fila desde las dos de la tarde para asegurar su lugar y disfrutar de uno de los grandes clásicos del teatro universal: Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams.
El montaje, protagonizado por Marina de Tavira en el papel de Blanche DuBois, Rodrigo Virago como Stanley Kowalski y Astrid Mariel Romo como Stella, se presentó como parte del Festival de Teatro de Nuevo León. Desde el primer momento, la expectativa se sintió como un murmullo en las butacas: el deseo de reencontrarse con un texto que, a más de 80 años de su estreno, sigue siendo vigente y profundamente humano.





El público vivió de cerca la vulnerabilidad de Blanche, el machismo visceral de Stanley y la compleja relación de Stella atrapada entre el amor y la violencia. La puesta en escena, con un diseño que juega con luces, sombras y sonidos agudos que penetran como punzadas, permitió adentrarse en la mente fragmentada de la protagonista y en la crudeza de un entorno que no ofrece redención.
No se trató solo de una obra: fue un espejo de lo que somos. Williams, desde mediados del siglo XX, criticaba ya la romantización de la violencia y la falta de empatía hacia la salud mental, temas que en pleno 2025 siguen siendo dolorosamente actuales.
El montaje en Monterrey se suma a la larga lista de versiones memorables que este clásico ha tenido alrededor del mundo: desde la legendaria adaptación cinematográfica con Marlon Brando y Vivien Leigh, hasta las interpretaciones de primeras actrices mexicanas que han asumido con valentía el desafío de dar vida a Blanche. Ahora, en este nuevo contexto, fue el público regiomontano quien se conectó profundamente con esta historia gracias a un elenco sólido y a una dirección que supo balancear crudeza y poesía.










El cierre de la noche llegó con un silencio absoluto tras el desgarrador grito final de Stella, una escena que dejó al público inmóvil y que se convirtió en el broche de oro del festival. Más de 1,200 asistentes fueron testigos de cómo el teatro, cuando se entrega con verdad, no solo se observa: se siente en carne propia.
Un tranvía llamado deseo recorrió de nuevo su ruta, y Monterrey lo recibió con la pasión y el respeto que solo un clásico eterno puede provocar.


