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Cine y Letras por Cine y Letras
julio 7, 2025
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Autor: Fernando Trujillo Peña

Recuerdo que de niño me gustaba la lucha libre. 

Mi papá nos llevaba a mis hermanos y a mí a ver las luchas, de los pocos recuerdos buenos que tengo de mi papá, antes de que se fuera al gabacho. Mi papá era un gran fan de las luchas, tenía VHS´s donde estaban grabadas las luchas de Octagón, el Perro Aguayo, la Parka y por supuesto las películas del enmascarado plateado. Heredé esa misma pasión por la lucha libre, tanto que mi sueño fue ser un luchador, entrené en un gimnasio y quise entrar a la Triple A. Todo esto se vino abajo, cuando llegó el sexenio calderonista y su “guerra contra el narco” que vino a joder más este país jodido, cuando a mis cuates y a mí nos reclutaron los malitos, era eso o terminar dentro de una fosa común como tantos otros. 

Antes, la vida del prieto era dura, pero llegó Calderón y se volvió un infierno, ahora trabajaba como sicario y haciendo varios trabajos para el cartel. La primera vez que maté, fue a un tipo en la calle ¿Qué hizo? No lo sé, fui el único de seis morros de secundaria que lo mato, porque los otros no tuvieron valor de sostener la pistola y pegarle un tiro, así que me separaron del resto, no volví a ver a mis cuates. Después, participé en la masacre en un bar, el jefe conocía mi gusto por la lucha libre, así que nos dio máscaras a todos de luchadores, las máscaras de Octagón y Tinieblas, que antes significaban justicia y entretenimiento, ahora fueron trastocadas como un símbolo de asesinato.

Entramos y los matamos a todos, una pobre muchacha estaba gritando, cuando el jefe le dio ocho tiros a la cara. Asesinar y torturar no es como en las películas de Tarantino, donde es cómico, lo puedes ver mientras te tomas una coca y cotorreas con un amigo, en realidad es crudo, ver a alguien recibir un balazo en la cabeza y ver sus sesos salirse con la sangre, es grotesco y muy real. No me gusta matar, pero no queda de otra que hacer esto y otros tipos de trabajos. Me han pasado cosas terribles, pero no olvidaré, lo acontecido en ese verano del año dos mil veinte. 

Me encontraba en la carretera, en una camioneta con seis bolsas con partes de cadáveres para enterrar en una fosa común. 

Todo se encontraba en la parte trasera, acomodado, todo guardado en cajas para cubrir su verdadera y horrible naturaleza. 

–¿Quién eran?

–¿Quiénes?

–Los de atrás. 

–¿Qué te importa cabrón? Unos pendejos que estaban en el lugar equivocado, tú limítate a hacer lo que te dicen y dejarte de chingaderas, hasta pareces nuevo– acelera, sonriendo y mostrándome su boca, sus dientes amarillos y podridos. Le faltaban dos de frente. 

¿Has escuchado la expresión “nunca conozcas a tus ídolos”? Pues bien, quien conduce fue alguna vez mi héroe. 

Ernesto Pech nació en un pueblo de Yucatán, desde muy chico se fue a vivir a Nuevo León, dónde comenzaron sus primeros pasos en la lucha libre. Posteriormente sería conocido como Máscara de Justicia, protector de la clase obrera y enemigo de los multimillonarios, al menos así era la narrativa que manejaba. Estaba obeso, con una espesa barba sucia, calvo, su aspecto exterior era un espejo de lo podrido que era su interior. Su piel, antes morena, ahora tenía un color blanco pálido, tenía sarpullido en sus labios y su rostro, los rumores en el cartel fue que se contagió de sida en la cárcel y su estado iba empeorando, algunos decían que estaba en las últimas. 

En el camino y para hacer plática hablamos de su vida como luchador, a Ernesto le encantaba hablar de sus días de gloria. Le conté que mi padre nos llevó a verlo en una de sus luchas, fue el mejor sábado que tuve. El viejo sonríe y me dice que se acuerda de esa noche. Ernesto comenzó a contarme sus aventuras, la primera vez que se hizo luchador, siendo un muchacho, detuvo a tres tipos que estaban asaltando una farmacia, a los tres los noqueó y los dejó atados, hasta que llegó la policía. 

–Hasta salí en la prensa– me cuenta riendo, en la primera plana del periódico El Norte, a finales de los ochenta y la década de los noventa, Máscara de Justicia fue una figura reconocida de la lucha libre; casi al nivel de Octagón y la Parka. 

