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La banca, la estatua y la osa 

Redacción U por Redacción U
julio 28, 2025
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Autora: Gina Reyes

Aquello es una masacre. Primero, un camión lleno de polvo se detiene. De sus entrañas, baja un ejército de hombres armados con herramientas. Con mazos azotan el adoquín, que, sin oponer resistencia, sangra nubes de polvo. Con picos, fracturan las estructuras de madera. Por los aires, vuelan astillas y pedazos de bancas que terminan en otro camión de basura y escombro. Con taladro, extirpan los tornillos de sus patas y las estructuras de hierro que seguían de pie se desploman. De las jardineras, emergen palas embarradas de tierra negra y raíces secas. Los árboles, rendidos, caen.

En Villa de Santiago, una vieja banca observa la destrucción y reflexiona sobre sus últimas horas de vida. Sabe que ha llegado su fin, pues la plaza donde vive desde hace muchos años está siendo desmantelada. La herida del piso avanza rápido hacia ella. Ya solo un par de hileras de adoquín la separan del final. El contratista pide que la desmonten y la pongan bajo unos arcos cerca de la plaza. Los trabajos continúan en los edificios frente a la plaza. Las fachadas cambian sus colores y las farolas oxidadas son sustituidas por unas de metal nuevo, siempre respetando la línea norestense del Pueblo Mágico. El nombre de un fallido restaurante mexicano enmudece bajo brochazos de pintura gris. Las gotas de color salpican a la estatua de la entrada, un Emiliano Zapata cuyos músculos de metal nunca se cansaron de sostener la pose. Sentado, los pies plantados en el suelo, las piernas autoritarias. La espalda reclinada en el respaldo, con los brazos abiertos. La mirada penetrante mirando directo a la cámara de los turistas en cada foto. 

¡Traigan la grúa! Grita un trabajador y minutos después, quitan a Zapata de su banca con maquinaria pesada. “Póngala por allá”, se oye entre el ruido de los taladros. La colocan a unos metros de su morada original. Su vieja banca termina en el camión de escombros. Como red de pescar, un trabajador lanza una lona sobre la estatua tapándole por completo. Ya no puede ver lo que sucede.

Terminaré en el kilo– Piensa la estatua.

–Tu cara de mala no va para nada con lo que estás pensando. Eres como las señoras que abusan del botox– Escucha la figura de bronce.

–¿Quién dijo eso?—Dice la estatua. 

–Yo, acá abajo. Estás sentada sobre mí– Responde la banca– ¿Puedes oírme?—Agrega.

–Yo sí ¿Tú? ¿Puedes oírme? Nadie parece escucharme nunca– Responde con sorpresa Zapata de metal.

–A mí tampoco me habían respondido antes. ¿Cómo te encuentras esta noche?– Dice la banca. 

–La verdad, no muy bien. Creo que nos van a desechar. Nuestras vidas en esta plaza llegan a su fin.

–Pienso lo mismo. Tenemos las horas contadas. ¿Te gustaría compartir algunos recuerdos conmigo? Tantas anécdotas han pasado a nuestro alrededor que si esta es nuestra última noche, sería una pena desperdiciarla– Agrega la banca.

Y así, como espectáculo de ventrílocuo, la estatua y la banca charlan bajo la luna plateada y frente a la plaza vacía. La banca platica sobre una pareja de ancianos sorprendidos con las cosas simples de la vida, sobre padres orgullosos de los primeros pasos de sus bebés, y sobre el primer beso de tantos alumnos de la secundaria al cruzar la calle.

La estatua habla del concierto improvisado de unos músicos callejeros. ¡Pero nada como el de los Montañeses del Álamo! Se queja de cuando lo confunden con Pancho Villa y chismea de tantas parejas que empezaron, discutieron y terminaron en aquel lugar público sin sospechar que la banca y la estatua escuchaban TODO.

También recuerdan anécdotas no tan lindas… secretos, confesiones, despedidas. ¡Ay! ¡Si las bancas de los parques públicos hablaran! ¡Tendrían tantas historias que contar!

–Me habría gustado ver los fuegos artificiales de los festejos de julio una vez más– Dice la estatua.

–A mí, esos osos negros que a veces bajaban de la sierra en la noche– Añade la banca.

De pronto, un potente “grrr” las hace vibrar. Luego, un húmedo y curioso hocico levanta la lona que las cubre. ¡Es una osa! Algo mágico hay en la noche porque la banca, la estatua y el animal pueden entenderse entre ellas. La osa pregunta dónde puede encontrar comida. La sequía en la sierra es dura y tiene hambre y sed. Le responden que no tienen comida, pero sí muchas historias. La osa las escucha atenta mientras se balancea en sus dos patas traseras con la lona en la cabeza. Las anécdotas la enamoran de la existencia humana. Luego, se trepa a la banca y se sienta junto a Zapata, para confesarles: “La vida de la gente parece fácil y muy divertida. Me encantaría ser humana”.

En ese momento, la luna brilla más intensamente y uno de sus rayos envuelve al nuevo grupo de amigas. Con cada destello, la banca, la estatua y la osa experimentan una metamorfosis inesperada. El pelaje tupido de la osa cae en cascada alrededor de su rostro, en forma de cabellera obsidiana. Sus patas se vuelven delicadas manos. Su robusta figura se encoge en una pequeña pero fuerte cintura. La crujiente madera de la banca se transforma en metal y un color verde adorna sus formas. Las patas se enraízan al piso con venas de forja. Otro destello de luz y Zapata reluce como recién fundida. La osa convertida en una nueva y hermosa mujer corre lejos feliz, estrenando sus nuevas extremidades.

A la mañana siguiente, cuando remueven la lona, la banca y la estatua se sorprenden de lo bien que quedó la remodelación de la plaza. Los trabajadores se asombran del buen estado de Zapata y de su asiento. El dueño del local decide dejarlas justo ahí. Adornando la fachada, se erigen como testigos discretos de cada suceso que acontece en la plaza principal de Villa de Santiago. A veces, distinguen a la hermosa mujer de cabello negro en la multitud. La han visto en la Callejoneada, en los juegos mecánicos de las fiestas patronales o disfrutando de un churro relleno de cajeta los domingos. Sus fuertes movimientos animales mezclados con elegancia humana son inconfundibles. Con una chispa salvaje en su mirada, la joven les sonríe desde la distancia, temerosa de transformarse nuevamente en oso si se sienta con ellas.

Bajo el arco del restaurante, siempre con una vista privilegiada hacia la plaza, la estatua y la banca comparten una linda amistad desde aquella noche mágica. Si les confías tus inquietudes, ellas te guardarán el secreto; y si les compartes tus deseos, misteriosamente, tal vez se vuelvan realidad.

Gina Reyes (Monterrey, México) es una maestra de inglés y escritora cuya obra celebra el vínculo entre los niños y la naturaleza. Tras décadas de pausa creativa, retomó la escritura durante la pandemia, inspirada por los osos, ardillas y conejos que habitan su hogar en las montañas de Santiago NL. Ganadora del Premio “Santiago Lee” 2024, sus cuentos —escritos en español pero con guiños bilingües— combinan fantasía local y conciencia ecológica.

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Etiquetas: LiteraturaMonterrey
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