La historia del heavy metal acaba de perder una de sus voces más emblemáticas. Ozzy Osbourne, líder indiscutible de Black Sabbath, murió a los 76 años, “rodeado de amor”, según informó su familia. El anuncio, difundido por el Daily Mirror, confirma lo que millones de fans alrededor del mundo temían pero sabían que, tarde o temprano, llegaría: el adiós del hombre que convirtió la oscuridad en arte, el caos en himno, y el dolor en música inmortal.
Apenas en junio pasado, Ozzy se despidió con un concierto legendario en el estadio del Aston Villa, en su natal Birmingham, a metros de donde nació Black Sabbath en 1968. Fue su último ritual sobre el escenario. Sentado en un trono, frágil pero encendido, le dijo a su audiencia:
“Se está tan bien en este escenario. No tienen ni idea. Los quiero a todos.”
Aquel espectáculo fue más que un show: fue un acto de amor entre un ídolo y su tribu. Metallica, Guns N’ Roses, Anthrax y otras leyendas se unieron a la despedida, y por primera vez en 20 años, los miembros originales de Black Sabbath tocaron juntos “Paranoid”, cerrando un círculo que inició hace más de cinco décadas.
El niño disléxico que soñó con los Beatles
John Michael Osbourne nació en 1948 en Aston, un barrio obrero de Birmingham. Era disléxico, hiperactivo y pobre. Pero cuando escuchó “She Loves You” de los Beatles, algo despertó: no iba a ser otro chico atrapado en las fábricas inglesas. A los 14 supo que quería ser músico; a los 15 abandonó la escuela y a los 17 ya estaba preso por robo. Su vida pendía de un hilo hasta que conoció a Geezer Butler, Tony Iommi y Bill Ward. Juntos formarían Black Sabbath, y con ellos, un nuevo género musical: el heavy metal.
En 1970, el disco Paranoid explotó como un misil sónico. Lo que antes era underground, oscuro y marginal, encontró una voz: la de Ozzy, ese canto entre lo gutural y lo místico que hablaba de brujas, guerra, locura y muerte como si fueran parte del desayuno inglés.
Más allá de Black Sabbath
Después de idas y venidas con la banda —marcadas por excesos, peleas y adicciones— Ozzy fue expulsado en 1979. Pero como los gatos de su propia mitología, renació. Sharon Arden, su futura esposa y manager, lo empujó a resucitar con un proyecto solista: Blizzard of Ozz. Así nació una nueva leyenda.
En solitario lanzó once discos, himnos como “Crazy Train”, “Mr. Crowley” o “No More Tears”, y fundó el Ozzfest, el festival que democratizó el metal para nuevas generaciones. Gracias a él, miles de jóvenes descubrieron a Slipknot, Deftones, Papa Roach, System of a Down, y más.
El artista, el showman, el padre
Pese a su imagen de salvaje, mordedor de murciélagos, Ozzy también fue un hombre profundamente humano. Luchó con enfermedades mentales, adicciones y el Parkinson que lo aquejaba desde hace años. Fue padre de cinco hijos y marido de Sharon durante más de 40 años. Su vida fue una montaña rusa grabada incluso en la cultura pop con The Osbournes, aquel reality de MTV que lo mostró como un padre gruñón pero entrañable.
Un adiós con riffs eternos
Ozzy Osbourne no solo hizo música: construyó un universo donde lo siniestro era bello, donde los gritos eran oraciones y los riffs, evangelios. Cambió la historia del rock para siempre, y lo hizo sin pedir permiso.
Hoy se va el cuerpo, pero queda el espíritu: ese que se cuela entre la distorsión, que levanta a los marginados, que canta por los locos, por los incomprendidos, por los que nunca encajaron. Queda su estrella en el Paseo de la Fama, su trono en Birmingham, sus 100 millones de discos vendidos. Pero, sobre todo, queda el eco de su voz, colgando en el aire como una plegaria eléctrica.
Larga vida al Príncipe de las Tinieblas. Que los amplificadores del cielo ardan esta noche.