Procedió a contarme como peleó contra un asesino en serie que se hacía llamar La Bestia, un tipo deforme que aterrorizó las calles de Monterrey en los ochenta, era como un Jack el Destripador moderno, me contó como lo buscó y lo derrotó en una pelea para después entregarlo a la policía.

–Tal vez te parezcan inverosímiles, pero todo está en los periódicos puedes buscarlo– escupió por la ventanilla. 

Era un completo mentiroso, ese acto heroico de la farmacia, pertenece a una historieta noventera, que contaba su historia de origen, mientras que esa pelea con La Bestia pertenecía a su primera película Máscara de Justicia vs La Bestia de mil novecientos noventa y tres, pero no lo confronté por sus mentiras, nos quedaba mucho camino hasta el lugar donde dejaríamos los cuerpos. Miraba el camino, actualmente Máscara de Justicia era un completo desconocido, pero en su tiempo, su fama le llevo a protagonizar tres películas, de las cuales una quedo inconclusa y actualmente se le considera una película perdida o como se le conoce en internet, un lost media. 

Todo se derrumbó, en el año dos mil uno, cuando la policía allanó su casa en Guadalupe, Nuevo León, un adolescente que llevaba desaparecido una semana, fue encontrado desnudo en un cuartito de la casa, el luchador lo secuestró para abusar de él. Fue un escándalo de la lucha libre, quien fuera Máscara de Justicia resultó ser un pederasta abominable, Ernesto fue sentenciado a prisión, donde paso catorce años, a su salida ya nadie se acordaba de él, su historia fue borrada de la Triple A, su mercancía fue descontinuada por completo.

Las historietas no se reimprimían y las que quedaban eran objetos para coleccionistas, sus películas solo se pueden encontrar en YouTube, pero con el pasar de los años, todo lo referente a Máscara de Justicia pasó a ser olvidado. No se le refería en ningún especial de la televisión, en ninguna revista, en ningún canal de Internet, es como si su existencia fuera borrada y aquel desagradable monstruo que antes fue un símbolo de sano entretenimiento, fuera invisible. Como si todos en el mundo de la lucha libre, se hayan olvidado por completo de él y no era para menos, el crimen que cometió era algo imperdonable.

Ernesto eructa y se ríe, hasta parece un cerdo chillando. 

–Vamos a comer algo. 

–¿No necesitamos llegar a tirar esto?—señalé la parte trasera y este soltó una risotada, me dio unas palmadas en la pierna y me dijo que él invitaba, me hizo sentir incómodo. 

–Por aquí vive un buen amigo, siempre que voy a tirar a los muertitos, me detengo a platicar con él y dormir en su casa– me señaló un ejido que quedaba cercano, casi estaba   anocheciendo y no quería pasar la noche con este asqueroso hijo de puta.  

Estábamos en un deshuesadero, el anciano que ni se molestó en ponerse una playera, era posiblemente el único amigo de Ernesto. Pasar de un luchador reconocido, héroe de los mexicanos, a un mensajero del cartel que se deshacía de los cuerpos, era para sentir lástima si no fuera porque se trataba de un violador y un pederasta repugnante, Ernesto me contó que esta era la ruta dónde enterraba los cuerpos, era una fosa especial me dijo, una en la que podías enterrar a gente que nadie literalmente– con esto se refería a la policía, a las asociaciones civiles de gente desaparecida, etc.– Nunca los encontraría. 

El viejo se apellidaba Vargas y me sonaba conocido, nos sirvió unos tamales rellenos de pollo, nos tomábamos unas cervezas, por lo que pude ver los dos eran amigos cercanos. 

Lo que más me llamó la atención fueron los afiches en la pared de la sala, uno era el de la película Máscara de Justicia vs La Bestia, el segundo estaba el luchador enfrentándose a un gorila (un tipo en una botarga muy obvia), que vestía con uniforme nazi, era la segunda película Máscara de Justicia vs el malvado profesor Goebbels y por ultimo (lo que más me llamo la atención), un afiche con el luchador en un desierto, con un cielo completamente negro, esta tenía por nombre La Mancha negra y era la que rompía con la cadena del título de todas las otras.

–Es usted Joaquín Vargas, el director de cine…usted es una leyenda– el anciano sonrió al escuchar de mi admiración, Vargas fue un cineasta que lo mismo hacía películas de ciencia ficción y horror cutres, que películas pornográficas de bajo presupuesto. 

Su mejor película se llamaba Cucaracha mutante del año mil novecientos ochenta y cuatro, en la película un vagabundo con una escopeta cazaba cucarachas monstruosas, supuestamente mutantes del espacio, pero al final de la película el vagabundo estaba tan drogado, que en realidad les disparaba a los autos y mataba a la gente. Era un festín de sangre y absurdos que era amada por los fanáticos del cine serie b. Hizo más de cuarenta y cinco películas, pero las que le dieron un reconocimiento nacional, sacándolo del undeground mexicano, fueron las películas de Máscara de Justicia.

–¿Quieres un autógrafo o que te coja?

–No jodas el momento cabrón– le respondió a la burla de Ernesto.

Entre los círculos de cine de culto, decían que Vargas era cómo Juan López Moctezuma, pero más pasado de lanza y más bizarro, lo cual ya era mucho decir.

–Siempre me intrigó su última película.

Vargas nuevamente volvió a sonreír de nostalgia, Ernesto no respondió con alguna burla o algo, desde que llegamos su expresión se puso más seria, hasta me llegó a asustar un poco. A la par del arresto de Ernesto y todo el escándalo alrededor del rodaje inconcluso abundaban historias y mitos sobre que estaba maldita, lo típico, vi un video de la Filmoteca Maldita que abordaba el tema y todo el misterio tras este. Poco después del encarcelamiento de Ernesto, la investigación alcanzó a Vargas, se descubrió que varias actrices empleadas en sus películas porno, no eran mayores de edad, por suerte para él—y, en parte la corrupción, así como la ineficiencia judicial– pudo librar la cárcel, pero su poca reputación cinematográfica ya estaba sepultada por completo.

Su última película se llamó Verga asesina del año dos mil cinco, un slasher sobre un asesino enmascarado que asesinaba a mujeres en bikini, penetrándolas con su pene monstruoso (¿Por qué había mujeres con bikini en la ciudad?). Después de eso no volvió a dirigir ninguna película y desapareció, ni siquiera la Wikipedia tenía datos de donde se encontraba actualmente. Hasta que yo lo descubrí.

–Sus películas me gustaban mucho. Mi favorita era Máscara de Justicia vs el malvado profesor Goebbels, a pesar de que el tema del profesor y los gorilas nazis eran un calco muy descarado de personajes de Hellboy. Esto último me lo conto un compañero halcón, que leía cómics; muy buen tipo hasta que lo mataron. 

–Muchas gracias, tenemos un conocedor de cine aquí.

Ernesto soltó un sonido de fastidio.

–Me gustan a pesar de haber descubierto lo que hiciste.

–¿Y qué fue lo que hice, según tú?

–Secuestrar y violar a un menor de edad– lejos de mostrarse arrepentido, Ernesto se comenzó a reír de una forma tan odiosa, que tuve ganas de asestarle un puñetazo.

–¿Sabes porqué lo hice?

–¿Por qué? 

–Porque sus papás fueron unos pendejos, dejaron un filete de jugosa carne frente a este perro-y después de esto se lanzó otra risa grotesca, Vargas también lo hizo, pero más disimuladamente, la risa de Ernesto fue tanta que casi se cae de la silla.

–Me voy a dar una siesta, duerme bien muchacho que en la madrugada nos vamos, la fosa tiene hambre– se levantó mientras se echaba pedos, era alguien repugnante, alguien a quien odiaba profundamente, por mi parte me levanté, quería tomar aire fresco.

Mientras miraba la camioneta, tuve la idea de tomar la llave e irme al gabacho a iniciar una nueva vida, pero tenía un montón de cuerpos dentro ¿Cómo iba a explicar eso en caso de que me detuvieran? Vargas salió también fumando un cigarro, me ofreció uno de su cajetilla, el cual le acepté, me contó que Moctezuma y él iban a dirigir juntos una película, pero nunca se concretó el proyecto, también me contó que su retiro del cine no fue del todo por el tema de las menores en sus películas, sino por su apatía del cine mexicano.  

–No hay buen cine, ahora todas esas películas dizque son de comedia ¡Comediante de verdad era Alfonso Zayas! Esos que están en esas películas de servicios de Internet que ni sus nombres me acuerdo ni dan gracia– no veo mucho cine últimamente, la época para soñar en mí murió hace mucho.

–¿Qué pasó con La Mancha?– se me ocurrió preguntarle de pronto, me sentí un tonto por mi imprudencia, pero al señor Vargas no pareció importarle.

–¿Qué has escuchado?

–Muchas cosas, dos actrices desaparecidas, gente del staff muertos en accidentes, metrajes perdidos, hasta el hundimiento de todo el set de rodaje– todos datos que hablaron en el video de la Filmoteca Maldita, el señor Vargas tiró la colilla de su cigarro sin apartar la vista de un determinado punto de la carretera, después alzo el brazo e hizo una señal a lo lejos.

–¿Ves hacia allá?

–Sí. 

–La fosa común donde Ernesto tira los cuerpos, es dónde filmamos la película– me tomó desprevenido, no imaginaba que el lugar de la fosa común era el mismo donde alguna vez se levantó el set de una película.

–Iba a ser mi obra maestra– Vargas me contó que, en la película, Máscara de Justicia llegaba a un casino, pero no era un casino cualquiera, sino uno maldito, con vida propia, algo así como el Hotel Overlook de la película El Resplandor.

Me contó que entre los personajes iba a haber un mafioso que en realidad era un coronel nazi, luchadores mutantes, un verdugo metalero que iba a ser interpretado por Santiago Segura y un luchador malvado cubierto de un líquido negro que sería el gran enemigo de Máscara de Justicia.

–Estaba en pláticas con Dennis Hopper para que interpretara al coronel– me contó que el actor era un gran fan de sus películas.

El hundimiento de todo el casino fue atribuido a una falla sísmica, pero en esta zona no hay terremotos. 

–Después pasó lo de Ernesto y todo valió madres– Ernesto tuvo que viajar a su casa en Guadalupe, Nuevo León, Vargas no recordaba el motivo de su viaje, pero durante ese tiempo se dieron los acontecimientos que lo llevaron a su encarcelamiento y ser una vergüenza de la lucha libre. Tras esto y la tragedia del rodaje, los inversores se echaron para atrás, quedó en bancarrota y después vino el escándalo con las menores en sus películas.

–¿Quieres ver algunos fragmentos?

–Por supuesto– respondí muy emocionado, a pesar de todo, ver fragmentos de una película perdida, era algo que no sucedía todos los días. 

Fuimos a una habitación muy sucia, había un televisor y una casetera de VHS, nunca había visto una y no pensé que seguían existiendo. El viejo Vargas buscaba los cassettes, por mi parte encontré una foto de Vargas cuando era más joven, en compañía de Alejandro Jodorowsky.

–La idea la tuve en una fiesta, una de esas fiestas privadas de Lomas, asistieron artistas, bohemios y hasta un expresidente. Nos metimos unos hongos y pues hicimos cosas raras–dejé la foto en su lugar, miré los afiches de sus viejas películas, viejas glorias de tiempos, mejores que estos. 

Vargas me mostró el VHS, tomé asiento en un sofá sucio, al lado de ejemplares de revistas Vaquero y El Mil Chistes. Vargas puso el video. 

–Alguien me dijo un secreto, no me preguntes quién, porque no recuerdo, pero me dijo que el petróleo tiene vida propia– empieza la película (o lo que queda de ella), nos quedamos sobre el sofá en lo que comienza.

Máscara de Justicia está en su convertible rojo, la voz del narrador anuncia el título de la película que aparece en letras grandes, la calidad de la cinta está muy deteriorada, aparecen los créditos, se corta y pasamos a Máscara de Justicia en un pueblo que se asemeja al lejano oeste. Lo recibe el alguacil, reconozco al actor que lo interpreta, pero no conozco su nombre, solo lo recuerdo por un capítulo de Mujer: casos de la vida real, donde interpretó a un hombre que raptó a unos niños por sus tenis. 

El sheriff le advierte a Máscara de Justicia del casino en el desierto, le dice que está con vida y lo gobierna Mot.

–Es el nombre del dios de la muerte de los pueblos cananeos, pero va más allá, devoró al dios de la luz– me interrumpe Vargas sin voltear a verme.

El sheriff continúa hablando y le advierte que toda esta tierra la gobierna Mot, Máscara de Justicia le responde que él vino a hacer justicia a este pueblo ¿En qué época se supone que está situada la trama?

–Mot es mucho más antiguo que el diablo del cristianismo y por supuesto más antiguo que otros dioses malévolos de diferentes religiones ¿Sabes? Alguien me dijo que el petróleo era Mot o la sangre de Mot, pero ese era el nombre que los cananeos le dieron, tiene nombres mucho más antiguos– Vargas hablaba, pero no sé si conmigo, no me volteaba a ver, solo la película, su tono era de apatía, de alguien que fue derrotado hace mucho tiempo y no le quedaba ninguna esperanza.

La escena se corta, ahora Máscara de Justicia se encuentra en una cama y una mujer de pelo negro está bailando frente a él y quitándose la ropa, la mujer es de las actrices desaparecidas durante el rodaje.

La escena se corta y ahora veo a Máscara de Justicia peleando contra lo que parecen unos mutantes, con máscaras que se asemejan a un monstruo del pantano, peleando en un cuarto negro. Esto no me emociona, se ve todo tan cutre y tan ridículo ¿Siempre fueron así estas películas?

Cuando eres niño te emocionas, aplaudes, lo disfrutas, pero una vez que creces, tu percepción cambia, ahora es algo ridículo, no te emociona, sino que te da risa de lo absurdo del argumento, de los personajes, de todo, tu héroe de la infancia nunca predicó lo que era su personaje, ver a Máscara de Justicia como un héroe, un defensor del pueblo y compararlo con Ernesto en la vida real, me causa conflicto. Me doy cuenta qué ya no puedo ver a su personaje como el modelo heroico que tenía, es solo una máscara como en las luchas libres, una máscara para ocultar la porquería que es en la vida real.

¿Es esto la madurez o solo cinismo? Tal vez ambas o simplemente ya no soy un niño y lo veo todo como un adulto. Pasa otra escena, ahora hay dos muchachas en bikini bailando en un cuarto oscuro, me imagino que el mismo de la escena anterior. No sé, no le veo sentido a esto, me hubiera quedado con el misterio, esto es demasiado malo. Entonces viene la última escena, una puerta se abre y hay una luz blanca, aparece un personaje que no logro ver bien.

–Mot se ha presentado. 

Un luchador cubierto de un líquido negro, me imagino que es una simulación de petróleo, el luchador se queda erguido mirando fijamente a la cámara. Tiene una expresión de odio en su cara, el líquido se ve demasiado real, las pupilas amarillas tienen un brillo siniestro. Se queda en esa pose mirando la cámara, no hay música, no hay ningún diálogo, la mirada de Mot está sobre el público. No sé quién es el luchador, si participó en algún otro evento, le pregunto a Vargas quien era, pero el solo insiste en que es Mot. El anciano parece que ya perdió la lucidez. Continúa mirando a la cámara y me pone incómodo, el líquido sigue cayendo, por un momento pienso que está compuesto de ese líquido negro, de ese petróleo y empieza a asustarme.

Mot sigue de pie mirando ¿Qué significado tiene toda esta escena? Solo mira con odio a la cámara, parece que me está mirando más allá del tiempo, más allá del video.

–Las religiones se equivocan con el mal, no es algo metafísico, es algo real, Mot o como se llamaba antes no es un dios, es un extraterrestre, eso me lo dijo alguien en alguna fiesta–mientras Vargas continua con su soliloquio, Mot o como se llame el actor, continúa mirando a la cámara con esos ojos sobrenaturales, cargados de odio y algo más, puede ver otra emoción.

Es hambre, parece que en cualquier momento va a saltar de la pantalla a devorarnos, mueve los dientes, unos dientes demasiado perfectos y blancos, los mueve como si saboreara su comida. Ya no quiero ver esto. 

Afortunadamente la escena pronto se corta y solo queda la estática, respiro profundamente y me acuerdo de un dato del video de la Filmoteca, que hubo actores desconocidos que murieron con el hundimiento, posiblemente entre ellos se encuentre quien interpretó a Mot.

—Allá está toda mi obra maestra, iba a ser mi mejor película.

–Me voy a dormir…tengo que madrugar…gracias por mostrármelo– Vargas no me responde, solo se queda viendo la estática. Quiero decir algo más, pero estoy cansado.

Me acuesto en el sofá de la sala, cierro los ojos y no escucho nada más que la estática de la televisión.

Negro como si de la pantalla de un televisor se tratara.

Todo el soliloquio de Vargas sobre el petróleo y Mot resonaban en mi cabeza, me encuentro en el desierto, estoy solo.

Siento algo en los pies y cuando veo abajo, miro las aguas negras que salen de lo que parece ser un oasis, pero en lugar de aguas claras, son estas aguas negras que me rodean, el centro de todo este oasis parece ser una boca enorme que todo devora con voracidad. 

–¿Qué eres tú?– pero mi pregunta permanece sin respuesta, no hay oasis en el desierto de México al menos que yo sepa, nunca fui bueno en geografía.

La escena con Mot de pie me persigue, lo veo, mira a la audiencia con odio y con los dientes rechinando, pero ya no son dientes blancos ni perfectos, sin afilados, como los de un tiburón. Me llama, aquella negrura monstruosa me llama, el petróleo es un ente vivo, más allá de cualquier nombre o denominación, Vargas tenía razón no es un dios, sino algo fuera de este mundo, pero no divino o metafísico, sino real, un ente material. Sucesivas imágenes vienen a mi mente:

Guerras en medio oriente, derrames petroleros en alta mar, misiles gringos sobre poblaciones de medio oriente, Bush y Obama declarando sus guerras contra el terrorismo, huachicoleros corriendo cubiertos de llamas. Todas las guerras modernas son un sacrificio al dios de este mundo, la sangre de soldados y civiles masacrados en nombre del petróleo. Lo que sea que habita en esa fosa, quiere que lo sepa y me manda estas imágenes. El sufrimiento, la muerte, el dolor, de todas esas imágenes se me transmiten y quiero gritar.

Me encuentro en el desierto. Siento la tierra temblar ante mis pies.

La tierra se abre ante mis ojos y emerge una plataforma petrolera, era un coloso, que se abría del centro de la tierra y su cabeza… ¡Su cabeza era una plataforma petrolera! La enorme criatura se alza con un grito de triunfo. Me mira, con esos ojos rabiosos y hambrientos, esos ojos amarillos que se vuelven negros como el petróleo. Todo es tan vivido, tan real, solo puedo gritar porque el horror me ha consumido por completo. 

El desierto es aterrador, por eso los narcos lo eligen para esconderse o para enterrar cadáveres, quiero correr, pero resbalo en las aguas negras y me sumerjo en las profundidades del petróleo. 

Donde habla, Mot habla y yo solo me sumerjo más y más en esa oscuridad. Bostezo, ya no sueño, pero tengo los ojos cerrados, entonces escucho una puerta abrirse, me acomodo. 

–Culo con sueño, no tiene dueño– dice Ernesto para ponerse a reír de una manera infame, tengo ganas de darle un putazo.

–Cinco de la mañana cabrón, vámonos.

Bostezo y me pongo de pie, mientras recuerdo ese extraño sueño y tengo la sensación de algo amargo en mi boca. 

Estábamos de nuevo en la carretera, aun bostezaba, pensando en el sueño que tuve, pienso que me sugestioné por lo que vi.

–Oye no te enojes por la broma, digo si pensé en violarte, pero ya ni se me para– dice tosiendo y eructando, tratando de reírse. Ni siquiera lo volteo a ver, solo miro el paisaje y espero llegar a esa fosa para terminar con el trabajo.

–Ten, para aguantar el hambre– me ofrece un cigarro, se lo acepto, porque siento el estómago vacío. 

Prendo la radio para intentar localizar alguna estación, pero Ernesto me dice que en este tramo no agarra ninguna señal, ni modos, voy a tener que aguantar escuchar sus pedos y sus chistes sin gracia. El desierto parece infinito, me parece que así se llamaba una telenovela de Tv Azteca, lo miro y parece un espacio muerto que tiene fin, como si la muerte fuera omnipresente y se expandiera constantemente. Miro y me parece que el desierto es todo el mundo ¿No será así? Pienso que el mundo del futuro será un gigantesco desierto como en las películas de Mad Max. 

Que el mal primordial haya elegido el desierto como su hogar tiene cierta lógica, todo es el vacío, la nada, la falta de esperanza y de vida. Me acabo mi cigarro, Ernesto me va confesando que lo violaron en la cárcel en su primera noche, si pretende que sienta lástima por él, no, no la siento, después me cuenta que el también violó a otros y se penetró con otros, en una de esas se contagió. No sé por qué me lo cuenta, pero ya quiero llegar a mi destino. Pasamos un rato en silencio, mientras reflexiono sobre mi sueño, en este viaje he descubierto cosas terribles que hubiera preferido mantener ignorando. 

–Es aquí– me dice Ernesto, lleva la camioneta fuera de la carretera, introduciéndose más fuera de la carretera, fuera de la civilización y por ende fuera de la humanidad.

Miré atrás y todo era un desierto, por un momento perdí la noción de la realidad, estábamos en una delgada línea entre lo que era real y lo que era un sueño o un delirio. Ernesto se estacionó y quedé con perplejidad al ver ese enorme agujero con aguas negras en el desierto ¿Cómo es que el gobierno o los medios nunca lo vieron? El oasis negro, tal como lo soñé estaba frente a mis ojos.

–A todos les pasa la primera vez, apareció poco después de que se tragó por completo el casino, aquí murió todo un mundo, muchacho– Ernesto se equivocaba, no apareció de pronto, estaba aquí, pero nadie lo vio…porque él no lo permitió.

–Ayúdame cabrón no te quedes mirando como pendejo.

Sacamos las bolsas con los pedazos de los cuerpos, casi estaba amaneciendo y estaba muy frío, carajo debí traer una chamarra, pongo la última bolsa sobre el suelo, las aguas negras se agitan, los escucho susurrar, los escucho decir algo como en mis sueños. Ernesto comienza a reírse, a veces se ríe por nada, pero al darme la vuelta, me tiene apuntando con su pistola. Lentamente me pongo de pie y Ernesto se está riendo, maldito hijo de puta. 

–Siempre voy solo, pero me ordenaron que vinieras conmigo, no me gusta la compañía, pero bueno, a Él le gusta la carne fresca– miró las aguas negras, tose fuerte pero no deja de apuntarme, desde un inicio no me iba a dejar vivir, debí haberlo supuesto.

–¿Qué es eso?

–¿No te lo dijo Vargas? Esto es la boca del infierno, una de muchas y cuando salí de la cárcel, fui a verlo ¿Nunca te has preguntado por qué nunca han hablado de mí como lo siguen hablando de Sergio Andrade? Porque le pedí ser invisible, le pedí que se me olvide, a cambio iba a traerle los cadáveres de pobres diablos asesinados por narcos ¿No es un buen trato?–comenzó a reírse, entiendo porque nunca se habla de Ernesto, porque nunca se le ha perseguido y porque ha conducido hasta aquí tranquilamente para arrojar las ofrendas al dios oscuro.

–Cuando salí, querían que me volvieran a entambar ¿Puedes creerlo? Estaban armando un caso en mi contra, pero Mot o como quieras llamarlo me ayudó, hicimos un trato y lo he cumplido. Le traigo cadáveres y en mis ratos libres me cojo a muchachitos. El puto paraíso ¿No crees?– se comienza a reír y sigue tosiendo, me da asco, me da mucho asco, tose más

fuerte y agarro una piedra que me encuentro cerca, se la lanzo al ojo, Ernesto se cubre y eso me da tiempo para darle un puntapié en sus huevos.

Le doy un golpe en la cara, ha soltado la pistola, la sujeto con ambas manos y le pegó un tiro en el hombro, retrocede, le doy un segundo tiro apuntándole a la cabeza pero le reviento la quijada, lanza un grito de dolor, tiene un agujero en medio de la boca, donde sangra y cuelgan algunos de sus dientes, le doy un tercer tiro que le explota la nariz, toda su cara es una bola de sangre y carne, colgando, un enorme agujero dónde antes se encontraba su nariz, en medio del rostro, grita de nuevo con más dolor.

Dos tiros más, en el pecho y el estómago, Ernesto trata de mantenerse en pie, le sigo apuntando, no sé cuántas balas le queden al arma, pero si de algo estoy seguro es que este es el final de ese puto. Ernesto gime de dolor, retrocede cerca de donde está el oasis y las aguas negras se alborotan, burbujean, están en éxtasis al ver a su antiguo sirviente ser masacrado, no le tienen estima, era solo una herramienta y ahora se convertirá en su alimento. Un disparo más en la cabeza, el cráneo revienta a la mitad y Ernesto cae sobre las aguas negras que no tardan en devorarlo.

Me pongo de rodillas, exhausto, me han obligado a matar, pero esta es la primera vez que siento verdadera satisfacción de haberle quitado la vida a un cerdo. Me acerco a dónde están las aguas negras y Ernesto se arrastra tomándome de los pies, arrojándome sobre la tierra, ya no es el antiguo luchador, está poseído por el petróleo, por la entidad que tiene forma de ese líquido negro, me agarra y me arrastra, hacia las fauces de esa cosa, grito, pero en el desierto nadie me escuchará, ni mucho menos vendrá a ayudarme.

Me sumergí. 

Escuché la voz de Mot, pero que tiene otros nombres, hasta llegar a uno que es el origen de todo el mal en el mundo, de antiguos civilizaciones y más atrás, le digo que Ernesto estaba carcomido por el sida, no le iba a durar mucho, pero me ofrezco a hacer su chamba, de traerle cadáveres. Estoy frente al luchador negro, es Mot mostrándose como el luchador cubierto de petróleo, tiene la voz de un rey, desde que tuve ese sueño, desde que lo miré a través de la pantalla de ese televisor me habló, él quería que yo fuera su siguiente esclavo. Ernesto le pidió pasar inadvertido, era tan limitado y estúpido, pudo haberle pedido que lo curara del sida o volver a la fama, por mi parte le pude haber pedido ser el nuevo capo del cartel, pero solo le pedí ser algo simple: la libertad. 

No quería seguir siendo halcón, ni seguir trabajando para las órdenes de los narcos, siempre odié a esos malditos psicópatas, quería ser libre de todos ellos y de su mundo de porquería. El luchador me ve no con el odio que veía detrás de la pantalla, sino sin ninguna expresión y llegamos a un acuerdo. 

Me encuentro tirando los restos de cadáveres a las aguas negras, alimentando al dios negro de la tierra.

¿Por qué un ente que se alimenta de la guerra, la miseria y la sangre derramada en nombre del petróleo quiere un puñado de cadáveres? No lo sé, no soy nadie para entender a una entidad más antigua que el tiempo, quizás esto es su postre. 

No me rompo la cabeza, es un dios hambriento, punto.

Mot en su forma de luchador me puso una condición, que le iba a traer un cadáver cada fin de mes, acepté el trato. Era libre de los narcos, pero a cambio me volví esclavo de un dios oscuro, no se puede tener todo en la vida. Le dije que el mundo estaba en pandemia y me iba a ser difícil transitar por la carretera, pero me calmó y me dijo que no importaba, que todos los caminos se me abrirían, que ninguna autoridad me detendría, que podría viajar libremente cada fin de mes para alimentarlo.

Me tomo un descanso, me pregunto cómo se le ocurrió a Vargas poner su set de rodaje aquí, sin ver este pedazo del infierno, aunque me imagino que las aguas negras no lo permitieron. No lo sé y ya no quiero pensar en eso. 

Arrojo los últimos cuerpos que son devorados por el petróleo, me despido por ahora, es el último día de junio, empieza a amanecer, tengo un mes para entregar la ofrenda. Agarro las llaves y me subo al vehículo, mientras va amaneciendo voy conduciendo, alejándome de aquello que descansa sobre la tierra, me alejo con rumbo al gabacho, soy demasiado viejo para ser luchador, pero demasiado joven para empezar de nuevo. 

Va amaneciendo y conduzco de vuelta a la carretera, hacia una nueva vida. 

Sobre el autor: Fernando Trujillo Peña (México). Narrador, ensayista crítico político y literario. Entre sus obras se encuentran las novelas “Los diferentes títulos y manifestaciones del Señor de la Muerte” y “Orozco el devoto de la Muerte”, ambas publicadas en Amazon. Ha colaborado para Editorial Eas de España dentro de la colección “Pensamientos y Perspectivas”, trabajo en la recopilación de poemas y textos para “Los barcos de la nostalgia: La última epopeya blanca”, obra póstuma del poeta argentino Juan Pablo Vitali en 2022 para la editorial antes citada, fue ponente en la Primera Conferencia Iberoamericana y Caribeña sobre Multipolaridad con la ponencia “México ante la gentrificación” en el año 2023 y fue mención honorifica en el “Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila”, apareciendo en la antología “Andan sueltos como locos”. Ha colaborado como corrector de textos dentro del libro “Monsters, Creatures and Ghouls” del artista regiomontano Humberto Garza. Ha escrito para las revistas virtuales Operación Marte, Juguete Rabioso, Revista Levadura y World Metal News desde artículos, crónicas de conciertos y cuentos. 

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Etiquetas: HorrorLiteraturaMonterrey
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